Paula

Fuera de juego: Las brechas de género que excluyen a las niñas del deporte

Margarita Moscoso (14) tenía siete años cuando escuchó que la cancha no era su lugar. Como ella, miles de niñas en Chile enfrentan barreras culturales y urbanas que las marginan del deporte, reflejando una brecha enorme: las niñas presentan un 21% más de inactividad física en comparación a los niños.

Margarita Moscoso en Club Deportivo Palestino. Crédito: Constanza Miranda

“¿Qué hace una niña ahí?”. “Ella no puede jugar a la pelota”. Estas dos frases Margarita Moscoso (14) las escuchaba de manera recurrente. No de niños, tampoco de compañeros en el colegio o entrenadores, sino de adultos y desconocidos que pasaban afuera de la cancha o de quienes, desde las graderías, veían a sus hijos corriendo detrás de la pelota de fútbol y, junto a ella, a “la niña”. Margarita tenía solo siete años, pero ya se encontraba en un espacio que, aparentemente, no estaba pensado para ella.

“Me encanta el fútbol, es lo que más hago, todos los días”, dice una tarde de febrero antes de su entrenamiento en el Club Deportivo Palestino. Ella conoció el deporte muy pequeña, gracias a su hermano que siempre la llevaba a jugar con sus amigos a la cancha de su barrio en Renca y, poco más tarde, a las tardes que pasaba junto a Fútbol Más en el mismo espacio. Sin embargo, no siempre se sintió cómoda en ese espacio. “Sufrí harto por los comentarios, pero con el tiempo aprendí que era gente que ni siquiera conocía y no tenía que darle importancia”, cuenta.

Margarita Moscoso en Club Deportivo Palestino. Crédito: Constanza Miranda.

Quizás por entonces no lo sabía, pero Margarita tenía otra gran razón para sentirse orgullosa, porque a pesar de esa incomodidad, no desertó del deporte, cosa que sí marca la vida de muchas niñas. Los datos lo demuestran. Según la Encuesta de Juventud y Bienestar 2024 (SENDA), el 67% de los niños realiza actividad física al menos dos veces por semana. En las niñas, esa cifra baja a 47%. Mientras un 32% de los niños declara que realiza poco o nada de actividad física, en ellas el porcentaje alcanza el 53%. La brecha no es marginal y comienza en la niñez.

“No es que las niñas no quieran estar en la cancha”, explica Norma Riveros, profesora adjunta del Instituto de Estudios Urbanos de la UC y miembro de la fundación Vértice Urbano. “Las plazas y canchas han sido históricamente espacios masculinizados. El espacio público no es neutro, refleja desigualdades y también las reproduce”.

Paloma Del Villar, directora de Observatorio Niñez Colunga, centro que sistematiza y analiza datos sobre infancia en Chile, coincide en que esto no responde a una falta de interés. “Las condiciones culturales y estructurales diferenciadoras comienzan en la niñez y se expresan a diario en el espacio público. Cuando una niña es cuestionada por jugar fútbol o hacer cualquier actividad socialmente masculinizada, se le impone una forma de actuar que se aprende y reproduce”.

Hoy, en las plazas y canchas no solo se juega, sino que también se define quiénes pueden usar ese espacio y qué condiciones.

Acceso versus permanencia: por qué las niñas se van

La fundación Fútbol Más —que acaba de ser reconocida como una de las seis mejores organizaciones globales que transforman vidas a través del deporte— trabaja en barrios de alta vulnerabilidad utilizando la cancha como punto de encuentro. A través del deporte busca fortalecer vínculos y activar a la comunidad en torno al bienestar de la niñez. Pero antes de que comience el juego, hay algo que suele repetirse.

“Cuando llegamos a una cancha vemos que quienes la ocupan son mayoritariamente niños”, explica Katherine Carrasco, coordinadora de innovación y metodología de la fundación. “Pueden pasar semanas donde crece la participación masculina y las niñas no aparecen. Ahí entendemos que no es un solo factor el que explica su ausencia, sino un conjunto de condiciones que se van acumulando”.

