Paula

Aprender a pedir perdón en tiempos de crisis

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A mediados de octubre del año pasado, en pleno estallido social, las amigas María Fuenzalida (29) y Valentina Molina (29) decidieron alejarse. Lo que partió como un comentario por un lado y una interpretación por otro, terminó en un malentendido y finalmente un distanciamiento que duró meses. Habían sido amigas durante toda la universidad y pese a las diferencias políticas ocasionales –que cada cierto tiempo se hacían presentes– habían logrado dimensionar el cariño mutuo que se tenían. Como si se tratara de un consenso tácito entre las dos, al final del día sabían que la amistad era más importante que cualquier roce.

Pero esta vez, en un contexto complejo en el que ambas estaban más sensibles de lo habitual, las diferencias se amplificaron. Y no les fue posible congeniar como sí lo habían logrado antes. Porque en realidad, la situación puntual que dio paso al distanciamiento fue un detonante de algo que se venía dando desde hace mucho tiempo y que era, en definitiva, más profundo. "Los problemas se venían acarreando, y yo me venía sintiendo despreciada por ella. Cuando involucramos la mirada política –que se transformó finalmente en una diferencia humana, relacionada a ciertos valores– no hubo cómo volver atrás. Fui radical y extrema para mis decisiones y corté la relación, porque en ese minuto era lo que me hacía más sentido", explica Valentina.

Por su lado, María entendió hace poco que el comentario que hizo aquella vez en el grupo de WhatsApp fue la gota que rebalsó el vaso. "Recién ahora sé que el problema no había sido ese. Ella venía acumulando enojo y no lo supe detectar. Eso se exacerbó en el contexto del estallido cuando dije algo que a ella no le pareció o que interpretó como una diferencia profunda en nuestros valores sociales. Hace poco pude ver que su enojo también estaba justificado", relata.

El viernes pasado, Valentina soñó con María y le escribió para que hablaran. Estos cinco meses que pasaron entre medio, en el que se enfrentaron solamente en una ocasión –María intentó acercarse en una fiesta en noviembre, pero Valentina aun no estaba lista para conversar– sirvieron, según cuentan, para que las cosas decantaran por sí solas. Como explica Valentina, la pandemia ha sido una oportunidad para reflexionar respecto a lo que realmente importa y, por otro lado, un catalizador de ciertos procesos de aceptación.

Ese día conversaron durante dos horas y María le contó a Valentina que estaba embarazada de cinco meses. "Esperé al momento exacto que me hiciera sentido retomar el vínculo y me alegro haberlo hecho, porque cuando me contó la noticia me di cuenta de que no quería que viviéramos este viaje separadas. He reflexionado mucho respecto al hecho de que yo le exigí a mi amiga una valoración de la vida y los derechos humanos, pero fui muy crítica y no se lo supe explicar. Y en estas últimas semanas, en las que en algún minuto confieso haber sentido que estábamos viviendo el fin del mundo, me di cuenta de que quería reivindicar mis relaciones importantes. No le pedí perdón para dejarla tranquila, lo hice porque en este contexto, en el que estamos encerradas y aprendiendo de esta incertidumbre, me hizo sentido hacerlo".

Al igual que Valentina y María, son muchos los vínculos quebrados que se han retomado en estos últimos meses. Y es que, como explica el psicoterapeuta Gestalt, consejero humanista (IHPG) y autor de talleres sobre el perdón, Jan Knakal, en tiempos en los que hemos sido despojados de toda certeza que creíamos tener, y en los que nos hemos enfrentado a nuestras propias vulnerabilidades, la tendencia es la de buscar apoyo y refugio.

Solíamos, como explica el especialista, encontrarlo en nuestras rutinas, pero dado que éstas también han sido alteradas, intuimos o percibimos que en el perdón está la conexión individual o colectiva que anhelamos. "Este último tiempo ha habido mucho interés por mis talleres del perdón, y es que en estos momentos de crisis surge una paradoja: por un lado, se trata de un periodo que se presta para la reflexión. Y por otro, para plantearse preguntas importantes y de alguna forma reconectar, aunque de manera virtual, con los vínculos significativos. Dentro de esa reconexión, también tienen un espacio el soltar rencores y resentimientos", explica.

