Paula

Extracto libro de Marcelo Mendoza

Totó Romero, periodista, 83 años

"No tengo nada contra la infidelidad"

Nacida el 14 de mayo de 1925, la periodista Totó Romero de ningún modo es una mujer vieja y ni siquiera "antigua", como le gusta decir a ella. Es irreductiblemente joven. Hija del escritor Alberto Romero (que, entre otras novelas, escribió La viuda del conventillo, un clásico de la literatura social chilena), se trata de una encantadora rara avis de la fauna femenina chilensis del siglo XX.

Separada del español Andrés Roselló con apenas 23 años y un hijo, toda su vida la ha forjado a costa de su propio esfuerzo y de sus particulares observaciones de cómo deben ser las cosas. La suya no ha sido una existencia trivial y aburrida, y menos aún cómoda. Pero sucede que tiene un modo de relatar sus peripecias, riéndose permanentemente de sí misma, que cuesta imaginársela de carne y hueso y no como un personaje literario.

Estudió Servicio Social y alcanzó a ejercer apenas un año y medio como tal, a pesar de que hasta ahora siente que su mayor vocación es esa. No hace muchos años, el agudo editor y crítico de cine Héctor Soto le dijo que ella era una asistente social disfrazada de periodista. Y es probable que tuviera razón.

Sin embargo, su carrera de asistente social se vio frustrada cuando la echaron de un centro de atención de salud donde comenzó a recomendarles a mujeres de escasos recursos un método para evitar embarazos que aprendió allí mismo: consistía en ingerir una dosis de un medicamento efervescente inmediatamente después del coito. Cuando el médico a cargo del centro lo supo, entró en cólera y la despidió de inmediato. Ella lo hacía como una ayuda social, pero aquello ocurría más de una década y media antes de que el gobierno de Eduardo Frei Montalva repartiera la píldora anticonceptiva dentro de los programas de salubridad pública, siendo un pionero en América Latina en materia de control de la natalidad.

En su vida, Totó -que en verdad nació como Graciela, nombre que no le agrada- ha vivido muchas escenas de dolor similares. Ha llorado por ello, pero a solas y sin molestar, y después se ha reído de sí, con displicencia. No son pocos los episodios nada de jocosos por los que ha debido pasar.

Criada en la inmensa casa de los abuelos Romero, aquella mansión del centro de Santiago fue su mundo donde papá la educó en la libertad de que se enterara de todo lo que su cabeza infantil fuera capaz de comprender. Igual cosa hacía su tía María Romero, señera periodista, directora de Ecran, cuando este semanario de cine era la publicación más vendida del país. No se puede entender a Totó si no es conociendo parte de la historia de estos dos personajes, decisivos en su entendimiento del mundo.

Luego del desastroso final con su marido, Totó Romero fue una mujer de pocos pero prolongados amores nada de convencionales. Una buena cantidad de años su gran amor secreto fue René Silva Espejo, director de El Mercurio y muchos años mayor. Su delicadeza fue tal que nunca le exigió nada. Su otro amor fue el francés Jacques Simon, quien emigró desde su estadía en Chile a Francia y con el cual desde entonces prolongó la relación visitándolo un mes completo durante quince años seguidos. A ella le da pudor hablar de sus intimidades, pero no por vergüenza sino porque le parece "atroz" de mal gusto hacer público el mundo privado. Pero, como es, aquello surge sin precauciones, con ironía, porque a uno nunca le deja de quedar la sensación de que ella se relata como un personaje casi ajeno a sí misma, desaprensivo. De forma absolutamente incorrecta.

Con la periodista Ximena Torres Cautivo -"la niña fea que me habría gustado tener", como le escribió una vez- se hicieron famosas por constituir una asimétrica dupla periodística que parió un atado de libros en donde se ríen del arribismo chileno. El evento, A patadas con la web, Con el voto a dos manos y El chileno de maleta son algunas de estas obras.