El fútbol es uno de los deportes en donde la brecha de género es más evidente. No solo por la gran masculinización del deporte, sino también porque es el juego que predomina en las canchas —tanto de barrio como escolares—, dejando a las niñas fuera casi por completo.

Margarita Moscoso en Club Deportivo Palestino. Crédito: Constanza Miranda

Esas condiciones no siempre son visibles. A veces tienen que ver con la percepción de inseguridad en el espacio público; otras, con responsabilidades que recaen de manera desigual dentro del hogar. “Muchas niñas se hacen cargo de sus hermanos antes de salir a jugar. O vemos familias que van a ver al hermano a la cancha y la niña se queda fuera, observando. No hay una negativa explícita por parte de las familias a que no participe, pero tampoco un incentivo”, agrega Carrasco.

La exclusión no suele ser abrupta, explica la académica Norma Riveros, sino más bien progresiva. “Lo común es que las niñas retrocedan de ese espacio al no verse representadas y poco a poco desaparezcan. El espacio público está súper sesgado, porque no está siendo planificado con perspectiva de género ni desde las niñeces”.

María Jesús Pino, licenciada en Ciencias Sociales de la Universidad Católica y planificadora urbana, investiga este tema de cerca y ha estudiado los diversos factores que les afectan. “Tiene que ver con la autoestima, con cómo se perciben ellas mismas y cómo las percibe el resto, y con la masculinización del deporte. El mensaje que reciben muchas veces es que ciertos espacios no están pensados para ellas”, dice.

Lo que ocurre en la cancha del barrio, explica Norma Riveros, reproduce lo que ya ocurre en los patios de las escuelas que muchas veces funcionan bajo una lógica “fútbol-centrista”, donde todo el espacio gira en torno a la cancha. “Al ser un espacio masculinizado, las niñas no se sienten identificadas con ese espacio, sino relegadas, interacción que luego se replica en otros espacios”, advierte.

Aun cuando la participación femenina en la actividad física ha crecido en los últimos años (5% desde 2019), las brechas persisten. Tras la pandemia, por ejemplo, se observó un aumento de niñas que se integraron a actividades físicas, aunque muchas veces en disciplinas socialmente consideradas más “femeninas”.“Tienden a integrarse en actividades como pilates o danza, y menos en otras que siguen siendo vistas como masculinas”, explica María Jesús Pino.

La investigadora agrega que estas diferencias han recibido menos atención en la investigación reciente. “Desde 2018 aproximadamente nos hemos centrado mucho en temas como salud y aprendizajes, y estas brechas de género, que están presentes desde los primeros espacios de interacción, han quedado más invisibilizadas”.

Las expertas coinciden en que la adolescencia se vuelve un punto crítico y la participación femenina sufre una baja significativa. “Es un momento delicado para ellas, por lo mismo es que creamos un espacio exclusivo para las niñas”, cuenta Carrasco, desde Fútbol Más. A los diez años las categorías dejan de ser mixtas y crean nuevas instancias. “Buscamos desafiar esa lógica y que las niñas se apropien del espacio cuando es su momento de usarlo”, agrega Carrasco.

Cuando la cancha se siente propia

A pesar de que cuando tenía siete años a Margarita muchos la hacían sentir como un bicho raro por jugar a la pelota, a los diez, cuando muchas dejaban de ir, ella decidió quedarse.

No fue sencillo. Llegó sola a un equipo donde todas las niñas eran más grandes que ella y no siempre eran las suficientes para completar un equipo y jugar. “Cuando entendí que ya no iba a jugar con todos mis amigos fue muy frustrante, súper fome. Las niñas no se motivaban a jugar y para los partidos nos tenían que completar las profesoras”, recuerda.

La timidez que vivió al principio de todo volvió a aparecer y, reconoce, no estaba segura de encajar. “Lo manejaba mejor porque estaba mi hermana, pero al poco tiempo ella ya no pudo seguir jugando. Yo era la más chica del equipo y era complicado interactuar con niñas más grandes”.

