Hablemos de amor: había olvidado algo esencial, mi perrita iba a envejecer
Durante los últimos diez años, Violeta acompañó a su dueña, Michelle. Hoy que la perrita está vieja y enferma, los roles se invierten: "Cuidarla es la forma más honesta de agradecer todo lo que me dio", dice.

Hace diez años vi en Facebook una publicación que ofrecía en adopción a una perrita negra de poco más de un año. La habían encontrado en la calle, con tiña. Después de sanarla, quedó lista para ser adoptada, pero nadie preguntaba por ella.
Cuando la vi, me enamoré de inmediato. No lo pensé demasiado: decidí llevarla a mi casa. Así fue como Violeta llegó a mi vida.
Durante todos estos años ha sido fundamental. Me ha acompañado en procesos muy difíciles: la separación de mis papás, el cambio de carrera, enfermedades y relaciones. Hemos crecido juntas. Pero yo olvidé algo esencial: que ella también envejecía.
Violeta siempre tuvo buena salud. Aun con once o doce años, seguía siendo cariñosa, juguetona, muy regalona y querida por todos quienes la conocen. Hasta que un día, sin aviso previo, se enfermó. El diagnóstico fue trombocitopenia por infección, una enfermedad causada por infecciones transmitidas por garrapatas —probablemente de cuando vivía en la calle—. En su caso, el sistema inmune comenzó a destruir sus propias plaquetas, provocando problemas de coagulación.
La vi vomitar sangre de la nada, muy repentino y crítico. La llevé a urgencias entre lágrimas y crisis de ansiedad, sin saber si mi pequeña saldría de esta. La dejaron internada por primera vez en su vida, y desde ahí partió lo difícil.
Darse cuenta de golpe de que tu mascota, tu compañera de los últimos diez años, se enferma y envejece es profundamente desestabilizador. No es algo que se entienda del todo desde afuera. Aunque para muchos sea “solo un perro”, hay un amor y una preocupación que no siempre saben explicarse, pero que se sienten con una intensidad real.
Desde ese momento comenzamos con visitas al médico, medicación súper fuerte, transfusiones de plaquetas, cansancio mental y físico. Acompañado de lo costoso que es la salud veterinaria y sin contar lo solitario que se siente el proceso, pues no todos empatizan con el dolor de una mascota.
El doctor de la Violeta nos explicó que estos meses siguientes serán difíciles, y es así. Cuando tu mascota se enferma quieres estar 24/7 vigilándola, acompañándola, cuidándola. Tomas medidas en tu hogar para poder mejorar su calidad de vida, como escaleras para subir a la cama, cunas más blandas, comidas caseras; incluir coche de paseo para cuando se canse de caminar y cámaras para poder verla mientras trabajas.
Pero verla cambiar de personalidad ha sido lo más difícil de todo. Notar su mirada más perdida, sus pocas ganas de jugar, el desgano permanente, ese asco que parece acompañarla todo el día. Es duro. Y es profundamente doloroso.
El amor entonces se transforma. Se vuelve más concreto: disfrutar de tenerla en casa, hacerle cariño en la noche para que pueda descansar, acompañarla cuando quiere ir al baño, decirle todos los días cuánto la amo. Porque si Violeta me cuidó cuando yo era joven, ahora me toca a mí cuidarla a ella, que está más viejita.
Creo que ese es el amor más profundo: hacerse cargo de un ser que nunca te ha dicho una palabra, pero que ha estado siempre ahí, acompañándote en cada proceso. Lo mínimo es devolver lo mismo e intentar que tenga una buena vejez.
Hoy Violeta está en la última etapa de su tratamiento. Le bajaron las dosis de corticoides, sus exámenes de sangre han mejorado y pronto comenzará fisioterapia, debido a la pérdida de musculatura provocada por la enfermedad.
No sé cuánto tiempo más la tendré en mi vida. Solo sé que quiero que tenga la mejor vejez posible y estar a su lado, entregándole todo mi amor, hasta el último de sus días.
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