Tras el Golpe de Estado de 1973 se quedó cesante y debió partir a Estados Unidos, donde profundizó sus estudios de Servicio Social y trabajó en comunidades de chicanos. Antes había ejercido el periodismo, siendo subdirectora fundadora -el director era el gran periodista Julio Lanzarotti de la Revista del Domingo de El Mercurio, en 1967, y escribiendo para la naciente revista Paula, junto a Delia Vergara -la directora-, Isabel Allende, Malú Sierra y, entre otras, Amanda Puz. Una extraordinaria época del periodismo chileno y, en especial, de las mujeres periodistas.

Cuando se realizó este diálogo todavía trabajaba de sol a sol en la revista Caras. Al concluir las varias horas de esta conversación, realizada en 2004, una vez acabado su último cigarrillo, debió partir a su oficina para despachar, a su vez, la entrevista que ella misma debía concluir. "De nuevo me toca trasnochar", dijo, sin ninguna queja, como si tuviera 25 años. Y los representaba, aunque en pocos meses cumpliría 80.

Trabajó sin descanso en la redacción de Caras hasta fines del año 2007, pariendo crónicas y retratos de personajes con su gracia y fino sarcasmo sinigual. Fue entonces cuando el consumo de cigarrillos y cigarrillos le pasó la cuenta y debió irse para la casa, que sólo era compartida con su soledad, pero ahora debió proveerse de inhaladores y un balón de oxígeno por si le venía una crisis respiratoria.

En diciembre de 2010 -cuando escribo estas últimas letras- su estado de salud se había deteriorado mucho y ya no podía seguir viviendo sola: vivía en casa de su único hijo, quien finalmente terminó haciéndose cargo de esta entrañable y valiente mujer que siempre se las arregló sin pedirle ayuda a nadie y con extrema discreción para no molestar. Lo que sigue es fruto de las conversaciones que tuve con ella en 2004.

"DE SOCIALITÉ NO TENGO NADA"

¿Ha sido una mujer impertinente?

-No -dice y se queda pensando-. Convencional no soy. ¡Claro que no soy convencional! Yo he dicho que me había alegrado tanto de que mi mamá hubiese sido infiel a mi papá. Pero lo digo de verdad porque, en primer lugar, no tengo nada contra la infidelidad y porque supongo que responde a ciertas circunstancias. Nadie es infiel por entretenerse nomás. Y en ese sentido yo de verdad me alegré. Eso lo conté y produjo bastante horror en muchas personas. Yo era la regalona de mi papá. A mi papá lo único que le importaba eran los libros, yo creo que fue muy buen escritor, pero para mi mamá, que era buenamoza y espléndida, tener un marido que está todo el día detrás de los libros no era suficiente. Ella podía pasar en pelotas y ni la miraba. Encontré que la vida había sido muy justa en que ella en algún momento dado se haya enamorado de otro hombre. Tiene que haberla pasado estupendo. Supongo yo que el ser de quien se enamoró le dio toda la atención, mientras la enamoró y duró el pololeo. Mi pobre padre, que era adorable e inteligente, nunca le dio la atención que ella necesitaba. Entonces me pareció que lo justo era esa infidelidad. Es que la infidelidad no responde a una fiebre uterina. Responde a una condición de vida en que la mujer, por lo menos, no podría hacer otra cosa, porque desquita rabia, desquita olvido, desquita una cantidad de cosas que se le están revolviendo adentro. Me parece estupendo y fantástico que se sane de esa manera, sacándose de encima todo eso.

¿Su padre supo de la infidelidad de su madre?

Por supuesto. Yo era bastante chica, pero ser regalona de Alberto Romero significaba que me contaba las cosas más raras. Y de eso me habló también. Me dijo que se daba cuenta de que mi mamá necesitaba más atención. No lo tomó mal, de ninguna manera. Todo lo contrario.

Parece que su padre no discriminaba respecto de los temas a tratar, aunque fuera muy chica.

Claro. Yo podía leer el libro que quisiera, incluso el Kamasutra. Mi papá decía: "Si le queda grande, no lo va a entender, se va a aburrir". Pero podía leer todo lo que quisiera. Mi madre no se oponía. Mi mamá lo único que decía es que no me casara con un intelectual porque había tan pocas distracciones y tan poca plata.