A diario, su desmotivación crecía. Ya no era lo mismo. Sus profesores de Fútbol Más la motivaban diciéndole lo buena que era, pero el momento clave ocurrió dentro de la misma cancha. “Me hicieron jugar con los niños más grandes, con mi hermano. A muchos ya los conocía”, dice. Allí todos la celebraron y la motivaron a seguir jugando. “Desde ese momento me mentalicé: esto es lo que me gusta y lo que quiero lograr”.

Todos tenían entre 15 y 16 años; no solo eran más grandes en edad, sino también en tamaño y fuerza, pero eso no la detuvo. Desde entonces comenzó a entrenar con más seguridad y a confiar en su juego. La cancha por fin empezó a sentirla propia.

Para Paloma del Villar, directora del Observatorio Niñez, este proceso va mucho más allá del deporte. “Los espacios que niñas y niños habitan influyen directamente en sus trayectorias de vida. Cuando las niñas tienen menos oportunidades de apropiarse del espacio público, como ocurre muchas veces con el deporte, también se limitan sus posibilidades de desarrollar autonomía y confianza”.

También influyen los referentes y las oportunidades para sostener esa experiencia en el tiempo. “La relación con el deporte en los años iniciales tiene que ver con los referentes. Si una niña no ve mujeres jugando o no hay un espacio adecuado para practicar, lo más probable es que abandone”, explica Norma Riveros. “Se va formando un ciclo de desinterés que parece genuino, pero que en realidad responde a barreras estructurales”.

Para Katherine Carrasco, de Fútbol Más, cuando las niñas logran mantenerse en la cancha el efecto es profundo. “Con esto ellas reafirman su confianza en sí mismas y en el deporte. Todas nuestras actividades apuntan a que accedan a los beneficios de la práctica deportiva, desarrollen su autoestima y fortalezcan su capacidad de enfrentar desafíos”.

Además, las niñas cuentan con su propio campeonato: la Copa El Balón No Tiene Género, donde cada barrio participa con su nombre, escudo y valores. “Con esto buscamos visibilizar su proceso en la cancha y su identidad”, explica.

Cómo cambiar el sesgo dentro de la cancha

En Fútbol Más saben que la participación de las niñas no ocurre de manera espontánea. Por eso, su trabajo no se limita a abrir un espacio deportivo, sino que busca intervenir activamente en las brechas que existen en el uso del espacio público.

“Se cree que lo neutro está bien, pero tenemos que generar un incentivo, preocuparnos de salir a buscar a esas niñas que no aparecen en la cancha. Por este sentido de justicia social, para reducir la brecha”, explica Katherine Carrasco.

Parte del trabajo consiste en modificar las dinámicas que históricamente han marcado el deporte. En la cancha se promueve que las niñas ocupen plenamente el espacio de juego y que su participación sea visible.

“A veces nos pasa que, cuando tenemos dos o tres niñas, llegan los niños a usar la otra mitad de la cancha. Eso no puede pasar. Aunque sea solo una niña, ellas tienen que ocupar todo el espacio. Esto es fundamental porque es un mensaje que pueden llevar a otros espacios, como los patios de las escuelas”, señala Carrasco.

La intervención también considera aspectos simbólicos que pueden parecer pequeños, pero que ayudan a cambiar la cultura deportiva. “Hay detalles chiquititos pero significativos, como que en los flyers salgan niñas jugando o que en la cancha vean a entrenadoras cumpliendo el mismo rol que los hombres. Transmitir que es un espacio en donde las niñas pueden participar”, agrega.

Los resultados han comenzado a notarse. Mientras en los primeros años del programa la participación en los barrios era de cerca de 20% niñas y 80% niños, hoy en varios territorios la presencia femenina se acerca al 40%. En 2024, 1.920 niñas participaron de los programas de Fútbol Más en todo Chile.

