Paula

La renacida

Hace tres años Valentina Frederick creyó estar cumpliendo el viejo sueño de volar: un día de abril de 2011 subió a un parapente, mientras abajo del cerro la esperaba su pololo con un picnic y el anillo de compromiso con que le pediría matrimonio. Pero Valentina no llegó a la cita porque cayó en pleno vuelo. Nadie entiende cómo hoy puede contar su historia.

Paula 1154. Sábado 16 de agosto de 2014.

El sábado 16 de abril de 2011 Valentina Frederick (29) despertó tan contenta que, antes de que sus padres viajaran a almorzar con los abuelos a Viña del Mar, se acurrucó con ellos unos minutos.

–Con Pablo estamos de aniversario hoy, cumplimos siete años y me tiene una sorpresa–, les dijo sonriendo.

Luego, se puso en pie y hurgó en el clóset de su hermana Constanza. Quería verse bonita en esa ocasión especial. Y, como era un día soleado, buscó un vestido para ponerse. Estaba en eso cuando Pablo la llamó y le dio una pista de su regalo sorpresa.

–Necesito que vayas con ropa cómoda–, le dijo misterioso, por lo que Valentina dejó el vestido a un lado y eligió unos jeans gris pitillo y su blusa favorita: una de gasa, cruzada y amarrada en la espalda con dibujos de colores que combinaba perfecto con la parka negra de plumas que su mamá le había regalado hace una semana.

Valentina siempre quiso volar. Tenía espíritu aventurero y amaba subirse a la montaña rusa de Fantasilandia. "Quería sentirse como un pájaro, le gustaba esa libertad", dice Cristián, su padre.

Horas más tarde Pablo la pasó a buscar en su auto y partieron con dirección al poniente. A mitad de camino pararon en el estacionamiento de un supermercado. Fue ahí que Pablo le confesó a Valentina lo que estaba tramando.

–Hace años que escucho que tu sueño es tirarte en parapente. Eso haremos. Viene una van en camino para llevarnos a un cerro y nos lanzaremos los dos, yo te voy a acompañar–, le dijo.

Valentina estaba tan feliz con el panorama que llamó a su mamá, María Eugenia, para contarle lo que haría. Eran pasadas las dos de la tarde.

–Voy a volar con Pablo–, le contó.

El vértigo embargó a su madre.

–Me deberías haber llamado para decirme que ya te tiraste, no que lo vas a hacer. Esperaré ese segundo llamado–, recuerda haberle dicho María Eugenia antes de cortar.

Pablo se trasladó con Valentina hasta la Escuela de Parapente que queda en Colina. Era un camino difícil, empinado, que conducía a un cerro donde un grupo de parapentistas esperaba su turno. Los coordinadores organizaron a los participantes según su peso y estatura. Pablo, por ser más robusto fue el primero en lanzarse al vacío cuando comenzaba a atardecer.

–Te espero abajo–, le dijo Pablo antes de emprender el vuelo. En el aire se percató de que, a lo lejos, habían unas torres de alta tensión que desentonaban con lo verde del lugar.

Ya en tierra firme, y mientras esperaba el descenso de Valentina junto a su instructor, él continuó con su plan sorpresa. Buscó un par de cervezas heladas para acompañar el picnic que traía escondido en la maleta del auto. Sobre un mantel, pondría sándwiches y un picoteo de quesos y jamón cuando ella aterrizara. Entonces, sacaría el anillo que traía en su banano y un perro bulldog de peluche que tenía en la guantera y le pediría matrimonio.

"Hace rato que quería vivir con la Vale pero ella decía que saldría casada de la casa de sus papás, ante lo que respondía que en vez de regalarle un anillo, cuando le pidiera matrimonio, le iba a regalar un perro de peluche. Siempre he sido amante de los perros. Por eso ambos símbolos estaban ese día conmigo", cuenta.

Valentina fue la última en volar. Pablo trató de seguirle la pista pero entre tantas velas flotando en el cielo era difícil identificarla. Al rato después los parapentistas comenzaron a aterrizar, algunos en una pequeña colina, otros, abajo, en el plano. Todos llegaron menos Valentina. "Pasaban los minutos y la Vale no llegaba a ninguno de los dos lugares. Y, como comenzó a anochecer, me empecé a urgir. Fui y se lo dije al coordinador, quien finalmente me confesó que se habían perdido porque habían llamado al instructor por radio y no conseguían hablar con él. No había señal de ellos", cuenta Pablo.

