Amor de amigos: “Por alguna razón, este tipo de amor es menos válido que el amor de pareja”




“El año pasado terminé una relación de siete años. Lo primero que sentí fue alivio; habíamos dilatado mucho la relación, probablemente por una dificultad por parte de ambos de soltar, pero la verdad es que ya no tenía sentido que estuviéramos juntos. Nos habíamos conocido siendo jóvenes, en una etapa de la vida en la que calzaban nuestras búsquedas y proyectos de vida. Pero hacia el final, nuestros caminos ya se habían distanciado mucho. Por eso, cuando terminamos, ninguno de los dos quedó muy devastado. Por lo contrario, tuvimos nuestra último conversación sincera, compartimos el cariño y respeto que sentíamos el uno por el otro y nos despedimos sin mirar hacia atrás. Alivio y tranquilidad.

Pero la segunda sensación que sentí fue una mezcla de miedo, angustia e inseguridad. Estaba soltera, y por más que nunca había sido un tema para mí y hace rato que había puesto en duda los mandatos del amor romántico, igual había algo –pensé– que te da la relación de pareja que hasta el día de hoy sigue teniendo un valor social. Una especie de estatus, reconocimiento, o carta de entrada. Y estar soltera, casi automáticamente, te lo quita. Pensé en mi grupo de amistad, en el que casi todos están emparejados hace tiempo –algunos de manera más estable y tradicional, otros con relaciones abiertas o distintos formatos, pero todos en función de un otro– y empecé a imaginar de qué manera iba a tener que reformular mis lazos con ellos, porque hasta entonces siempre habíamos estado los dos, pero ahora sería yo sola. Insisto, nada de esto venía desde un conservadurismo o puritanismo, más bien de una profunda reflexión respecto a cómo en nuestra sociedad, pese a los avances, seguía existiendo una norma del emparejamiento. Todo, aunque no te lo dijeran así, era y sigue siendo más fácil en pareja.

Fui entonces donde mis dos muy amigos, Meli y Gaspar, y les compartí estos pensamientos. Estaba con una leve angustia y les dije lo que ya sabemos que no hay que decir; me sentía sola. A lo que ellos me respondieron que no lo estaba, que estaba rodeada de amor y contención. A lo que me detuve; ¿estaba realmente rodeada de amor, pese a haber terminado mi relación de pareja de siete años? Efectivamente lo estaba. Tenía a mis amigas y amigos, a mi familia, y a mi gente, y todo eso constituía un gran amor. ¿Por qué costaba verlo así?

En este año en el que he ‘estado sola’ –ven, ¿por qué decimos sola cuando no estamos emparejadas?– en realidad no lo he estado, he profundizado mis vínculos amistosos y me he dado cuenta que el amor entre amigos es de los amores más puros y genuinos que hay. A su vez, he reflexionado mucho sobre el hecho de que ese amor, al que hay que ponerle apellido, y especificar que se trata de amor de amigos, como si no fuera amor, o como si fuera un apéndice del amor, no tiene tanto valor como el amor de pareja. Es, en esencia, menos válido y validado a nivel social. Y es que si alguien te pregunta si tienes algun amor, y uno responde ‘sí, todos mis amigos’, no quedan satisfechos con esa respuesta. La gente asocia el amor –erróneamente, por cierto– a la pareja. Y que triste eso, porque ¿qué queda para todos los otros millones de vínculos? El amor y el romance lo delegamos y se lo atribuimos a un único espacio, porque es el que está mayormente validado. Y en cambio al amor entre amigos, hay que especificar que es ‘de amigos’, se lo pone en segundo lugar, como si faltara algo, como si de por sí fuese incompleto.

Y eso es raro porque en definitiva el amor, como sensación, es uno solo. Cuando uno siente afecto, cariño, respeto y admiración, eso es transversal al tipo de vínculo”.

Giuliana Capelló (28) es urbanista.

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