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Marcelina Choque Castro: mantener viva la chispa

De acuerdo al último Censo, un 11,5% de la población en Chile se identifica como perteneciente a un pueblo originario y más de la mitad son mujeres. Esta es parte de una serie de entrevistas que rescatan la voz de mujeres aymara -el pueblo más numeroso después del Mapuche-. Todas ellas son herederas de la tradición textil de Isluga, un poblado ubicado en el altiplano del extremo norte, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, que es considerado la cuna de la textilería aymara.

Fotografía: Carolina Vargas y Lydia González.

En la Villa Las Quintas de Pozo Almonte los nombres de las calles suelen homenajear a los poblados del interior, de donde provienen las familias de casi todas las artesanas textiles que viven en el sector: Isluga, Escapiña, Central Citani, Quebe, Cariquima, Camiña o Pisiga Choque, donde nació la artesana Marcelina Choque Castro (51). Su casa, eso sí, queda en la calle Isluga, donde esta tarde el viento sopla tan fuerte que levanta estelas de polvo que dejan un manto terroso sobre las fachadas de las casas.

El sol tampoco amaina. Por eso, el enorme patio de cemento que hay a la entrada de la casa de Marcelina es un oasis de sombra en la mitad del desierto: una especie de galpón, con el techo alto, muy alto, y las paredes celestes. En este espacio la artesana y sus telares de dos y cuatro pedales están protegidos del viento. Pronto caerá la noche. Pero mientras eso no ocurre, Marcelina sigue trabajando.

Por el telar donde está sentada pasan finas hebras de alpaca gris natural; también otras verdes y moradas, que logró tiñendo la fibra con anilina: es parte de la carta de colores que tendrá la colección de indumentaria que Marcelina está haciendo junto a otras trece artesanas para un proyecto encabezado por Artesanías de Chile, que busca innovar el diseño de los clásicos chales de alpaca.

A Marcelina la idea la tiene entusiasmada. “Me gusta lo que estamos haciendo, porque es distinto: son unos ponchitos cortos y otros más largos, pero con costuras especiales. Ojalá que nos vaya bien, para que haya más pedidos, porque es trabajo para nosotras las artesanas”, comenta con su voz animosa.

Dueña de un modo chispeante, Marcelina habla rápido. Tiene gracia. A sus 51 años lleva zapatillas deportivas, un pantalón de buzo negro, una camiseta manga larga color amarillo y, a la usanza de toda mujer aymara, un chal fucsia destellante cruzado en la espalda (que en ocasiones turna por otro verde o rojo, siempre destellantes). Cubriendo su pelo negro donde apenas se asoman algunas canas, el clásico sombrero de paja para capear el sol.

Fotografía: Carolina Vargas y Lydia González.

Marcelina es una de las artesanas más antiguas de Pozo Almonte, donde llegó hace 35 años. “Cuando nosotros estábamos allá arriba, viviendo en Pisiga Choque (parte de la comuna de Colchane), yo pasaba con mi madre que tejía e hilaba todos los días. Ese era su trabajo diario. De puro verla empecé a hilar y a tejer como a los 6 o 7 años”, recuerda. Comenzó con un wacacayo, faja pequeñita que termina en pompones y que las mujeres aymara penden a la wak’a o faja que sostiene su aksu (el traje tradicional). De ahí saltó a fajas cada vez más complejas: la kille, la carnerito, la pampa chilenito.

“Yo sé tejer todas esas cosas. Es que a mí me gustaba el textil, siempre me encantó”, dice con entusiasmo. “Mi traje, mi aksu, yo me lo hacía. El aguayo que usábamos para las ceremonias yo me lo hacía. La faja, el poncho para el hombre yo también lo hacía. Porque cuando allá arriba, en el interior, las personas se casan, usan el aksu la mujer y el poncho el hombre”.

Esa vida, dice, era muy distinta a la que se encontró en Pozo Almonte, donde bajó a vivir a la hora de formar su propio clan. “Cuando yo me junté (con su marido) e inmigré acá a Pozo Almonte ya no fue lo mismo. Aquí la vida cambió. Allá arriba la vida es diferente. La comida es a la leña. Acá, en cambio, hay que usar el gas, la luz y sí o sí hay que trabajar para poder pagar esos gastos”, comenta.

En su caso, la primera peguita que tuvo fue hilando angora. Poco después se enteró de una agrupación de artesanas más al norte, en Arica, que pagaban por hilar lana de alpaca. “Partí para allá y me inscribí en el grupo. Fue bueno porque ahí nos capacitaron y aprendí a tejer en telar de dos pedales”, dice.

De las cuatro hermanas de Marcelina, ella fue la única que decidió seguir con el saber de las mujeres de su familia. “De mis hermanas, ninguna. ¡No les gusta! Y me dicen ‘Marcelina, ¡hasta cuándo vas a estar con esto!’. Pero yo les digo: ‘esto me gusta’. Soy orgullosa. Me voy a Iquique a vender mis tejidos. Soy feliz. Me invitan a una feria y me voy con mis tejidos y soy contenta. Me pongo mi aksu y soy feliz. No es porque a mí me obligan que tejo. No, yo no lo hago por obligación. No, a mí me gusta”.

De hecho, a sus tres hijas les traspasó su saber. “Cuando eran niñas me ayudaban a teñir, a tejer, a hacer flecos, torcían la lana. Hacían de todo”, dice. Pero ahora que son profesionales, Marcelina tiene contratadas a jóvenes aymara para que la apoyen en su taller.

–¿Y cómo ves el futuro de la artesanía en esta zona? ¿Crees que va a seguir?

–Yo veo que con los cursos que está haciendo Artesanías de Chile sí va a seguir viviendo. Pero lo importante es que aprendan las nuevas generaciones, las personas nuevas. Muchas mujeres acá se han casado jóvenes, no tienen profesiones. Entonces en tejer encuentran un trabajo. Yo lo vi el día que fui a los talleres de la fundación: ¡dos jóvenes encantadas aprendiendo! ¡Estaban felices porque les gusta! A mí me encanta ver a la gente joven que aprende el trabajo que nosotras hacemos a diario.

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  • Este testimonio es parte del libro Herederas de Isluga, publicado en 2021 por Fundación Artesanías de Chile (@artesaniasdechile), que recopila 18 historias de artesanas Aymara de la Región de Tarapacá. Todas ellas comparten una sabiduría donde se funde su relación con la naturaleza y sus ritmos vitales: son herederas de la tradición textil de Isluga, un poblado ubicado en el altiplano del extremo norte, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, que es considerado la cuna de la textilería aymara. Por el valor de estas historias, estos testimonios son rescatados por Paula.cl.
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