Una adhesión liberal a Kast

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Por Óscar Godoy, Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales

El 15 junio del 2019 respondí a La Tercera mi opinión sobre la fundación del Partido Republicano. Ahí expresé que el nombre de la nueva entidad era significativa, porque el régimen republicano está anclado en el ideal libertario de la limitación del poder político, la división de poderes, el estado de derecho, la vigencia plena de derechos individuales y sociales y el ejercicio de la democracia representativa. O sea, la antítesis de la “extrema derecha” que Boric y sus epígonos le endosan a José Antonio Kast y su partido.

También me referí al hecho de la filiación intelectual y moral del partido al movimiento conservador contemporáneo, una vertiente de la política a la cual pertenecen el Partido Conservador inglés, la democracia cristiana alemana, el Partido Popular español y otros, que son organizaciones políticas cuya legitimidad democrática solamente puede ser negada por la ignorancia y la estupidez de las pasiones ideológicas.

En el mundo democrático actual prevalece una concepción liberal reformista y no revolucionaria de la política, la sociedad, la economía y la cultura. Los partidos conservadores que han gobernado en los últimos tiempos han sido promotores del progreso y el despliegue “civilizatorio” en una escala sin precedentes en los últimos cien años. Y, en el caso europeo, la alternancia en el poder entre conservadores y socialdemócratas no ha alterado la progresión y coherencia de ese despliegue. En cambio, los países que en los últimos ochenta años fueron o son gobernados por “partidos únicos comunistas” han padecido brutales regresiones “civilizatorias”, como es de conocimiento universal.

En consecuencia, el veto por ultraderechismo regresivo, voceado por Gabriel Boric contra José Antonio Kast y su candidatura, carece de fundamentos reales y éticos.

Como liberal tengo diferencias con los conservadores, pero a la vez coincidencias en temas capitales. Tal es el caso de mi concepción del acto inaugural y fundacional a través del cual una comunidad humana se da a sí misma la forma de Estado. Ese acto asociativo está precedido de la renuncia absoluta del uso de la fuerza coercitiva individual y grupal, y su transferencia al Estado para constituir la potencia soberana destinada a garantizar y preservar la vida, libertad y propiedad individual y colectiva de cada uno y todos los miembros de la comunidad. El fin de ese pacto original es la instalación de la paz como “tranquilidad en el orden”: esta es una condición necesaria e inapelable para la construcción de una democracia con libertad, igualdad y bienestar. Creo que Kast está en línea con esta concepción que condena y combate “toda” violencia particular y consagra el monopolio de la fuerza colectiva del Estado, que es la única que puede ejercer una violencia sin culpa, guiada por el bien común y la ley. Y por esta razón, la candidatura de Kast es la mejor opción en la próxima elección presidencial.

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