Periodismo, culto y munición



Por Pablo Ortúzar, investigador del IES

La situación del periodismo en Chile es terminal. Es una de las carreras más dañadas por la burbuja de títulos universitarios, al tiempo que sus fuentes laborales principales, los medios de comunicación tradicionales, se encuentran en el peor momento de su historia. Ya casi no quedan revistas, los periódicos están desfinanciados y los noticiarios televisivos han sido engullidos por las dinámicas del morbo.

Chile es un país donde, según los estudios de la OCDE, un número ínfimo de la población entiende bien lo que lee o maneja aritmética básica. Y mientras más bajamos en la escala social, peores son los resultados. Eso significa que el rol del periodismo como mediador entre hechos y público es crucial para mantener viva nuestra democracia.

Sin embargo, en un mundo donde los frutos del trabajo de los medios profesionales, junto con su publicidad, han sido drenados por las redes sociales, poca capacidad de maniobra le queda a la profesión para cumplir lealmente con su misión. La mayoría se desloma en ocupaciones precarias con infinita rotación, mientras que unos pocos salen a flote con cargas de trabajo extremas que les dificultan profundizar los temas que abordan.

Varios, lamentablemente, han renunciado por completo a la idea de que el periodismo deba mediar de forma responsable entre los fenómenos y las audiencias, arrojándose a la búsqueda de popularidad mediante lógicas publicitarias de impacto, polarización y culto a la propia personalidad. Anzuelos de clics, titulares equívocos, lágrimas de cocodrilo, teorías conspirativas y adulación de los prejuicios de las audiencias. Un eterno matinal. ¿Qué más se puede decir de Julio César Rodríguez, Antonio Neme y sus imitadores? ¿Cuánto daño le hace al periodismo que muchos de sus exponentes más exitosos sean los que peor ejercen su rol? ¿Se sienten orgullosos cuando gente que no entiende lo que lee los considera héroes por chapotear en lugares comunes y prejuicios, mientras tratan de “vendidos” a periodistas que sí hacen la pega?

Hace meses traté de discutir con la premiada periodista Alejandra Matus sobre la situación de su profesión, luego de que ella publicara en Twitter una investigación equívoca sobre exceso de muertes con errores teóricos y metodológicos. Mala investigación, pero excelente munición para las redes sociales. Le pregunté si se atrevía a reconocer frente a su audiencia virtual los errores de su investigación. Su primera respuesta fue una autofelicitación altisonante que mostraba desprecio por los medios que antaño dirigió. Todo celebrado por un ejército de nietites. Repliqué mostrando con claridad sus errores e invitándola a discutir sobre cómo la lógica de Twitter estaba afectando a su profesión. Y luego nada. Otros escándalos. Matinales.

Algunos se consuelan diciendo que nunca hubo objetividad. O que ya la televisión se había rendido al rating. Pero me parece que aquí estamos frente a un fenómeno de magnitud distinta: ya no un contexto que haga difícil el buen periodismo, sino la destrucción de la profesión misma, rendida ante una audiencia desconfiada que ya no espera verdades de la prensa, sino falsedades a la medida del propio interés. Culto a la personalidad y municiones.

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