Un mal presentimiento envolvió a Pablo. Pensó de inmediato en los cables de alta tensión y agarró su auto. Con el corazón apretado y acompañado de uno de los coordinadores buscó la forma de acercarse a la estación eléctrica que divisó durante su vuelo. Hasta que llegó a una pequeña colina y miró hacia abajo. A los pies de las torres, al borde de un camino, había dos cuerpos en el suelo. Eran Valentina y su instructor. "Corrí desesperado y cuando los encontré me di cuenta de que él estaba absolutamente fracturado y sangrando, quejándose de dolor, mientras la Vale estaba inconsciente, con la cara rasmillada. Me acerqué y vi que respiraba con mucha dificultad y que estaba llena de plumas. La parka había explotado al chocar contra el piso. Mi pájaro se había desplomado. Había caído de al menos 20 metros de altura", recuerda Pablo.

El coordinador se comunicó rápidamente por radio con Carabineros, que envió una ambulancia y un helicóptero. Mientras llegaban, Pablo puso su dedo índice entre los dientes de Valentina para que pudiera respirar mejor y llamó a Cristián Frederick, el papá de su polola.

–La Vale se cayó en parapente–, le dijo llorando.

Cuando María Eugenia divisó a su marido caminando eufórico en línea recta de un lado a otro, dejó de esperar la llamada de su hija y supo que algo malo le había pasado. Mientras viajaban raudos a Santiago, en Colina Pablo le suplicaba a Valentina:

–No te podís morir ahora, te voy a pedir matrimonio–.

Valentina tuvo un traumatismo encefalocraneano que la dejó en coma profundo. Las probabilidades de que muriera eran de un 90%, pero al décimo día despertó. "Siento que volví a nacer", dice hoy la joven.

AMOR DE PÁJAROS

Valentina siempre quiso volar. Es la segunda de cuatro hermanos. Y, según sus padres, Cristián y María Eugenia, es la más deportista de sus hijos. Pese a ser introvertida, tenía espíritu aventurero. Amaba subirse a la montaña rusa de Fantasilandia y de vez en cuando experimentaba con deportes arrojados como el rafting y el esquí. "En el colegio en que estudió, La Maisonnette, pertenecía a la selección de atletismo. Pero, además, jugaba tenis y tenía un equipo de fútbol con las amigas. La Vale siempre estaba buscando sensaciones fuertes, pero lo que más nos transmitía era ese sueño de volar. La Vale quería sentirse como un pájaro y ver el mundo desde arriba. Le gustaba esa libertad", dice Cristián.

Por eso cuando Pablo le llevó de regalo para un cumpleaños un par de palomas pequeñas en una jaula, María Eugenia sintió que ese hombre había descifrado a su hija y se quedaría con ella. "Pasaría tiempo para que comenzaran el pololeo, pero él siempre la rondó. La Vale y Pablo se conocieron en una fiesta de séptimo básico y, aunque cada uno pololeó por su lado, él nunca dejó de llamarla y seguirle la pista. El amor de Pablo siempre estuvo. Hasta que se reencontraron", cuenta la madre de Valentina.

Pablo asiente. Todavía guarda la foto del día en que se conocieron y bailaron su primer lento en una fiesta cuando eran unos niños. Era 1997 y dice que lo primero que le gustó de Valentina fueron las margaritas que se le hacían en las mejillas cuando se reía. En 2004, cuando ambos estaban en la universidad, él en Sicología y ella en Diseño, y tenían 20 y 19 años respectivamente, los dos terminaron sus pololeos para estar juntos y no se separaron más. En su relación, se llaman mutuamente, de cariño, Pájaros. "No sé si existan las almas gemelas pero ella se asemeja a eso. La Vale es mi complemento, mi cable a tierra", dice Pablo.

Pero el 16 de abril de 2011 todo se fue a pique. A las 20:45 horas Pablo figuraba con la familia de Valentina en la Posta Central rogando porque se salvara. La joven había llegado ahí en helicóptero con la presión sanguínea muy baja y con taquicardia. Un politraumatismo la tenía en coma, con riesgo vital.

–Prepárense para lo peor– les dijo a los familiares el doctor de turno en la urgencia de la Posta, el cirujano Juan Manuel Bedoya, tras tratar a Valentina en la sala de reanimación.

SALVAR A LA NOVIA

Nadie se explica qué le pasó a Valentina durante el descenso en parapente; ella tampoco lo recuerda. Pero una de las teorías de la familia es que la caída se produjo por una corriente de viento que se les cruzó durante el vuelo y que el instructor no supo manejar "en gran parte porque el instructor, si bien se tiraba hace tiempo en parapente, lo hacía como hobby y no tenía la certificación que se requiere para llevar a otra persona a su cargo", advierte Cristián Frederick.