Me llama la atención la imagen que transmite: de una disonancia en su vida. De una cercanía con el mundo intelectual, progresista o incluso de izquierda, pero al mismo tiempo una vinculación permanente con el mundo de lo frívolo, "momio", de la llamada "socialité". ¿Cómo lo explica?

De "socialité" no tengo nada. La cercanía ha sido a través del periodismo, porque las fiestas a las que voy han sido en razón de periodista. Siempre me he reído del asunto. Es un mundo curioso que uno se entretiene observándolo, un mundo al cual yo no pertenezco. Si observas sus características, hay cosas fascinantes. Justamente por sentirme tan ajena es que me da risa. Por ejemplo: es tan distinta la acogida a una periodista con fotógrafo que a una sin fotógrafo. Si vas con fotógrafo, todos te besuquean por todos lados, te conocen hasta el tercer apellido, dicen que te han leído todo, aunque en verdad no hayan leído nada, porque lo que les interesa es salir en la foto. Y sin fotógrafo sólo te pesca la gente que te tiene cariño o gente que le despierta curiosidad el trabajo que uno hace. Es un mundo que uno lo observa y ve cómo la vida social chilena ha ido cambiando. Me recuerdo cuando la Raquel Argandoña era parte de los comités de recepción pagados cuando surgen los nuevos ricos con Pinochet. Todos esos que compraron las empresas estatales a chauchas. Los nuevos ricos socialmente no entendían nada, no sabían tomar la taza, el plato. El comité de recepción de Raquel Argandoña iba, le pagaban, atendían. De ahí salieron también esas niñas medias piluchas. Todo eso surgió con Pinochet. Era fascinante observar cómo surgieron los peluqueros, que ahora se llaman "estilistas", cómo salieron los productores de eventos y cómo salió la palabra "evento", que es una siutiquería que yo todavía me resisto a decir. ¿Cómo voy a decir "voy a un evento"? ¿Qué es eso? Todo aquello me produce curiosidad, me divierte.

En el libro Los secretos de Totó, que escribió la periodista Paula Escobar, la narración que usted hace de sí es como la de un personaje literario, con una cierta distancia en la que se oculta el dolor de muchos momentos de su vida. Como si las cosas le pasaran sin drama. ¿Eso es sólo una fantasía mía?

No es fantasía. Nadie cree que soy profundamente tímida. Tengo una timidez tremenda. Soy re puntuda sentada, escribiendo: ahí podré decir todo lo que se me antoja. Pero eso de hacerse notar… esas cosas me producen mucha timidez. Hay una gran timidez a contar cosas personales. Por eso uno como que despersonaliza y además como que siempre lo toma en broma, porque eso es menos revelador. Por otra parte, los libros que hemos escrito con Ximena (Torres Cautivo) han sido una protesta, pero uno no puede hacer protesta parándose arriba de los cajones, hablando a la gente, arengando, sino que riéndose de ella, de las circunstancias. Siempre ha sido igual.

Hay cosas que cuenta que nadie contaría, algunas muy íntimas. Hay opiniones también que otros se cuidan de dar.

Bueno, yo no he sido de muchos amores. Pero los que tenido han sido bien profundos, sobre todo uno de ellos. ¡Lloré 40 días y 40 noches, como el diluvio universal, cuando ese enamorado consideró que era mucha la distancia de edad!

¿Se refiere a René Silva Espejo, que fue director de El Mercurio?

Sí, pero no está nombrado en el libro. No sé cómo supiste.

Está nombrado. Hay incluso una foto.

(Se sorprende) Yo nunca leí el libro… No voy a andar llorando delante de la gente. Lo único que me dejó fue una barra de chocolate. Siempre me he reído de eso, por mucho que me haya dolido. No quiero andar contando que me dolió tanto. Yo no quiero llorarle a nadie.

Eso me llama la atención: su delicadeza extrema por no molestar, pero por otro lado un insobornable afán por decir lo que le parece sin ningún problema.

