Por Claudia MirallesRelatos que invisibilizan

Por estos días, Chile da la impresión de estar estancado. Las cifras económicas no logran despegar, el desempleo se mantiene como una preocupación constante y las inclemencias climáticas golpean con fuerza a los sectores más vulnerables. La lluvia tan necesaria termina dejando al descubierto las grietas más profundas de nuestra cohesión social: caminos interrumpidos, comunidades aisladas y familias golpeadas que viven con una fragilidad que cualquier crisis puede profundizar.
En este contexto, la política suele depositar grandes expectativas en la fuerza de los relatos. Los gobiernos intentan ordenar su gestión en torno a agendas, reformas y mensajes estratégicos; la oposición construye sus propias narrativas, y el debate público muchas veces se organiza alrededor de disputas comunicacionales. Sin embargo, la pregunta que debiera interpelar a todos es cuánto de esos relatos logra conectar realmente con la experiencia cotidiana de las personas.
Los datos de la encuesta CEP de junio pasado muestran una ciudadanía marcada por la incertidumbre. Solo un 18% cree que Chile está progresando y un 54% ve que el país está estancado. La evaluación negativa de la economía alcanza un 43% y se han disparado las expectativas pesimistas para los próximos doce meses. Pero quizás el dato más relevante no está en la mirada macroeconómica, sino en la vida diaria: un 37% de las familias declara que sus ingresos no alcanzan para cubrir sus necesidades, un 50% llega justo a fin de mes y solo un 13% tiene capacidad de ahorro. A esto se suma que un 73% manifiesta una alta preocupación por sus deudas.
La economía, entonces, no se vive únicamente en los indicadores macro. Se vive en la incertidumbre de una familia que debe calcular cada peso que gasta, en un trabajador que teme perder su empleo o en un hogar que posterga decisiones porque desconoce qué ocurrirá el próximo mes. La angustia por el costo de la vida no desaparece porque una autoridad exhiba cifras favorables o porque un discurso político busque instalar otra prioridad. La ciudadanía exige empleo, salarios suficientes y mayor seguridad económica, no explicaciones o discursos que parezcan pedir paciencia indefinida mientras la realidad cotidiana sigue deteriorándose.
Ya sabemos que las encuestas han dejado de ser únicamente instrumentos de medición de popularidad. Hoy funcionan como un termómetro de gobernabilidad: reflejan la distancia entre el relato político y la experiencia concreta de las personas. La ciudadanía no evalúa solamente la simpatía de una autoridad, sino su capacidad para comprender problemas reales y generar soluciones que tengan efectos visibles en la vida cotidiana.
Es precisamente en este escenario donde aparece un fenómeno preocupante: los relatos que invisibilizan la pobreza y la vulnerabilidad económica de las familias chilenas. Esto ocurre cuando la realidad material de las personas queda desplazada por narrativas centradas en las disputas de las élites o los conflictos partidarios del momento. Y así van quedando relegadas del discurso público las preocupaciones más básicas: llegar a fin de mes, acceder a oportunidades, encontrar empleo o enfrentar el aumento del costo de la vida.
La comunicación debe ser un instrumento al servicio de la política, no un sustituto de ella. La verdadera comunicación política permite transparentar prioridades, explicar la gestión, rendir cuentas y construir confianza. No puede transformarse en un recurso retórico destinado a encubrir la falta de resultados ni en una plataforma para promover liderazgos individuales.
Cuando una estrategia comunicacional privilegia la construcción de una imagen por sobre la efectividad pública, el discurso pierde valor y la confianza ciudadana se deteriora. Ninguna campaña puede reemplazar la ausencia de soluciones concretas ni compensar a una sociedad que siente que sus problemas dejaron de estar en el centro de las preocupaciones.
El desafío de la política chilena no es crear un nuevo eslogan ni diseñar mejores estrategias de posicionamiento personal. El desafío es recuperar la capacidad de responder, de gestionar el Estado. Volver a conectar con quienes sienten que el país se estanca y el progreso se aleja, los que viven la incertidumbre económica y esperan que las instituciones funcionen.
Chile necesita menos personalismos, menos épica de trincheras y más vocación de acuerdos. La comunicación debe volver a ser un puente entre la política y las personas, no una barrera que oculte sus dificultades. Solo cuando los relatos estén acompañados de resultados concretos, la comunicación pública estará cumpliendo su rol, y recién cuando la acción pública vuelva a poner a las familias en el centro, será posible construir verdaderamente ese otro Chile.
Por Claudia Miralles, gerenta Imaginaccion Comunicación Estratégica
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
Plan Digital+$6.990 al mes, por los 3 primeros meses SUSCRÍBETE
