Valentina solo se fracturó la clavícula y el cóccix y tuvo contusión pulmonar. Pero su cerebro recibió todo el golpe. En la Posta enfrentó una hemorragia interna que era imposible de dimensionar, ya que en ese momento, según su familia, no había un escáner que permitiera ver sus lesiones. "Se había echado a perder hace un año y no se repuso por falta de recursos, así que el doctor Bedoya extremaba sus esfuerzos para salvarla. Le había metido un bidón de fármacos y no lograba estabilizarla. La Vale estaba dejando de respirar, comenzó a desvanecerse. Pensé que no sobreviviría", dice el padre.

–Si sigue en la Posta se muere. Tiene que sacarla de aquí. Pero, como no sabemos qué presión cerebral tiene, puede ser que no resista el traslado. ¿ Quiere asumir el riesgo?–, le preguntó el doctor a Cristián.

El padre de Valentina asintió. A las 21:45 horas la llevaron a la Clínica Alemana. Valentina subió a la ambulancia completamente entubada e inconsciente. Tenía la piel fría y pálida. "El doctor Bedoya nos vio tan desesperados que se fue al lado de Valentina monitoreándola. Solo cuando se la entregó al equipo médico de la Alemana, volvió a su trabajo", cuenta Cristián.

–Ese tipo es un héroe. Dejó su pega por su hija–, le dijo el neurocirujano Rómulo Melo a los padres de Valentina cuando el doctor Bedoya le entregó a la joven en la clínica. Recién en la UCI de ese lugar le fue practicado el escáner de rigor y la resonancia magnética. Los resultados se los dio a conocer el doctor Melo a los familiares a puertas cerradas.

–La vida continúa–, les dijo el doctor apenas estos entraron a una sala.

Valentina había tenido un traumatismo encefalocraneano grave y, además, presentaba daño axonal difuso severo que es una de las principales causas del estado vegetativo. La probabilidad de que Valentina jamás recobrara la conciencia o de que muriera eran de un 90%. "Fue terrible porque el doctor nos explicó que, si bien visualizaban muchos focos de daño en su cabeza, no podían aventurar el nivel de esas lesiones y, por ende, si en el mejor de los casos Valentina despertaba, no sabían con qué secuelas quedaría", dice la madre de Valentina.

En la sala de espera la familia de Valentina y Pablo se abrazaron destrozados. Fue en ese momento en que él abrió su banano y les mostró la pequeña caja de terciopelo azul con el anillo de compromiso que no le alcanzó a entregar a su polola. "Cuando lo vimos nos largamos a llorar. Nuestra Vale estaba al borde de la muerte el día que se suponía que sería el más feliz de su vida. Los médicos y enfermeras escucharon la historia. Desde entonces la Vale fue la novia de la clínica que todos querían salvar para que llegara al altar", explica Constanza, la hermana de Valentina.

Las primeras 24 horas las pasaron en vela, rezando. María Eugenia encontró en su billetera un santito del Niño Jesús de Praga que colocó junto a su hija mientras estaba en coma profundo.

Pasó la noche haciendo fuerza con el pensamiento. Como le enseñaron en sus clases de yoga visualizó a Valentina dentro de una burbuja violeta como una forma de protegerla mientras, dentro de la UCI, el detector de presión intracraneana se disparó cinco veces en la noche y tuvo al filo de la craneotomía a la joven.

"El panorama era horroroso, pero tenía fe en que se iba a salvar. Es que la Vale se pudo haber caído y muerto al instante. Pero había resistido. Yo sentía eso en mi guata. Que no había superado tantas barreras si no fuera a salir de esto", recuerda su madre.

MIENTRAS DUERMES

Una semana después, en la pieza 561 de la UCI de la Clínica Alemana, Valentina seguía durmiendo dentro de un box transparente. A veces abría los ojos de golpe y luego los cerraba. Pero los doctores explicaban a la familia que seguía inconsciente y que estos eran actos reflejos.

Su hermana Constanza, que en ese momento cursaba el último año de Terapia Ocupacional, sabía que eso podía ocurrirles a este tipo de pacientes. Pero sintió que era el momento de estimularla. Les propuso a sus padres llevarle a la pieza algunas de sus pertenencias en caso de que despertara. "Los doctores son medio reacios a esto, pero yo quería que cuando ella volviera lo primero que viera fuera un ambiente familiar", dice Constanza.