El psicólogo estadounidense, pionero en el estudio de las emociones, Paul Ekman –quien en 1972 definió que las seis emociones básicas eran la ira, el asco, el miedo, la alegría, la tristeza y la sorpresa– plantea en sus estudios que en momentos de mayor ansiedad, miedo y enojo, solemos entrar en un estado emocional denominado por él como "refractario", en el que solo aceptamos la información que justifica y valida las razones de nuestro malestar. O, en otras palabras, en un periodo en el que estamos totalmente copados por una emoción. Pero una vez que logramos una regulación emocional y le abrimos la posibilidad a la reflexión, surge el perdón.

Según explica Fred Luskin, psicólogo de la Universidad de Stanford y gestor del Forgiveness Project, que durante 20 años analizó cómo se daba este fenómeno en poblaciones vulnerables de todo el mundo, el perdón es una habilidad que se puede aprender. Tiene que ver con aceptar cómo nos sentimos, recuperar el poder, asumir la propia responsabilidad, y finalmente soltar y dejar ir los pensamientos obsesivos de venganza o resentimiento. Recién ahí podemos dar paso a la resiliencia.

Para el psicólogo de la Universidad Adolfo Ibáñez, Claudio Araya, el perdón no es una exigencia, sino un proceso que no se puede forzar, que toma tiempo y que tiene mucho que ver con uno mismo y la propia necesidad de soltar y no mantener activo el rencor como una manera de liberación. "El perdón no es lo mismo que la reconciliación y no necesariamente una lleva a la otra. La reconciliación es más compleja y requiere de la voluntad de todas las partes involucradas, mientras que el perdón surge y depende de uno mismo. Para pedir perdón, es valioso ir haciendo el trabajo de no demonizar a la persona con la cual uno tiene una dificultad y, a su vez, humanizarla", termina.

En ese sentido, como explica Jan Knakal, el contexto por el que estamos viviendo es una oportunidad no solo para perdonar (o perdonarnos), sino que para desarrollar y darle cabida a una vida con perdón. Y para eso, según comenta, hay tres fases continuas a desarrollar: la primera tiene que ver con la aceptación de nuestras propias necesidades y la capacidad de dejar ir. La segunda con el perdón en la medida que lo sintamos como una necesidad de liberación. Y la tercera tiene que ver con el fortalecimiento para poder volver a contactarnos con la necesidad de perdonar. Un círculo continuo.

La psicóloga y terapeuta de parejas, Daniela Werner, explica que en tiempos de cambios radicales nuestras reacciones responden a la urgencia y a la impulsividad, pero también a ciertos cuestionamientos. "En contextos complejos actuamos distinto, pero en cuanto al perdón, hay personas que logran visualizar su responsabilidad y cuando es así, lo hacen de manera inmediata. A los que le cuesta más, en general son personas que tienen una estructura de personalidad rígida y les cuesta reconocer que también fueron responsables". En ese sentido, la especialista agrega que si bien hay personas que se están acercando para enmendar quiebres, también hay quienes no han hecho nada al respecto y tampoco han sido conscientes de sus responsabilidades parciales. "A esto se le suma la evaluación de la situación actual; algunos la viven como una situación de riesgo en la que se evidencia que el tiempo es limitado y otros no", explica.

Knakal señala que en estos meses nos hemos dado cuenta que los vínculos y el apoyo mutuo son de suma relevancia y por eso, el contexto actual termina siendo una oportunidad para trabajar las relaciones interpersonales o desarrollar nuevas, si es que las anteriores no nos satisfacen. "Ante la constante incertidumbre buscamos apoyo, y ese apoyo está en nosotros mismos y en las conexiones significativas con los demás".

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