Paula

Reporte de Inclusividad de Tallas de Vogue Business: el retorno de la talla 0

De acuerdo con el informe, la inclusión de tallas grandes en las pasarelas internacionales ha alcanzado su nivel más bajo esta temporada, evidenciando una industria que sigue lejos de representar la diversidad de cuerpos que existen fuera de la pasarela.

Fue a finales de 2022 cuando el área de negocios de Vogue lanzó por primera vez su reporte de inclusión de tallas. Un análisis minucioso donde se grafica cómo va oscilando el tallaje femenino en las pasarelas internacionales, temporada tras temporada. Un dato relevante, considerando que son estas pasarelas las que terminan definiendo qué cuerpos se validan y cuáles quedan fuera.

En su versión más reciente, la presencia de tallas grandes —todas las que comienzan en el 44— llegó a un mínimo desde que se realiza el reporte: de los 7.817 outfits presentados esta temporada, solo un 0,3% correspondía a talla grande, mientras que la talla estándar (30-34) y la talla mediana (36-42) concentraban el 97,6% y el 2,1% de la muestra.

Porcentajes que, aunque responden a una lógica histórica —la de una industria que nunca ha abrazado del todo la idea de vestir a todos los cuerpos—, al compararlos con ediciones anteriores del informe sugieren un retroceso. Más que avanzar hacia una mayor diversidad, todo indica que volvemos, poco a poco, al culto por la delgadez.

Basta comparar con el reporte del año pasado: la presencia de tallas estándar y medianas aumentó en 0,5 y 0,1 puntos porcentuales, respectivamente, mientras que la talla grande retrocedió un 0,6% en solo un año.

Nueva York, Londres, Milán y París, que son las pasarelas más influyentes de la industria, reafirman esta tendencia: en ninguna de ellas las tallas grandes alcanzaron siquiera el 1% de la propuesta. Londres fue la que más se acercó, con un 0,8%, seguida por Milán (0,7%), Nueva York (0,4%) y, muy por detrás, París, con apenas un 0,1%.

Para el ojo experto, esta baja representación —tanto en pasarela como en retail— no solo es llamativa, sino también reveladora. Más aún si se considera que existe una oportunidad comercial evidente. Según Tiffany Hsu, directora de proyectos de moda del grupo LuxExperience, “las tallas grandes suelen agotarse rápidamente, debido a la oferta limitada más que a la falta de demanda”.

La editora de moda chilena Andrea Martínez coincide con este diagnóstico. A su juicio, la creciente influencia de la lógica económica en la industria, junto con el hecho de que las tallas grandes representan a una mayoría más amplia que las que se ven en pasarela, convierten al segmento 44 en adelante en un espacio especialmente rentable.

Sin embargo, el retroceso en la inclusión de tallas no se explica solo por una falta de visión comercial, sino también por decisiones estructurales dentro de la industria. Entre ellas, el rol de los directores creativos y la persistencia de una estética tradicional. “Son muy pocos los directores creativos que piensan en un rango amplio de tallas. La moda sigue entendiendo la talla 0 como un ‘colgador’ ideal para la ropa, y perpetúa la idea de que quien muestra tendencias debe ajustarse a ese estándar”, explica Martínez.

En ese escenario, los casos que se apartan de esta lógica siguen siendo excepcionales. Uno de ellos es el diseñador Christian Siriano, quien en la última Semana de la Moda de Nueva York presentó una pasarela con un 11,1% de tallas grandes, posicionándose entre las firmas con mayor diversidad corporal. “Es pionero en integrar la variedad de cuerpos como una normalidad, no como un gesto inclusivo”, agrega Martínez.

Algo similar ocurre con casas como Givenchy o Balenciaga, que han incorporado modelos de distintas tallas en sus últimos desfiles. Sin embargo, estos esfuerzos continúan siendo aislados y, en muchos casos, más cercanos a una decisión puntual que a un cambio estructural, especialmente si se contrasta con los datos del reporte de Vogue Business.

El fenómeno, en todo caso, no es nuevo. La moda es cíclica, y hoy parece reactivar dinámicas propias de los años 90 y principios de los 2000, cuando la delgadez extrema dominaba tanto las pasarelas como el discurso mediático. Estéticas como el heroin chic o las slavic dolls vuelven a aparecer, ahora amplificadas por una cultura marcada por el wellness y el uso de fármacos como Ozempic, que han llevado la obsesión por el cuerpo a nuevos extremos, especialmente en redes sociales.

El impacto de este giro no es menor. La promoción de un ideal corporal limitado desde una industria con alta influencia cultural no solo redefine aspiraciones estéticas, sino que también contribuye a normalizar conductas nocivas, como la romantización de los trastornos alimentarios. En un contexto donde la exposición es constante y masiva, este tipo de mensajes adquiere aún mayor alcance y peligrosidad.

A nivel comercial, esta baja representación también tiene efectos concretos. Lo que no se muestra, difícilmente se produce en escala. Sin embargo, la evidencia apunta a una contradicción: mientras la oferta de tallas grandes sigue siendo limitada, la demanda existe y es significativa. La rápida rotación de estas prendas en tiendas sugiere que el problema no está en el interés del consumidor, sino en la respuesta —o falta de ella— por parte de la industria.

Así, la inclusión de tallas se instala en una tensión permanente entre lo estético, lo cultural y lo económico. Una discusión que, más que una tendencia pasajera, abre la pregunta de fondo: qué cuerpos decide visibilizar la moda y, en consecuencia, cuáles quedan fuera.

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