Opinión

Lo que los mercados quieren creer

Xi Jinping y Donald Trump. AFP TINGSHU WANG ALLISON ROBBERT

Hay demasiada expectativa alrededor de la reunión que sostendrán Donald Trump y Xi Jinping esta semana. No tanto por la cita en sí, sino porque será la primera de una serie de encuentros previstos para este año. Buena parte del mundo económico quiere leer esa secuencia como el inicio de una nueva estabilidad entre Estados Unidos y China.

Es comprensible. Después de casi un año y medio de la segunda administración Trump, todavía quedan más de dos años por delante, y nadie quiere vivir todo ese tiempo interpretando cada amenaza como si fuera una señal de tráfico.

El problema es que no hay demasiados motivos para esperar algo más que resultados modestos. La reunión puede mejorar el tono y entregar cierto alivio. Pero difícilmente cambiará la naturaleza de la rivalidad entre las dos principales potencias del mundo.

Esa es la diferencia que conviene no perder de vista. Una cosa es que Estados Unidos y China conversen. Otra muy distinta es que estén en condiciones de estabilizar su relación. Lo primero es probable. Lo segundo, bastante menos.

La rivalidad entre Washington y Beijing no es una simple disputa comercial. Si lo fuera, bastaría con negociar aranceles o compras. Pero la disputa actual es más profunda. Tiene que ver con quién tendrá mayor capacidad para condicionar la economía internacional. Por eso las expectativas actuales tienen algo de realismo mágico: los mercados quieren creer que una sucesión de reuniones puede producir la estabilidad que la relación bilateral ya no contiene. Como si la diplomacia, por repetirse, pudiera cambiar el fondo del problema.

Ese realismo mágico no aparece de la nada. Trump ha convertido la incertidumbre en parte de su método. Amenaza, desordena y luego transforma cualquier contención parcial en una victoria. Los mercados, necesitados de estabilidad, muchas veces responden con alivio. El peligro se anuncia, el golpe no llega con toda la fuerza esperada, y entonces se instala la idea de que el sistema volvió a funcionar.

Pero que una catástrofe no ocurra no significa que exista estabilidad. Significa, apenas, que el peor escenario fue evitado por ahora.

El comportamiento del petróleo ayuda a entender esta lógica. Frente a riesgos que podrían haber impulsado precios mucho más altos, el mercado ha reaccionado con fuerza, pero sin consolidar los escenarios más extremos. Hay razones materiales para eso, por supuesto. Pero también hay una explicación política: existe una enorme demanda por creer que el desorden será contenido antes de llegar al abismo. Los mercados no sólo descuentan información. También descuentan esperanza.

La reunión entre Trump y Xi se ubica en ese mismo registro. Muchos quieren leerla como el comienzo de una normalización. Lo más probable, sin embargo, es que sea apenas una forma de administrar el daño. No es poco, pero tampoco es lo que los mercados quieren creer. Una tregua no es una solución. Una conversación no es estabilidad.

Para Chile, esta distinción es decisiva. El país no puede construir su política exterior sobre el realismo mágico de los mercados. No puede suponer que la rivalidad entre Estados Unidos y China será corregida desde arriba, ni que cada sobresalto terminará en una reunión tranquilizadora. Esa rivalidad llegó para quedarse. La pregunta no es si Chile puede evitarla. No puede. La pregunta es si será capaz de gestionarla.

Durante décadas, la apertura internacional fue una de las grandes fortalezas chilenas. Permitió ampliar mercados y multiplicar vínculos con el mundo. Pero esa misma apertura se vuelve más compleja cuando las grandes potencias usan la interdependencia como presión. Estar conectado con todos es una ventaja en tiempos de globalización estable. En tiempos de rivalidad estratégica, también puede ser una vulnerabilidad.

Chile puede tener una estrategia hacia China. Puede tener también una estrategia hacia Estados Unidos. Pero eso no basta. Lo que necesita es una estrategia para administrar la rivalidad entre ambos. Esa diferencia importa. No se trata sólo de cuidar relaciones bilaterales. Se trata de saber dónde el país es vulnerable y dónde tiene margen para actuar antes de que deba improvisar.

La principal palanca chilena está en los minerales críticos. No porque el cobre o el litio conviertan a Chile en una gran potencia. Esa fantasía sería otra forma de realismo mágico. Pero sí porque le entregan algo valioso en un contexto de asimetría: relevancia estratégica. Chile debe usar esa posición para negociar mejor inversión, tecnología y acuerdos de largo plazo. No basta con exportar recursos estratégicos como si fueran simples commodities.

Gestionar la rivalidad implica pensar los minerales críticos como política exterior. Implica coordinar Estado y sector privado. Implica entender que autonomía no significa distancia perfecta de todos, sino capacidad real para no quedar atrapado por las decisiones de otros.

Por Juan Pablo Sims, Centro de Estudios de Relaciones Internacionales UDD

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