Por Rodrigo Yáñez Radar propio

Hasta hace poco los análisis del escenario geopolítico global y sus implicancias para Chile eran oficio de cancillerías y de casas y centros de estudio. Hoy esa decodificación es latamente investigada, ocupa habitualmente portadas e, incluso, ha impregnado a las empresas.
En efecto, diversas multinacionales han creado unidades de geopolítica y seguridad económica, mientras incorporan escenarios de conflicto dentro de sus matrices de riesgo, pues ven como sus cadenas de suministro, datos y tecnologías son terreno de disputas entre potencias y lo hacen con el mismo rigor con que modelan tipos de cambio o precios de insumos. De paso, recientes encuestas a directores y ejecutivos, indican que por primera vez la geopolítica figura entre los principales riesgos para los negocios.
Entender dónde y cómo se sitúa una compañía en contextos complejos, anticipar escenarios y decidir con información y no intuición son capacidades que las empresas por estos días incorporan crecientemente.
El caso chileno es un buen ejemplo. Nuestras empresas operan simultáneamente en todo el mundo y en muchos mercados que, al igual que el nuestro, buscan no padecer cuando los grandes estornudan. Esa condición es una ventaja, pero también una exposición: normas de origen en revisión, nuevos requisitos de trazabilidad y otras medidas no arancelarias que se diseñan en diversos mercados, terminan definiendo qué puede vender una empresa chilena y a quién. O dónde invertir.
Cuando Washington anunció aranceles a Canadá, la Cámara de Comercio canadiense lanzó en enero de 2025 un monitor de comercio bilateral que hoy mide en tiempo real el flujo diario e identifica las ciudades más expuestas. La Federación Empresarial de Singapur entregó ese mismo año más de 1.600 asesorías sobre comercio e inversión y abrió centros en India y Emiratos Árabes para diversificar mercados. Y la Keidanren japonesa propuso en octubre pasado una “OMC 2.0” para reposicionar el sistema multilateral.
Es en esa brecha donde los gremios en Chile pueden también cumplir un rol estratégico. Redes como los consejos empresariales binacionales de Sofofa y la capacidad de quienes comercian e invierten diariamente para leer señales regulatorias antes de que se conviertan en barreras, son activos que ordenados en una función de inteligencia compartida, accesible para las empresas de cualquier tamaño y articulada con la Cancillería, constituyen una forma concreta de fortalecer la capacidad de Chile para anticipar y adaptarse ante nuevos escenarios y no simplemente reaccionar a ellos.
No se trata, por cierto, de que las compañías hagan política exterior. Se trata de que dejen de navegarla a ciegas en el contexto internacional más desafiante en décadas. Aunque a veces las tormentas se forman lejos, tarde o temprano llegan a puerto y cada barco necesita su radar propio. Pero reforzarlo a nivel nacional es quizás una buena ventaja comparativa para surfear el escenario internacional.
Por Rodrigo Yáñez, secretario ejecutivo de Sofofa
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