Hablemos de amor: él me recordó que sigo viva
Cuando creía que ya lo había sentido todo, Valeska conoció a un amor veinte años menor que ella, quien le recordó que todavía podía sentir la intensidad de un amor fugaz.

Tenía 39 años y la vida se me había puesto demasiado seria. Una casa llena, dos hijos con mundos propios y un compromiso largo que se sentía más costumbre que amor. Casi sin darme cuenta, me fui acostumbrando a no ser mirada, a no ser preguntada, a no ser nombrada más allá de los roles que sostenía día tras día. Entonces apareció él.
Tenía veinte años y, en teoría, esa historia ni siquiera debería haber comenzado. Pero comenzó igual, como comienzan las cosas inevitables: sin pedir permiso.
Era distinto desde la primera conversación: no hablaba como cabro chico, no buscaba impresionar, ni llenar silencios; tampoco jugar a ser más grande de lo que era. Simplemente se encontró conmigo en un punto exacto donde ambos necesitábamos algo que no sabíamos nombrar.
Él me escuchaba y yo lo escuchaba a él. Tenía algo raro, outsider, brillante, que no siempre encaja en su generación: un deportista que, detrás del músculo y la disciplina, guardaba una sensibilidad que casi nunca dejaba ver.
Las primeras veces fueron curiosidad y risa, pero después se volvió algo que no esperábamos: mirar estrellas, caminar sin ruido, hacer una fogata solo para conversar, compartir historias sin escudos, tocarse la piel con intensidad y con cuidado.
Con él me sentí vista. No como mamá, no como pareja funcional, no como alguien que sostiene el mundo. Me vio mujer y yo me dejé ver.
Había pasión, pero la sorpresa fue lo tierno, lo suave, lo natural que se hizo estar juntos. Las canciones empezaron a aparecer: The Kind of Love We Make, de Luke Combs. No necesitábamos declararnos nada; él me dedicaba lo que no sabía decir y yo entendía cada palabra sin que saliera de su boca.
No hablábamos de lo prohibido ni de mi vida fuera de él. Era un pacto silencioso donde solo importaba el presente, y aun así, mi corazón, tan inteligente como impulsivo, se empezó a involucrar.
Sentí celos. Eso me sorprendió, me enojé conmigo misma: ¿Cómo sentir miedo de perder algo que no era mío? Pero lo cierto es que nadie se pone celosa por un juego, solo lo haces cuando ya dejaste una parte tuya en el otro.
Fue breve, lo sabíamos desde el inicio. El fin del verano colgaba como un reloj invisible sobre cada cita: él se iría y esta pequeña historia quedaría sin continuidad física.
Pero no fue un error, no fue una caída ni una traición a mí misma. Fue un recordatorio de que todavía late vida dentro de mí. De que puedo sentir ganas, nervios, deseo, ternura y complicidad. De que mi historia no está cerrada, que no estoy muerta por dentro, que soy más que rutina, más que obligaciones, más que lo que otros ven.
Cuando él tomó ese avión, cada uno siguió su camino. No nos prometimos nada, ni siquiera nos escribimos. Pero lo que nos dimos, ese breve refugio mutuo, esa chispa inesperada, esa manera de acompañarnos justo cuando más lo necesitábamos, nadie nos lo quitará.
Fue un verano, un paréntesis, una sorpresa del destino. Un nombre que no se dice pero se siente. Yo me quedo con esto: fuimos reales mientras duró, y con eso basta.
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
Plan Digital + LT Beneficios por 3 meses
Infórmate mejor y accede a beneficios exclusivos$6.990/mes SUSCRÍBETE













