Los científicos que conocían los planes de médico chino que manipuló embriones y no hicieron nada

Imagen de He Jiankui en 2016 (Reuters)

He Jiankui estuvo en permanente contacto con científicos de EE.UU., preguntando por las nuevas técnicas de edición de genes, sin que ninguno advirtiera de sus planes.


El director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, anunció el lunes que expertos del organismo investigarán implicaciones éticas, sociales y de seguridad que puede entrañar el nacimiento de bebés modificados genéticamente, a raíz del reciente caso anunciado en China.

“La modificación genética es un asunto grave (…) que no puede practicarse sin estándares claros que cubran las ramificaciones éticas, sociales y de seguridad, por eso el Gobierno chino anunció que lo investigaría y cerró el proyecto”, destacó Tedros en rueda de prensa.

El pasado 26 de noviembre el científico chino He Jiankui causó conmoción mundial al asegurar que había creado los primeros bebés genéticamente modificados del mundo, aplicando en dos gemelas la técnica de edición genética CRISPR/Cas9.

El Gobierno del país asiático anunció poco después una inmediata investigación del proyecto del científico y amenazó con posibles medidas legales contra un caso que en opinión de la Comisión Nacional de Salud de China violaba las regulaciones nacionales.

Después de haber comparecido en un congreso científico mundial la semana pasada en Hong Kong, Jiankui se encuentra desaparecido. Incluso, algunas versiones de prensa de su país especulaban que el científico podría estar bajo arresto domiciliario, en función que cometió varias ilegalidades en su trabajo científico.

Pero un portavoz de la universidad de Shenzhen, donde Jiankui trabajaba, dijo que eso no era efectivo, pero que desconocía su paradero.

“No podemos responder ninguna pregunta con respecto al asunto en este momento, pero si tenemos alguna información, la actualizaremos a través de nuestros canales oficiales”, dijo el portavoz.

Jiankui defendió su presunta innovación con el argumento de que puede ayudar a aumentar la resistencia de recién nacidos a enfermedades como la malaria, algo que hoy desestimó el doctor Tedros, reconocido especialista en la lucha contra esta enfermedad.

Colegas de Stanford sabían de sus intenciones

A principios del año pasado, un ignoto investigador chino se presentó a una exclusiva reunión en Berkeley, California, en donde cientí­ficos y especialistas en ética discutí­an una tecnologí­a que sacudió a la industria hasta los cimientos: una herramienta emergente para “editar” genes, las cadenas de ADN que forman el patrón de la vida.

El joven cientí­fico, He Jiankui, vio el potencial de esta herramienta, llamada CRISPR, para transformar no sólo genes, sino también su propia carrera.

En visitas a Estados Unidos buscó a precursores del CRISPR como Jennifer Doudna de la Universidad de California, Berkeley, y el doctor Matthew Porteus, de la Universidad de Stanford, así­ como grandes pensadores sobre su uso, como el especialista en ética de Stanford, doctor William Hurlbut.

La semana pasada, estos cientí­ficos vieron, atónitos, como Jiankui se apropiaba de una conferencia internacional que ayudaron a organizar con una afirmación asombrosa: dijo que ayudó a hacer a las primeras bebés genéticamente editadas, a pesar del claro consenso de los cientí­ficos de que, por ahora, no deben hacerse cambios genéticos que se transmitan a generaciones futuras.

El director de los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos, Francis Collins, dijo que el experimento de Jiankui es una “desgracia importante” que protagoniza “un cientí­fico que aparentemente creyó que era un héroe. De hecho, cruzó todos los lí­mites, cientí­ficos y éticos”.

¿Pero cómo fue que nadie lo detuvo?

Para ser honestos, los cientí­ficos dicen que no hay forma para evitar que alguien juegue con ADN, sin importar las leyes o estándares vigentes. CRISPR es barato y fácil de usar, motivo por el cual los cientí­ficos se preocuparon de que algo así­ sucediera casi en cuanto fue inventada la tecnologí­a.

