Vandalismo y patrimonio

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Por Magdalena Krebs, arquitecta, consejera de Monumentos Nacionales

Así como el presidente electo Gabriel Boric dio una importantísima señal de compromiso para con la responsabilidad fiscal en Enade, urge que su equipo y la izquierda en general dé pronto señales y muestre con hechos su compromiso con el cuidado de las ciudades y de sus ciudadanos. El vandalismo no es tolerable en sociedades democráticas; la libertad de expresión no autoriza a la destrucción de bienes públicos ni privados.

La historia puede darnos algunas señales de cómo han reaccionado revolucionarios que devienen en gobernantes en otras latitudes y momentos históricos. Francoise Choay, historiadora francesa, relata en su libro La alegoría del patrimonio, la desconocida labor de protección del patrimonio francés realizada durante la revolución. Explica que fueron los dispositivos jurídicos y técnicos, diseñados en ese momento, junto a una serie de actos prácticos, los que prefiguran los orígenes de la conservación de monumentos históricos en Francia.

A continuación de la toma de la Bastilla (1789) se sucedieron múltiples actos destructivos. Fue durante la revolución francesa que nace el término vandalismo, cuando el obispo de Tours comparó los saqueos a las iglesias con el saqueo de Roma (455 d.C ) perpetrado por los vándalos, una tribu bárbara.

La obra de conservación de los comités revolucionarios comienza ya el año 1790. Hay discusiones prácticas, dado que no existía metodología para hacerse cargo de esa magnitud de bienes culturales, pues había que inventariar, acopiar y proteger. También discusiones teóricas, pues hubo quienes justificaron la destrucción de bienes, señalando que tanta destrucción no se había hecho por odio a las artes, sino para insultar y abatir a quienes ostentaban el poder.

Finalmente primó la cordura, se comprendió que era imprescindible la superación de la violencia. Se encomendó a Féliz Vicq d’Azyr, un científico, que redactara los procedimientos para tan magna tarea de conservación. En la introducción a dicho tratado señala: “…el pueblo (…) pudo romperlo todo, pero ahora ha entregado el cuidado de su suerte (…) a los legisladores, a los magistrados en los que confía”.  Romper con el pasado no significa abolir su memoria ni destruir sus monumentos.

Es interesante constatar que ya en ese momento se comprendió que el patrimonio cultural tiene un valor identitario, un valor cognitivo y un valor económico. Desde allí en adelante se definió que éste es la herencia que recibe el pueblo y que es deber de las generaciones actuales protegerlo, incrementarlo y traspasarlo a las generaciones futuras.

Explica Choay que así lo comprendieron también los revolucionarios soviéticos que desde 1917 conservaron intacta la ciudad símbolo del poder de los zares, con el fin de que el pueblo soviético conociese los testimonios y los tesoros de esa nación.

Es de esperar que nuestros jóvenes alcaldes y futuros gobernantes comprendan la trascendencia que tiene nuestro patrimonio para la generación de identidad y orgullo de todos quienes habitamos nuestro querido Chile y que comuniquen y actúen en consecuencia.

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