Ah, claro, por supuesto. Fui a un notario con dos testigos para decir que cuando yo estuviera mal no hicieran ninguna huevá de llevarme a un hospital. Lo único sería que gastaran plata para que no sufriera, pero, por favor, que no me hicieran ningún arreglo. Fui al notario para que mi hijo no tuviera problema. Yo creo que es timidez esto de no molestar.

¿Nunca le ha llorado a nadie?

¿Contando mis cosas? No creo. Puedo llorar a mares, por ejemplo, con la película Machuca… me faltaron pañuelos… Pero juro que el nombre de René Silva Espejo no está en el libro.

Juro que sí.

Nunca lo leí. Me dio vergüenza. Quiero mucho a la Paula Escobar, por eso dije que sí al libro, pero me dio pudor.

"LA SOLEDAD ES UN GRAN LUJO"

¿Su padre es la persona que más influyó en su vida?

Sí. Mi padre tenía una obsesión social…Todo lo que escribió era la vida de los pobres. Mi madre le decía: "Esta niñita está con los zapatos rotos" y mi padre mandaba la plata para los niños españoles. Él tenía un sentido social que me marcó. Indudablemente no habría estudiado Servicio Social si no es por su influencia. Mi padre era profundamente irónico, bondadosamente irónico, ironizaba la tontera. A un "tonto-tonto" mi papá le decía: "Este joven es modesto de criterio".

¿Cómo fue salir de su casa Romero al mundo exterior?

Fue terrible. Fue perder a la María Romero. Cuando se desarmó la casa fue terrible. Yo entré a un colegio de monjas y las odié toda la vida. Primero estuve en el Universitario Inglés, después me cambiaron a las monjas alemanas. A las internas las hacían bañarse con traje de baño. Yo nunca más volví a misa, nunca más volví al colegio. Para el Mes de María un día, para no ir a la bendición, nos escondimos tres compañeras en el baño. Las monjas armaron un escándalo. Yo no entendía por qué. Mi papá me explicó lo que era el lesbianismo, con toda clase de detalles: yo tenía 10 años. Me dijo que "las monjas creyeron que ustedes eran lesbianas, porque hay una cosa que se llama lesbianismo y que significa ta-ta-ta"…

¿Es atea?

No soy creyente. Me bautizaron, pero nunca más volví a misa. No creo que haya infierno. Creo que uno se muere y listo. Pero sí creo que uno vive en el recuerdo de los otros. Mientras se acuerden de uno, uno está vivo. Una de mis grandes amigas fue Pola (Paula) Marchant, que murió hace unos años. Me acuerdo todos los días de ella por algo: está viva. Si estamos hablando de mi papá, entonces está vivo.

¿Ha sido muy enamoradiza?

Tuve bien pocos amores. Me casé a los 21 y me separé a los 23. Yo creo que tuve mal ojo para el amor. De mi ex marido me vine a enterar que era viuda después de cuatro años de que se había muerto. Con él me equivoqué, así es que nunca lo pelo. Era buenmozo, bastante mayor que yo, bailaba regio, sabía qué vino pedir con la comida. Era el gerente del Hotel Bolívar en Lima. Me confundí, creí que valía la pena, pero no valía la pena. Se vino de gerente del Hotel Carrera, allí vivíamos. Un día vimos una película en la noche en el hotel y lloré a moco tendido. Al salir dije: "Qué lindo personaje era esa mujer". Y él agregó: "Era una puta". Me di cuenta que no había avenimiento. Pesqué a mi guagua y partí a mi casa. Él se fue a Europa: desapareció. No se hizo cargo. Lo único que hizo una vez fue mandar de España para una Navidad unas colleras de oro a Alfonso, que tenía 3 años. Por supuesto que las perdió. El otro me mandaba chocolates. Y el otro, libros desde París…

¿Cómo fue su relación con René Silva Espejo?

Por favor, en eso no vamos a entrar…

Se lo pregunto por la disonancia entre este mundo progresista, con la sensibilidad de su padre, y su relación con personas de derecha, como René Silva Espejo, a quien amó.

