Por Gabriel ZaliasnikMensaje en la botella

La arrogancia impide ver nuestras infinitas limitaciones. En el afán de querer controlar todo intentamos predecir el futuro. Tiempo y futuro adoptan una perspectiva rotunda que impide dimensionar que lo que estamos viviendo y lo que entendemos por futuro no es sino un nanosegundo en el reloj de la evolución humana. Surgen así los análisis que le asignan a la pandemia el carácter de hito configurador para una prognosis ciega de un nuevo mundo que ha de venir.
En paralelo irrumpe el esfuerzo de quienes intentan retrotraer el tiempo y retomar el estado de ánimo social y político previo a la pandemia como si ésta nunca hubiera existido. Ello explica el intento de resucitar el debate del plebiscito constitucional y renovar las manifestaciones públicas desafiando el riesgo sanitario.
Ambos escenarios, interrogarse sobre el incierto futuro y pretender soslayar la crisis sanitaria y sus consecuencias socioeconómicas, revelan una lectura lineal y simétrica de la historia. Solo así es posible creer que nuestras principales amenazas son anticipables o que ellas se pueden abordar suprimiendo una parte de la historia.
No obstante, parafraseando a Adorno, las crisis son una buena ocasión para colocar “un mensaje en una botella” evitando que otros se hundan por las mismas causas. Chile ha coqueteado desde octubre pasado con un monumental naufragio, por lo que es oportuno pensar en colocar nuestro propio mensaje en la botella. En él se debe rescatar el valor de la democracia y reconocer que nuestro sistema político no estaba siendo capaz de gestionar la creciente complejidad de la sociedad. Debe decir que ante los embates totalitarios, la ciudadanía y parte de la clase política permaneció indiferente o derechamente impotente. Contar cómo la polarización obstruyó el proceso democrático y predominó la ignorancia. Advertir que se toleró el uso del sistema de persecución penal para avanzar visiones políticas y que el sesgo ideológico fue la regla, y la imparcialidad, la excepción. Finalmente el mensaje debe contener en mayúsculas las palabras del filósofo Daniel Innerarity: “no hay democracia sin momentos constituyentes, pero la democracia no es una sucesión de big bangs constituyentes [...]” y “la democracia se degrada cuando se absolutiza el momento plebiscitario o la lógica del click”.
Quienes encuentren la botella harán bien en tomar en serio su mensaje. Es responsable replantear la necesidad del plebiscito “de entrada” para abordar un proceso de reflexión y eventual revisión constitucional eficiente, toda vez que cualquier futuro texto constitucional requerirá de un plebiscito ratificatorio o de salida. La realidad exige actuar con solidaridad y unidad. Atizar el fuego de las diferencias, construyendo identidades a partir del enfrentamiento, solo erosiona el proyecto colectivo y puede transformar a Chile en un Estado fallido.
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