Sebastián Rodríguez, psicólogo

Sebastián Rodríguez, psicólogo

Psicólogo PUC Coach Certificado ICC

Qué Pasa

Hoy en el diván: los separados


Es una paradoja curiosa que cuando más me acepto como soy, más puedo cambiar

Carl Rogers

Maximiliano parecía recién salido de una vitrina de Brooks Brothers. Pese a sus treinta y pocos, vestía con elegancia y era de movimientos lentos… lo suficientemente lentos para flotar por el pasillo y entrar a mi consulta sin tropezar. Su cuerpo iba hacia delante, pero su cabeza estaba ligeramente inclinada hacia abajo y a la derecha, como si estuviera observando a alguien que viniera de atrás.

Acto seguido, se sentó en el sofá y suspiró. Sin preámbulos, pero sin prisa, se presentó, me dijo que tenía problemas de motivación y que un amigo del banco le había dado mi contacto.

¿Desde cuándo estás desmotivado?

Con una leve sonrisa me respondió que desde que tiene uso de razón, pero que ahora último se le hace insoportable levantarse de la cama.

“Una vez que logro ponerme de pie, me arrastro al baño, prendo la ducha y sé que ése va a ser el mejor momento del día. Me derrito bajo el agua caliente y a veces pienso que no estaría mal disolverse y desaparecer. Después aplico toda mi fuerza de voluntad y pongo el agua fría al máximo, grito al apagarla y al secarme me sorprende estar rojo, pues es el único momento del día en que me siento vivo”.

Tras hacer una pausa, me fijo que Maximiliano está rojo y se lo hago ver. Sonríe y me dice que nunca se siente así en el Banco. Allá, me dice, “deambulo libremente como zombie, pues sé que aunque no esté al 100%%, logro hacer bien mi trabajo”.

Para sacarlo de este estado, le hago preguntas de rutina y descubro que trabaja en la banca de inversiones de una firma extranjera y que para su propia sorpresa, ha hecho una rápida carrera y es altamente valorado.

A esta altura Maximiliano se nota aburrido y me cuenta que en la universidad iba poco a clases y que de niño odiaba ir al colegio. Lloraba, mentía y se hacía el enfermo con tal de quedarse en casa, pues lo que más le gustaba era estar en el jardín con sus perros y salir a pasear por el barrio con ellos.

“Creo que nunca me interesaron mucho los seres humanos y ya chico me di cuenta que lo único que echaba de menos al viajar eran mis perros. En el campo era feliz con los caballos… y la playa… y toda esa cantidad de gente… se me hacían insufribles, detalle que hizo de mi matrimonio un infierno, pues para mi señora no había mejor panorama que pasar horas bajo el sol conversando”.

Maximiliano ya no está rojo, sino pálido y ahí aprovecho de averiguar un poco sobre su matrimonio. “Estuvimos juntos dos años y creo que no resistíamos unas vacaciones más juntos. Nuestra última pelea fue porque estuve hasta la noche con mis caballos. De verdad no me di cuenta que me había pasado el día con ellos y cuando volví a la casa, mi ex señora me esperaba arriba del auto. Me acerqué a hablar con ella y me dijo… me voy”.

Maximiliano nunca más la vio y siguió viviendo en el departamento de casados como si nada hubiese cambiado y siguió yendo al trabajo como si nada. Es más, me aclara, al principio se sentía tan bien y tan aliviado, que sus padres se indignaron cuando vieron que no hizo nada por detener a su ex. En el trabajo no contó nada y aprovechó de trabajar más y hasta más tarde, lo que solo lo llenó de elogios.

“Me volqué al trabajo y todo iba bien, pero al volver al campo, exactamente un año después, me vino un bajón y el cansancio no se me pasaba con nada. Pensé que si volvía a trabajar las cosas volverían a la normalidad, pero ahí empezaron los problemas y uno de los santos que tengo en el Olimpo bajó para preguntarme qué me pasaba. De manera vaga le conté lo mismo que te estoy contando y fue él quien me recomendó hablar contigo”.

La primera sesión llegó hasta ahí, pero Maximiliano siguió hablando en las próximas sesiones, como nunca antes había hablado.

¿Por qué no hablaba?

“Soy el quinto de siete hermanos y en mi familia no había tiempo ni espacio para tener problemas, pues si bien todos tenían los suyos, nadie hablaba de ellos y lo único que se compartía era el webeo. Así, desde que recuerdo, cuando algo me molestaba o aproblemaba, abría la ventana de mi pieza y jugaba con los perros. Pasaba horas con ellos y aunque algunos compañeros y amigos del colegio pensaban que estaba medio rallado, a mí me daba igual. A esta altura, debo reconocer que mis padres, al menos, me permitieron ser así, y que mis hermanos, pese a sus protestas, se adaptaron a que las vacaciones siempre fueran un problema si ello implicaba separarse de los perros”.

¿Y ahora tienes perro?

Para mi sorpresa Maximiliano me dijo que no, pues su ex nunca quiso y cuando se quedó solo no se sentía en condiciones de cuidar ni siquiera una planta. También se alejó del campo, de los caballos y para que hablar de la playa.

Pasados otros meses, mi coachee me contó que su jefe le dijo que se notaba el efecto del coaching, pues hablaba más, sonreía más y ya no miraba tanto para el lado.

¿El también se dio cuenta?

Sí y Maximiliano me contó emocionado que la semana pasada se animó a recoger un perro de la calle y que gracias a él había vuelto a mirar -literalmente- hacia delante.

“Ya lo llevé para el campo y lo pasamos increíble. A la vuelta pasé donde unos amigos a su casa en la playa… y debo reconocer… que no lo pasé mal… y que a mi perro le encantó la arena y el mar… así que entre copas les dije a mis amigos, que si algún día me vuelvo a casar, tendrá que ser con alguien que ame los perros o que entienda que sin su compañía, me falta algo”.

 



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