No era beato tampoco… Me atrajo su inteligencia y sentido del humor. Un sentido del humor precioso, no "chistoso". Era bastante mayor que yo. Él nunca quiso hacer lo nuestro público. Yo era soltera, él estaba separado, pero según él la diferencia de edad era tan grande que lo ocultaba. No fue ninguna figura paterna. Yo adoraba a mi padre, pero como marido lo encontraba un cacho, ¿para qué iba a seguir buscando otro cacho? Él fue un gran deslumbramiento por la inteligencia y por el gran sentido del humor. La gente que no tiene sentido del humor es una lata. Hay poca gente con sentido del humor en Chile. Hay muchos chistólogos, pero nos tomamos todo en serio. La inteligencia y el sentido del humor me arrebatan. Después estuve con Jacques Simon. Me recibía todos los años en Francia con tanta felicidad y me despedía con tanta felicidad, después de un mes… quedaba cabreado -dice y se echa a reír-. Una vez le pregunté si se casaría conmigo si enviudara. Me dijo que no, porque "eres tan desordenada, preguntas tanto". Nuestra relación duró 28 años, hasta que se le olvidó que yo existía. Me mandaba hartos libros cuando yo estaba cesante. No hay nada mejor que la gente muy rica para no saber lo que es la plata. Ni lo sueñan, ni lo sospechan.

Ambos amores eran de derecha y de dinero, hombres conservadores. Usted no tiene ninguna de esas tres características.

Hay que reconocer que los momios tienen una elegancia que los de izquierda no tienen. Hay un cierto refinamiento que me gusta. Eso se ve en gente momia, qué le vamos a hacer. El momio de hoy no es así, pero Jacques era un aristócrata en el sentido del buen gusto. Estamos hablando de muchos años atrás… la caballerosidad, el refinamiento, la sobriedad para vestirse. Esa cosa refinada me gusta, me llama la atención. René había sido profesor. Jacques era masón grado 33, que en Europa es difícil tener esa condición cultural. Creó aquí la Librería Francesa, era presidente de la Alianza Francesa. Que fuera momio no era un tema.

En el período en que estaba sola, ¿le daba nostalgia?

La soledad es un gran lujo, siempre y cuando si quieres estar con gente puedas hacerlo. Me he dicho muchas veces: "Qué bueno que llego a la casa sola". Creo que se puede amar mucho, pero creo que de repente te molesta el otro. La soledad es maravillosa.

¿Estas relaciones le trajeron algún tipo de conflicto?

Cuándo recién me separé, me decían: "¿Él era curado?". "No, no era borrachento", respondía yo. "¿Resultó homosexual?". "No, tampoco". Eso es lo que siempre alego: ¿por qué entre los causales del divorcio no está el desamor? Ese debería ser un gran motivo de divorcio. ¿Cómo te vas a acostar con alguien que no amas, que no te atrae? Además en ese tiempo era buenamozona, pero tampoco me convidaban porque era una mujer peligrosa. Estaban todas casadas, podía levantarle un marido a alguien. Yo estaba sola. En ese momento tampoco me importó. Me puse a trabajar. Estudié cinco años Servicio Social y ejercí un año y medio. Después entré al periodismo. Fui subdirectora de la Revista del Domingo de El Mercurio y fue fascinante. Juro por mis tres nietos que cuando me llamó René (Silva Espejo) para ser subdirectora ya se había terminado la relación.

"MI MAMÁ NO ME QUERÍA MUCHO"

Usted defiende la infidelidad. ¿Cree que las personas naturalmente somos polígamas?