Y hay una larga historia en la ciencia y medicina de investigadores que lanzan prematuramente experimentos que se han topado con desaprobación y horror, algunos de los cuales han resultado en prácticas comunes, como la fertilización in vitro.

La edición de genes para reproducción está prohibida en Estados Unidos y casi toda Europa. En China, hay normas ministeriales que prohí­ben la investigación con embriones que “violan principios éticos o morales”.

Pero resulta que He no fue precisamente reservado con sus objetivos. Buscó a expertos internacionales en las universidades Stanford y Rice, en donde habí­a hecho trabajos de posgrado, y en otras partes en busca de consejo antes y durante el experimento.

¿Los cientí­ficos que estaban al tanto de su plan debieron comentarlo o disuadirlo? La respuesta no es clara.

“No cae en la categorí­a de responsabilidad legal, sino responsabilidad ética”, dijo Collins.

La Comisión Nacional de Salud, la Academia de Ciencias Chinas y la misma universidad de He dijeron no saber lo que hací­a y desde entonces lo han condenado.

Sin embargo, tres cientí­ficos de Stanford “” Hurlbut, Porteus y el exasesor de He, Stephen Quake “” tuvieron mucho contacto con él en los últimos años. Ellos y otros cientí­ficos sabí­an o tení­an fuertes sospechas de que He intentaba hacer bebés genéticamente editados.

Stanford no respondió al pedido de una entrevista que le solicitó la agencia AP.

Quake, profesor de bioingenierí­a, fue uno de los primeros en conocer la ambición de He. Cada vez que su antiguo estudiante estaba en la ciudad, se reuní­a con él y He le contó hace unos años de su interés de editar embriones para hacer a los bebés resistentes al virus del sida, dijo el profesor.

Hurlbut cree que conoció a He a principios de 2017, cuando él y Doudna, coinventora de CRISPR, tuvieron su primera de tres reuniones con cientí­ficos y éticos prominentes para discutir la tecnologí­a.

Desde entonces, He regresó varias veces a Stanford y Hurlbut dijo que “pasó varias horas” hablando con He sobre situaciones en las que la edición de genes serí­a apropiada.

Porteus dijo que sabí­a que He habí­a hablado con Hurlbut y dio por sentado que éste habí­a desalentado al cientí­fico chino. En febrero, He pidió reunirse con Porteus y le dijo que habí­a recibido permiso de un consejo de ética de un hospital para seguir adelante.

“Creo que esperaba que fuera más receptivo y fui bastante negativo”, dijo Porteus. “Estaba molesto con su ingenuidad, estaba molesto con su imprudencia”.

Michael Deem, un profesor de bioingenierí­a en la Universidad Rice y asesor de la tesis doctoral de He, dijo que trabaja con He desde que el cientí­fico regresó a China alrededor de 2012, que está en el consejo y tiene “una pequeña participación” en las dos compañí­as genéticas de He en Shenzhen. Deem defendió las acciones de He diciendo que el equipo investigador hizo experimentos previos en animales.

“Tenemos varias generaciones de animales que fueron genéticamente editados y tuvieron crí­as viables” y mucha investigación de los efectos involuntarios en otros genes, dijo Deem. Agregó que estaba presente en China cuando algunos participantes del estudio dieron su consentimiento para intentar la edición de genes en embriones.

No existe un organismos internacional para el control de reglas bioéticas, y los cuerpos cientí­ficos y universidades pueden utilizar otras herramientas.

“Si alguien rompe esas reglas, los cientí­ficos te pueden aislar, las revistas negarse a publicar, empleados a emplear, financiadores a financiar”, dijo Hank Greely, profesor de derecho y genética en Stanford.

Claro, a veces lo que empieza mal termina bien.

En 1978, el doctor Robert Edwards fue denunciado cuando anunció a la prensa la primera “bebé de probeta” del mundo, Louise Brown. Su trabajo después lo hizo merecedor de un Premio Nobel y la fertilización in vitro ha ayudado a millones a tener hijos.

Y este año, Louise Brown “” madre de dos hijos concebidos a la antigua “” cumplió 40.



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