Así, mientras la Vale estaba en coma, ellos pusieron bajo su cabeza la almohada azul con pintas amarillas con la que dormía en la casa, rociaron con su perfume la habitación y también pegaron frente a su cama fotografías familiares, de sus amigas y también de Pablo que iba todos los días a verla. "Saqué el perro bulldog de peluche de la guantera que había llevado ese día con el anillo y se lo puse a los pies de la cama. Aunque ella no lo conocía era mi forma de decirle que cuando volviera y como estuviera, nos íbamos a casar", cuenta Pablo.

El padre de Valentina agrega: "Llegó un momento en que dijimos: da lo mismo que la Vale escuche o no, nosotros le hablaremos igual. Yo le contaba lo que había hecho en el día. Le tomaba la mano mustia y le hacía cariño. Daba por hecho que en alguna parte de su cabeza tenía que registrar lo que estaba pasando a su alrededor", dice.

Una tía de Valentina le compró un cuaderno verde que en la carátula tiene un pájaro. Allí le escribían todos cuando iban a visitarla.

Hasta que el décimo día en la UCI y mientras su madre la acariciaba, Valentina apretó su mano derecha, una y otra vez. "El doctor no nos creía. Pero nosotros le decíamos: ¡La Vale, está reaccionando!".

Recuerdos que grafican el camino de Valentina. Abajo, Pablo y ella bailando un lento cuando se conocieron siendo unos niños. Arriba, los pájaros que 14 años después él le dibujó mientras estaba en coma y el peluche símbolo de su relación. Luego, los primeros escritos de ella tras recuperar la conciencia.

ABRE LOS OJOS

Cuando Valentina abrió los ojos llevaba casi dos semanas en la UCI.

–Es probable que no reconozca a nadie–, le advirtieron los médicos a la familia.

Pero Valentina murmuró los nombres de su madre y su hermana y también de Pablo. Y dos semanas después fue derivada a la habitación 510 de cuidados intermedios, donde su iPod sonaba día y noche con su música: desde 11 y 6, de Fito Páez, pasando por Juan Luis Guerra y Mira niñita, de Los Jaivas, hasta The scientist, la canción de Coldplay que Valentina tuvo por años como ringtone y que le encanta.

Valentina al comienzo estaba somnolienta, pero pronto comenzó a obedecer órdenes simples. "Los médicos estaban impactados porque, si bien nos habían dicho que la Vale iba a estar seis meses en la clínica, estaba teniendo una recuperación impresionante. Era la paciente más visitada, la más joven de todas y hacía esfuerzos por hablar y tararear su música a través de la válvula de la traqueotomía", recuerda su padre.

Su cuerpo era, sin embargo, una gelatina. Tenía una hemiparesia en el lado izquierdo, la mano rígida y la pierna hacia dentro. No controlaba los movimientos de su cabeza ni de su tronco; para pararla debían amarrarla a una tabla y al levantarla se ahogaba. Sin embargo, con el paso de los días volvió a comer sin necesidad de usar la sonda nasoyeyunal. Partió con helado de piña, su sabor favorito. "El caso de Valentina es atómico. Al principio la mirabas y pensabas que difícilmente se volvería a mover. Pero a las semanas comenzó a tratar de comunicarse a través de la escritura. Aunque con una letra ilegible, su cerebro era un computador que se estaba reseteando lentamente", dice María Angélica López, la fonoaudióloga de la UCI.

Cada paso que daba Valentina era una esperanza. "Pasó a ser como una guagua a la que le aplaudíamos cada avance: la primera vez que comió, la primera vez que la pararon, la primera vez que escribió en un cuaderno. Un día llegamos y nos dijo: 'Hola mamá, hola padre' y nos empezó a pedir puchitos. Deliraba con la época del colegio, decía que había estado con una compañera que se suicidó, y nos pedía el celular para llamar a Pablo. Nosotros quedamos en shock. La Vale había vuelto", dice Constanza.

Cuando cumplió 45 días en la clínica fue dada de alta. Luego siguió una rehabilitación integral que duró dos años. Carlos Valenzuela, su kinesiólogo de neurorrehabilitación, le hacía mañana y tarde los ejercicios. Y Angélica, la ayudó a sacar la voz y a deglutir los alimentos. "Siguió su tratamiento al pie de la letra y nunca se echó a morir. La Vale sacó una fuerza interior tremenda. Y pronto recuperó la postura y funcionalidad de su mano y pie. Juntas, además, hacíamos ejercicios cognitivos en libros para cabros chicos una vez al día", recuerda Constanza.

