Nunca he estado en una relación

no haber pololeado-02




A mis 20 años, nunca he estado con un hombre. Sé que soy muy joven aun, y que tengo la vida por delante, pero no haber pololeado nunca –y no haber estado enamorada– ha sido, a lo largo de mi adolescencia y juventud, un tema. He sentido, en muchas ocasiones, una presión externa. Puede que no sea evidente, ni directa, pero de alguna forma implícita logra hacerse presente. Mis amigas pololean y las que están solteras han tenido por lo menos un par de historias, pero esa no es mi realidad. Supongo que hay varios factores que influyen en esto, pero lamentablemente en este país, no haber pololeado es algo raro y casi mal visto que inevitablemente hace que uno se insegurice. Muchas veces he terminado por cuestionar mi forma de ser; preguntas del tipo '¿seré yo?' o '¿será mi físico?' son pan de cada día. Pero al final siempre termino por convencerme de que no voy a –y no tengo porqué-  cambiar mi forma de ser para gustarle a un hombre.

Sé que hay muchos rasgos propios de mi personalidad que me juegan en contra, especialmente en esta sociedad más bien conservadora en la que vivimos. Yo soy muy directa y digo lo que pienso, y creo que eso espanta a los hombres. Es triste pensarlo, pero realmente creo que en Chile, a la mayoría de los hombres no les gustan las mujeres fuertes. Por lo general, mujeres que sean 'más' que ellos, o que impliquen un cierto desafío, los hacen sentir menos. Más bien hay ciertos estereotipos que acomodan y que son, usualmente, los que suelen ser atractivos para los hombres. Yo soy basquetbolista –he sido deportista toda mi vida–, soy alta, de contextura más grande, y tengo una personalidad fuerte, pese a mis inseguridades. Soy también chistosa y buena para la talla, todas cosas que creo que a los hombres les gusta en una amiga, pero no en una polola. He sido siempre muy amiga de los hombres, pero cuando me han gustado y se los he dicho, casi siempre me han rechazado.

De chica pensaba que ese había sido el primer error; decírselos. Y por eso, como un mecanismo de defensa que activé después de un par de desilusiones, decidí dejar de ser tan expresiva y honesta con mis sentimientos. Mi aprendizaje, luego de haber sido rechazada, fue que a los hombres no les gustaba realmente ese nivel de sinceridad. Más bien les generaba rechazo o susto. Fue en ese tiempo que pensé por primera vez que quizás yo debería ser más dulce, y menos frontal, para que los hombres vieran en mí algo más que una amiga. Por suerte, con el tiempo, resolví que si bien ha sido causa de muchas inseguridades y reflexiones, cambiar mi forma de ser para gustarle a un hombre no iba a ser la solución.

Cuando terminé el colegio me vine a vivir a Santiago. Había vivido toda mi vida en Curicó y solo había estado en Santiago para ir a Fantasilandia y en alguna escala camino a mi ciudad natal. Era, entonces, mi primera vez viviendo en la gran ciudad y decidí que esta sería mi oportunidad para conocer a gente diferente y, con un poco de suerte –porque a esas alturas pensaba que lo mío iba por la mala suerte– a mi futuro pololo. Sin embargo, en este año y medio que llevo viviendo acá, ha habido dos intentos de acercamiento, con un récord de tres semanas estando con alguien. El primer intento fue con un compañero de la universidad; me di cuenta que yo le gustaba porque fue, desde el primer minuto, súper atento conmigo. A mí, por el contrario, no me llamaba mucho la atención, pero decidí darle una oportunidad porque me sentía bien con él y porque ya me intrigaba saber cómo se sentía estar con alguien. Al cabo de dos semanas le dije que necesitaba resolver temas personales y que, al no tener experiencias previas, quizás había estado con él solamente para no estar sola.

Ese fue el fin de nuestra relación, si es que se puede decirle así a un intento fallido. Luego, en marzo de este año, hice un segundo intento, pero nuevamente me di cuenta que me estaba engañando a mí misma y que, si bien lo había pasado bien, no me gustaban realmente. Estaba con ellos porque ansiaba tener un pololo. No descarto que cuestioné mi sexualidad, porque me parecía sano hacerlo y porque uno nunca sabe. En mi entorno, hay muchas mujeres lesbianas, y, en un afán por descubrirme, quise plantear todas las opciones. Pero la respuesta fue que me gustaban y siempre me han gustado los hombres. Solo que nunca he tenido una experiencia con ellos.

Creo que mis papás, y en particular mi mamá, tienen mucho que ver en esto. Yo viví la separación de ellos, y la posterior tristeza que eso le trajo a mi mamá. Fui cómplice de cómo mi mamá se la pasaba llorando. Y no creo que haya sido porque mi papá fuera mala pareja –en realidad eso yo tampoco tengo cómo saberlo–, pero lo cierto es que le trajo muchas decepciones a mi mamá. Producto de eso, tiempo después, mi mamá dio vuelta esa situación y se armó como una mujer muy independiente y autovalente, totalmente cerrada a la posibilidad de volver a depender, económica y emocionalmente, de un hombre. Creo que ese discurso influyó mucho en su manera de criarme y es probable que, sin quererlo, me lo haya trasmitido de manera notoria. No fue con malas intenciones; ella solo quería criar a una hija fuerte, pero ese discurso de no necesitar a nadie, que tanto me  inculcó, hizo que mi relación con los hombres fuese ambivalente y un tanto conflictiva. Por más que yo quiera estar con alguien, siento que es poco probable, por como son los hombres en general, que calce con mi estilo de vida. Tengo las expectativas muy altas, pero también tengo miedo de terminar herida y de sentir el nivel de tristeza que sintió mi mamá. Por eso, inevitablemente, enfrento el amor de una manera distinta y termino las cosas incluso antes de que empiecen. A su vez, no estoy dispuesta a dejar mis prioridades por estar con un hombre y me muestro muy independiente, y eso automáticamente cierra muchas puertas.

No niego que en este tiempo he aprendido muchas cosas valiosas; trato de conocerme y quererme cada vez más y, por sobre todo, de estar cómoda conmigo misma en la soledad. Porque al final, no tengo a nadie más que a mí. Eso puede ser aterrador pero también es reconfortante, porque cuando uno asume eso, empiezas a querer ser mejor persona. Descubrí también que mi terapia es hacer lo que me gusta, esforzarme por ser buena en algo, y trabajar mis inseguridades. A veces –es inevitable– sigo cuestionando mi forma de ser. Me digo que debería ser más dulce, pero después se me pasa. No haber pololeado nunca ciertamente genera inseguridades. Además que tener un pololo está asociado a ciertos casos de éxito, algo que te da tranquilidad y cierto estatus. Aunque la ausencia de pareja me persigue como un zumbido constante me tranquiliza pensar que al final yo soy mi mejor compañía.

Comenta