Yo creo que se puede ser absolutamente fiel y feliz en ciertos casos, pero no son la mayoría. Antes era más fácil porque la gente vivía más corto. Ahora que se vive 80 años, 80 años con la misma persona es mucho. Encuentro que de todos los casos de infidelidad que he sabido muchas veces hay un estallido de algo que está latente. Tú no te vas a enamorar de la persona que va en el tren. Yo creo que eso no es pecado. Resulta muy difícil que dos seres se gusten en todo sentido. En el que falla, hay que buscar un sucedáneo. Tú te enamoras, pero siempre hay un bache. La señora de quien te enamoraste no lee ni El Peneca, pero de repente encontraste en este mundo a alguien que lee, que entiende lo que lee, que conversar con él en ese aspecto es estupendo… ¿A quién mierda le hace mal que te vayas a acostar con esa persona? Por los libros te salta la hormona. Si la infidelidad llena una carencia, es legítima.

¿Cree que alguien se puede enamorar al mismo tiempo de dos personas?

Sí. Si alguien tiene la capacidad de amar al mismo tiempo a dos personas, que ame a las dos. Eso lo aprendí con Delia Vergara. Lo conversamos. Si tienes la capacidad de amar a dos, ¿para qué te vas a quedar cojo? Hay que tratar de no herir. Lo digo y no creo que sea mala persona pensar así. Si lo haces con discreción… ¿Para qué le vas a contar a tu mujer? ¿Para qué la vas a herir? Ella te va a encontrar mejor porque llegaste contento. Va a encontrar que estás hecho un amor. Creo que los hombres tienen más sentido de culpa. Las mujeres lo hacen siempre picadas por algo. Cuando una mujer lo hace, dice: "Se lo merece". En cambio los hombres van todos culposos…

Ha sido bastante poco apegada a los cánones femeninos imperantes.

Pocazo.

¿Sus compañeras en el colegio la veían como una persona rara?

Creo que en el colegio sí, ya que casi no tuve amigas. Después no volví nunca más. De repente veo en la calle a una pasas que me dicen: "¿No te acuerdas de mí?". Me da una desesperación… La María Romero tenía entrada para todas las películas. Entonces, ¿para qué iba ir al colegio con todas esas huevonas? Me iba con la María a ver las películas francesas y era absolutamente dichosa.

¿Fue María Romero la mujer más decisiva en su vida?

La María fue como mi mamá, porque mi mamá no me quería mucho. No me entendió nunca. Pero la María fue un gran personaje en mi vida. Era como entre hermana mayor y mamá. Era muy graciosa. Se reía de todo, re contra habilosa. Entró, por la influencia de mi papá, a la revista Ecran como secretaria. Después de haber hecho un año de inglés en el Pedagógico, se dio cuenta que no había plata y que tenía que trabajar. Mi papá le consiguió ser secretaria de Luis Enrique Délano. A los seis meses a él lo nombraron embajador e iban a cerrar la revista y la María fue a hablar con el gerente de (la editorial) Zig-Zag y le dijo: "¿Por qué no tratan conmigo? A mí me gustaría hacerlo. No quiero sueldo, quiero un porcentaje de circulación". Terminó por vender 120 mil ejemplares semanales. Yo la admiraba y la quería a morir.

María Romero también tuvo un amor clandestino…

Absolutamente: Raúl Silva Castro. Fue mala cueva. Las dos Romero tuvimos mala cueva para los amores. Manuel Rojas, que era íntimo de mi papá, se enamoró locamente de María, pero ella déle con Raúl Silva Castro. Estaba separado, con un hijo. Se fue a vivir con Raúl cuando se murió mi abuela. En el libro de Manuel Rojas Mejor que el vino la protagonista era María: fue por ella. Cuando murió Raúl, María me dijo: "Amé profundamente a Raúl, pero él sólo me quiso". ¡Qué pena! Cuando me dijo eso casi muero. Cuando murió Raúl yo pasé todo el duelo sentada en la escalera de la casa. Me dejó ahí por si venía la mujer oficial de Raúl Silva Castro, no sé, a pegarle, qué sé yo… Para ella fue terrible. Desgraciadamente, por los años en que se vivió… mira las estupideces… A la María le encantaban los niños, pero no se atrevió a tenerlos por no estar casada. A mí también me habría gustado tener otro, pero no me atreví tampoco.

¿Cómo lo hacían en ese entonces para no tenerlos?

