Opinión

Ludocracia

Que el ser humano es un animal que juega y que la humanidad, una especie de olimpiada mundial a la que él concurre, lo sabemos por poetas e historiadores, Johann Friedrich Schiller y Johan Huizinga, entre ellos.

Y sabemos también por novelistas como Fedor Dostoievski o Mircea Cărtărescu que aquellos juegos pueden convertirse en algo perturbador. Ruletas de casino o de revólver en torno a las cuales se desarrollan ciudades viciosas y subterráneos clandestinos, aquellas concentraciones internacionales del descontrol.

El juego fuera de control es fuego. Eso se sabe desde las épocas arcaicas. Y como la economía nos ha hecho pensar en la teoría de juegos quizá más allá de lo justo, hemos olvidado la filosofía del juego. ¿Qué significa que las reglas de un juego no estén claras? ¿O que lo estén, pero obsoletas? ¿Y que prefiramos la creatividad a la resistencia que las reglas le oponen?

El temor fundado de que una tecnología se comporte de manera autónoma y aproveche la mutua dependencia de las redes actuales de la humanidad para atentar contra esta última, reactualiza la tesis de Aristóteles según la cual la prudencia, la frónesis, el freno de mano, pie, cabeza, es la virtud de las virtudes.

Pero cuando hemos desatendido el hábito que hace posible a la virtud, el mecanismo humano no tanto obsoleto como caído en desuso, entonces la ruleta es la de todos contra todos, piensan unos, y otros, la de unos pocos contra muchos.

El juego fuera de juego o, si se quiere, fuera de control, que es la hipótesis de William Golding en su extraordinaria novela “El señor de las moscas”, esa en que niños abandonados en una isla jugaban al poder, invoca a árbitros adultos provistos de tal cantidad de ese mismo poder que puedan dirimir entre jugadores fuera de sí. El caso de aquel mundo que vio nacer, como cosa ineludible, las monarquías absolutas, cuya finalidad fue sofocar el descalabro también absoluto del siglo XVII, de sus guerras de religión, o de sinrazón, plegadas de ejércitos mercenarios, en las que los conflictos religiosos finalmente quedaron como un vago recuerdo de su origen.

Curiosamente, ese descalabro comenzó con verdaderos juegos de abstractas ideas teológicas en que se gritó: “¡muera el punto medio!”. Fue el devalúo de la prudencia (un fetiche de anticuados).

También, hay que decirlo, esas épocas fueron paranoicas. Las personas que se envalentonan por la noche sienten terror por la mañana. Y así se la llevan, imaginando contra sí mismos lo que imaginaron contra otros. Aterradas.

Las reglas del juego no son un lastre. Son un recordatorio del equilibrio en los momentos en que vale menos. Y de que siempre es posible que permitamos un poder más tiránico para obligarnos a entenderlo. Una exageración hecha necesidad: como un imprescindible árbitro de fútbol, aunque provisto de un botón nuclear.

En los juegos de villanos que acaban en guerras al final nadie entiende qué es lo que está en juego. Entonces, el ser humano es nada más que un animal, fiera que no puede jugar ya, porque no sabe hacerlo bien.

Por Joaquín Trujillo, investigador CEP

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