“Tenemos experiencias de éxito maravillosas. En algunos barrios han logrado mantener su rama femenina incluso después del programa”, cuenta Carrasco. En otros casos, sus trayectorias deportivas dan un salto más allá. “Margarita salió goleadora en todas las ediciones que participó y hoy está jugando en el Club Deportivo Palestino”, destaca.

Pero su impacto no solo se mide en goles. Dentro del mismo equipo, Margarita también comenzó a transformarse en un referente para otras niñas que recién llegan a la cancha.

“He visto muchas niñas que dicen ‘no quiero jugar porque me pueden decir algo’ o que simplemente sienten que no sirven para esto”, cuenta. “Eso igual me ha ayudado a motivar a muchas más niñas”.

Por eso, cuando llega una jugadora nueva, intenta que la experiencia sea distinta. “Siempre digo ‘incluyámosla, hay que conocerla’. Porque yo también pasé por eso de no saber cómo integrarme al equipo”.

Políticas públicas sin foco de género

En noviembre de 2025 se publicó en Chile la Ley 21.778, una normativa que busca combatir el sedentarismo infantil y promover la actividad física en las escuelas. La normativa obliga a todos los establecimientos educacionales (desde educación parvularia hasta enseñanza media, públicos y privados), a garantizar al menos 60 minutos diarios de actividad física, juegos o deportes, adicional a la asignatura de Educación Física.

La medida ha sido valorada como un avance, pero especialistas advierten que por sí sola no resuelve las brechas que enfrentan las niñas.

“Tenemos un porcentaje de niñas muy grande que no está cumpliendo con el nivel de actividad física necesario y esto genera una gran asimetría. Necesitamos políticas y lineamientos que nos ayuden a llegar a esa población”, señala Katherine Carrasco de Fútbol Más.

El desafío, explican, no es solo aumentar el tiempo destinado al movimiento, sino también revisar cómo se usan los espacios donde ese tiempo ocurre.

“Este horario está pensado para el juego libre, pero si no se tiene una cultura anterior de integralidad, una mirada más sensible, es difícil poder equiparar la cancha”, agrega Carrasco.

En este punto, la académica Norma Riveros coincide: “Es un desafío porque no todos los colegios tienen la infraestructura necesaria, pero también una gran oportunidad de generar verdaderos hábitos deportivos. Esto siempre y cuando se haga desde la socialización, desde el juego y el desarrollo”.

Desde el Observatorio Niñez Colunga advierten que el problema es más profundo y se relaciona con las dinámicas culturales que se reproducen desde la infancia.

“Las condiciones estructurales diferenciadoras comienzan en la niñez y se expresan a diario en el espacio público”, explica Paloma del Villar. “Si las políticas públicas no incorporan una mirada de género, corren el riesgo de reproducir las mismas desigualdades que buscan resolver”.

Mientras esas discusiones avanzan, en muchas canchas del país las niñas siguen disputando su lugar. Margarita lo hace todas las semanas. Hoy entrena 5 días a la semana y organiza su rutina en torno al fútbol. “No me puedo perder un entrenamiento porque pierdo el ritmo. Estás luchando con muchas niñas que también quieren jugar en tu puesto”, cuenta.

Su sueño es seguir jugando el mayor tiempo posible. “Ojalá poder dedicarme full al fútbol”, dice. “Me gustaría llegar a jugar en la U, soy muy hincha de la U”.

Pero cada vez que entra a la cancha, Margarita no solo juega por ella. También abre espacio para que otras niñas puedan hacerlo después.

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Fútbol Más, entre las mejores del mundo

La fundación chilena Fútbol Más fue seleccionada entre las seis finalistas del Laureus Sport for Good Award 2026, uno de los reconocimientos internacionales más importantes al impacto social del deporte. Con 18 años de trayectoria, la organización ha trabajado con cerca de 200 mil niños y niñas en 11 países, utilizando el deporte para fortalecer habilidades para la vida, el bienestar y la convivencia. El premio se entregará el 20 de abril en Madrid, en la ceremonia de los Laureus World Sports Awards, que reúne a figuras del deporte y líderes sociales de todo el mundo.

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