Por Joaquín TrujilloUn profesor de cien años

Y hablando de Derecho Internacional, el miércoles 7 de enero la Facultad de Derecho de la U. de Chile rindió homenaje a su profesor, poeta y ensayista Mario Arnello Romo, quien cumplió 100 años el pasado 25 de diciembre, espiritual y físicamente vivo.
Debo a este representante chileno de lo que en la cultura clásica alemana se conoce como “Dichterjurist” (abogado-poeta), la pista que me condujo a los endecasílabos ocultos en el Código Civil de la República de Chile.
Con ese vozarrón que resuena todavía hoy con una potencia que profesores sesenta años menores ya no tenemos, agradeció el homenaje con palabras realmente conmovedoras.
Relató su infancia en su casa de la calle García Reyes con la Alameda, cuando le pedía a su nana que lo llevara a ver el monumento a los Héroes de La Concepción (que la escultora Rebeca Matte Bello inauguró junto al Presidente Arturo Alessandri y veteranos de la Guerra del Pacífico en 1923). Contó de sus años en el Instituto Nacional (“el único lugar donde quería estudiar”) y su llegada a la Escuela de Derecho (“el único lugar donde también quería estudiar”). Un hijo dilecto de la educación pública.
Habló asimismo de su amistad con el profesor Mario Ramírez Necochea (1929-2015), de ideas políticas distintas a las suyas.
Las autoridades anunciaron que el profesor Arnello continuará impartiendo en 2026 su curso de “Fronteras y Límites” (gracioso, tratándose de una vida que parece carente de fronteras y límites). Lo llevará a cabo, sin duda, impecablemente.
Al terminar su alocución —durante la cual, por cierto, este patriota fustigó los deslices geopolíticos de José Victorino Lastarria (fallecido 37 años antes de que él naciera)—, se detuvo y dijo que sentía por Chile “dolor”, pero agregó: “por sobre todo, amor”.
Sus palabras, pese a los supuestos achaques de la espalda, el estómago, la cabeza, dichas con el corazón como las de los grandes poetas, lograron abrirse paso hacia los de los asistentes, que suelen permanecer acorazados o simplemente desatentos. La larga aclamación que recibió fue atronadora, entre lágrimas disimuladas de muchos que, como dijo él, “están en la trinchera contraria”. Porque Arnello ha sido un nacionalista, un derechista de esos que no se hacen los simpáticos.
Para que nadie viera asomar las mías, salí raudo de la sala de profesores, descendí las escaleras y llamé un taxi.
El Derecho de Gentes o Derecho Internacional —como escribió Andrés Bello en el libro con que educó a las entonces nuevas repúblicas hispanoamericanas que pretendían participar del concierto de las naciones— pudo llegar hace siglos a darse un nombre porque, en ausencia de un poder soberano que lo hiciera respetar, la comunidad de sabios tratadistas que concurrieron a pensar y escribir sobre él lo fueron engendrando, criando, alimentando, educando.
Ellos traspasaron su simpatía mutua a esas naciones que aprendieron a cuidarse recíprocamente no por exigencia caprichosa sino por eso que verbalizó Cicerón a propósito de la amistad, un misterio llamado benevolencia, que no es lo mismo que la compasión.
Por Joaquín Trujillo, investigador CEP
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