El kinesiólogo agrega: "Su recuperación es milagrosa, una mezcla entre lo divino y lo humano, porque Valentina pudo haber muerto, pero su juventud y el apoyo de su familia fueron fundamentales en su evolución. Pablo no se despegó de ella. Mientras en la clínica lo que sueles ver es que los hombres no resisten estos diagnósticos y se van, él se quedó a su lado, acompañándola".

Valentina no recuerda el día del accidente, así como tampoco su tiempo en la clínica. Pero sus amigas y familia la han puesto al día con ese cuaderno que le escribieron durante su hospitalización. "Lo primero que me acuerdo después de todo, es del cumple de Pablo que fue el 3 de julio, dos meses y poco más de mi caída, cuando le llevé un pastel con una vela y él tenía los ojos muy vidriosos. Pude haberme olvidado de él después de mi accidente pero seguía enamorada", reflexiona hoy Valentina.

"La Vale nunca se va a acordar de lo que le pasó. Su cerebro estuvo sometido a tanto estrés que es como si hubiera eliminado la carpeta con esos archivos. Pero ella ha ido rellenando esos espacios en blanco con lo que le cuentan y así le da sentido a quien es hoy: una sobreviviente", explica quien encabezó su neurorrehabilitación en la Clínica Alemana, el neurólogo Arnold Hoppe.

La historia de Valentina Frederick y Pablo Reyes (30) es larga. Si bien se pusieron a pololear en 2004 se conocen desde que iban en séptimo y octavo básico respectivamente. De cariño se dicen mutuamente pájaros, pues son ambos amantes de la libertad. "No sé si existan las almas gemelas, pero la Vale es mi complemento, mi cable a tierra", dice Pablo. Ella asiente. "Si sobreviví al accidente es porque la vida nos quiere juntos", afirma. En 2013, se casaron.

CÁSATE CONMIGO

En 2012, un año después del accidente, Pablo organizó una ceremonia para que Valentina pudiera reunirse con amigos en su casa, y vieran juntos un video que le confeccionaron mientras estuvo hospitalizada. Pero antes que llegaran y mientras Valentina dormía la siesta, retomó lo que quería hacer antes de que su polola se lanzara en ese parapente. "Cuando desperté me encontré con una alfombra roja y larga que tenía al final una mesita con dos copas de champaña y un perro bulldog de peluche. 'No sé si te acuerdas de este perro', me dijo Pablo. Luego me explicó que el peluche estaba en la guantera del auto el día en que me caí y que me iba a pedir matrimonio. Y sacó un anillo. Yo me puse a llorar desesperadamente. Le di un beso. Y solo pensaba en una cosa: que este era el hombre de mi vida, que si había sobrevivido era porque la vida nos quería juntos", cuenta Valentina.

Carlos Valenzuela, su kinesiólogo, preparó a Valentina para que pudiera subir y bajar las escaleras del Estadio Español que es el lugar que la pareja escogió para celebrar su matrimonio. Y unos días antes le dio definitivamente el alta. El 6 de enero de 2013, Valentina y Pablo se casaron ante 300 personas, entre ellos los médicos Arnold Hoppe y Carlos Valenzuela. Bailaron juntos La joya del pacífico de Joe Vasconcellos en versión vals. "Fue un matrimonio muy potente. Lloramos y bailamos hasta las 5 de la madrugada sin poder creer lo que estaba ocurriendo. Nuestra novia al fin había llegado al altar", recuerda Cristián Frederick.

Las secuelas de Valentina son hoy prácticamente imperceptibles. Junto a Pablo, vive en un departamento de Vitacura que eligieron a ras de suelo, en un primer piso. Aunque quedó con visión parcial en el ojo izquierdo y a veces el frío la hace cojear un poco, está buscando trabajo para reinsertarse como diseñadora y recuperando su autonomía. Volvió a practicar el tenis y ahora viaja por Europa con Pablo. "Así como la Vale tuvo que reconstruirse, nosotros también estamos en el proceso de reconocernos y reenamorarnos después de su accidente. La Vale no es la misma, se pegó un reset muy power y entenderlo implica crecimiento. Aquí hay cosas que perdimos, otras que ganamos. En eso estamos", explica Pablo.

Valentina le encuentra razón. "A veces me frustro porque hay cosas que ya no puedo hacer. Pero después me digo: 'Valentina, podrías estar muerta'. Y me pongo a reír. Es que tengo la sensación de que estuve allá arriba y que Dios me tiró para abajo. Que volví a nacer. Hoy me siento distinta, una afortunada".

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