Yo sabía cómo. Esto era antes de la píldora anticonceptiva, claro. El primer artículo que escribí en El Mercurio fue sobre la píldora cuando salió, el año 67. A la María, con grandes escándalos con mi abuela, le pillaron lo que se usaba antes, que era un aparato muy raro que se metía para adentro; un aparato que tenía como una tripa y había que ponérselo cada vez, no podías andar con eso como hoy con una T. El aparato se llamaba el ramses. La Alicia, su hermana menor, se lo pilló en el ropero y se lo llevó a mi abuela. Yo no lo usaba: había descubierto una pastilla efervescente útil para eso. La gente culta no se quedaba embarazada, porque además tenían el bidé. Después de hacer el amor, se sentaban en el bidé y ponían el chorro que sale por el medio. Eso ayudaba.

¿Qué ha sido mejor: hija, pareja, madre, periodista o asistente social?

No sé, no sé… A todas les puse empeño. Creo que fui mejor asistente social, aun cuando me rebajaron después. Pero lo hice con toda el alma. En realidad me gustaba. Cuando me separé no podría haberla seguido por los sueldos miserables y por la dedicación exclusiva.

Tiene una hermana, Zulema, que jamás menciona. ¿Tuvo una mala relación con ella?

(Se demora en contestar) Sí, muy mala. Yo creo que de ahí devino la relación con mi madre, que no me quiso. Creo que las madres siempre quieren al más débil y ella era más débil frente a la vida. Mientras mis padres estuvieron vivos aguanté todas las injusticias, pero después nunca más he vuelto a saber de ella.

¿Qué significó para usted el Golpe militar?

El día del Golpe me abracé con mi padre y llorábamos. Él dijo: "Lástima que no voy a estar vivo cuando todo esto termine". Tenía toda la razón. Le habíamos puesto tanta ilusión. Todo lo que uno creyó tanto, ¡tanto!, todo lo que uno creía que iba a pasar con Allende… El Golpe fue otra de las horrendas penas. ¿Qué iba a hacer? No íbamos a llorar por las calles. Salíamos con la Isabel Allende a buscar trabajo y nos reíamos harto.

¿Cómo fue la relación con su hijo, que vivió con sus padres?

Fue bien difícil. Creo que se sintió abandonado. ¿Qué le iba a hacer? No había otra manera. Fue la única vez que vi a un siquiatra. Le dije: "¿Qué hago? Tengo que trabajar. ¿Me voy a Viña, donde están mis padres?". Me dijo: "La abnegación es lo peor. En este país celebran tanto la abnegación. Abnegación significa negarse. A todas las mujeres que se niegan a sí mismas por el hijo después le pasan la cuenta"

"PUEBLO ES SANTA AL NO ANDAR CON UNA AMETRALLADORA MATANDO RICOS"

Se mueve, por trabajo, entre los ritos sociales de los adinerados y esa sensibilidad de la asistente social que sigue teniendo. ¿Cómo lleva esta dicotomía?

Me produce indignación. Encuentro que la gente del pueblo es santa al no andar con una ametralladora matando ricos. Me espanta que la Teresa, la empleada, no robe. ¡Si todos roban! Pero ellos encuentro que son lo más sanos que hay para las condiciones en que están. Los pobres de Chile son santos. También se ve delincuencia, pero que es justificada, a mi manera de ver, porque los pobres están parados en la esquina y no les dan trabajo.

¿Ve mucha frivolidad en el ámbito que le toca ser testigo?

Claro. Veo lo que ganan. Veo que a la Daniella Campos por ir a una conversación de estos programas de la mañana mínimo le pagan un millón de pesos y un profesor gana 400 mil por tener a los chiquillos todo el mes. Eso me indigna, me enferma. Y no puedo hacer nada, no se trata de ir predicando por ahí. Lo único que me queda es reírme de esto en mis libros. No tengo otro recurso para no morirme de rabia.

¿Qué personajes adorables de Chile conoció?

A Manuel Rojas. Lo encontraba además tan bello. Muy callado, muy lento. Absolutamente adorable. A la Pola Marchant, creadora de la vida social de El Mercurio. Como la Pola tenía que ir de traje largo a las fiestas de las embajadas, todos los años yo la acompañaba a las casas de putas a vender esos vestidos largos. Llegábamos con su maleta, nos atendía la regenta, y sacaba los vestidos y le decía: "Le hace una rajadura aquí y otra acá y le va a quedar estupendo". Absolutamente adorable. También Julio Lanzarotti. Llegaba un colaborador con un artículo, nosotros dos éramos los únicos de planta, y decía: "Este artículo encuentro que está muy tenue". Eso significaba que estaba muy malo. Entonces pescaba las tijeras y se ponía recortar, ponía la tercera parte adelante y así. Un pedazo por aquí y otro por allá, y quedaba de lo más bueno. Me enseñó algo que no me olvidé jamás: "Las revistas culturales son una lata inmensa, lo que hay que hacer es una revista culta. Con cultura se puede hablar de todos los temas". Eso me dijo y no se me ha olvidado nunca. Fue también un personaje adorable. Obsesionado con su trabajo. Otro personaje adorable era la Delia Vergara. Isabel Allende se quejaba tanto. Me decía: "Fíjate que hago las columnas y la Delia no las entiende, porque es como alemana y me las corta". Y la Delia le decía: "Fíjate que no te puedo mandar a reportear porque tú me lo inventas todo. Están re buenos tus artículos, pero todos inventados". Eran gente adorable. Víctor Jara era adorable. Yo creo que le gustaba a una de las de Paula: le gustaba a la Malú Sierra. Iba mucho para allá.

¿Y qué personajes chilenos le han resultado detestables?

A mí el cura Hasbún me revuelve el estómago. También ese antipático del cardenal Medina. Medina es muy malo. Nadie los va a recordar. Y si los recuerdan será para pelarlos.

¿Con quién le habría gustado tener un affaire?

De repente me digo: si yo fuera joven ¡por Dios! ¡Tú no sabes lo que me gustó el Quique Neira!

¿El rastafari ex vocalista del grupo de reggae Gondwana?

Sí, claro. Cuando llegó con sus trenzas… yo habría salido corriendo detrás de él.

Entre Mary Rose Mac Gill y Gladys Marín, ¿con cuál se queda?

Con Gladys Marín, de todas maneras. Ella era una fuente enorme de regocijo. Andaba mucho con un personaje que yo aprecio: (el escritor) Pedro Lemebel. Y estaban iguales los dos. Pedro Lemebel se puso igual a la Gladys Marín, idénticos. La llevaba la Gladys. Por Dios que era inteligente y muy graciosa, pese a ser comunista. Se reía de ella, tenía sentido del humor. Ahora, encuentro que la Julita Astaburuaga es una buena persona. Sus trabajos sociales los hace bien callada. Y está muy pobre además. En varios sentidos es bien admirable. A todas las otras las encuentro una lata. La Mary Rose es inteligente, no me cabe duda, ¿pero cómo una mujer inteligente vive haciendo huevás? No entiendo.

A usted, que ha tenido amores de derecha, cultos y refinados, ¿qué le provoca una figura actual de derecha como Joaquín Lavín?

Lo encuentro tonto como una puerta, ¿qué quieres que te diga? Sus asesores son más inteligentes que él. ¿Por qué él?, me pregunto. Como persona me produce mucho aburrimiento. Y casi sale Presidente siendo del Opus Dei, que es un grupo que me provoca miedo, porque propicia un sistema de vida que es contrario al que yo aspiro. No es ni culto siquiera. A mí me produjo pavor Lavín.

¿Nunca tuvo un amor más joven?

No. Pretendientes sí, pero amores no… Lo encuentro desastroso. Una debe tener la libertad de que le salgan las arrugas y no vivir pendiente de cuidarse. Entonces estar con alguien más joven encuentro que es un trabajo que no vale la pena.

¿Hay algo de lo que se arrepienta?

No. No me arrepiento de nada. Podré haber tenido mal ojo, lo hice mal, tuve un desastre de marido… pero no: no me arrepiento de nada.

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