Revista Que Pasa

Corre, hombre, corre

Nacimos para correr, dice el libro de un periodista estadounidense que tiene a miles de fanáticos del trote corriendo descalzos, con chalas o zapatillas sin amortiguación, convencidos de que están volviendo a sus raíces. Él mismo, Christopher McDougall, es un trotador de largas distancias. A días de la Maratón de Santiago (para quienes la corren y quienes la miran de lejos), aconseja dejar el cronómetro de lado y dedicarse a pasarlo bien. <br>

Hay una idea que tarde o temprano se planta en la cabeza de todo corredor durante una carrera: para qué diablos estoy haciendo esto. A veces, esta convicción de sinsentido desaparece en unos segundos; otras, en minutos, pero en ocasiones dura horas. Para estos casos vale la pena leer Nacidos para correr, el libro del periodista Christopher McDougall que fue súperventas en el 2009 y que a partir de esta semana se encuentra disponible en español.

El libro es un compendio tan abigarrado como su subtítulo: "Superatletas, una tribu oculta y la carrera más grande que el mundo nunca ha visto" y ha sido apreciado por muchos como el mejor texto jamás escrito sobre la cada vez más popular afición de trotar. Un libro sobre trotadores pensado para trotadores y sedentarios, que McDougall decidió escribir tras oír hablar de los indios tarahumaras mexicanos, una tribu de corredores que parecen genéticamente condicionados para recorrer largas distancias subiendo y bajando cerros pedregosos, calzados apenas con unas miserables chalas de cuero, sin conocer de lesiones y sin que se les vaya la sonrisa de la cara. Fue el punto de partida para una investigación y un posterior relato que lo hizo pasar por Barrancas del Cobre en Chihuahua, las alturas de Leadville, Colorado; los archivos desconocidos del deporte mundial, los laboratorios de distintas universidades y la presión sobre sus propios límites buscando evidencia.

Todo eso para finalmente encontrarse con una simple respuesta: que los seres humanos nacimos para correr.

Así, tal cual. Y si nos duelen las rodillas o sufrimos por culpa del espolón calcáneo o de la fascitis plantar no es por culpa nuestra, sino de los fabricantes de zapatillas, que han intentado "corregir" lo que millones de años de evolución ya convirtieron en perfecto: nuestros maravillosos pies. "Confío mucho más en la selección natural que en Nike", dice el escritor. Su postura ha encontrado miles de seguidores y también un buen apoyo científico, por ejemplo en los trabajos publicados en la revista Nature del equipo del profesor de biología evolutiva de Harvard Daniel E. Lieberman.

McDougall tiene 49 años, está casado y tiene dos hijas. Dice que con el trote hace lo mismo que con el café: reservarlo para el momento en que sabe que realmente lo va a disfrutar. Sobre todo trota cuando anda de malas. Parte sin tiempo definido y sin distancia por recorrer. Si se cansa, para. Dice que su libro es una carta abierta para los que odian correr: "Trato de explicar por qué correr puede ser una aventura tan maravillosa y de derrumbar mitos. Recién en nuestro tiempo el trote se comenzó a asociar con el dolor y el miedo a las lesiones. Hasta hace poco se le asociaba con la libertad, el goce y la vitalidad".

"Nuestro cuerpo está equipado para correr: tenemos tendones elásticos, pies resistentes, tenemos el ligamento de la nuca, que sólo tienen los animales corredores, pero sobre todo somos excelentes transpiradores: nos enfriamos a través de la transpiración -los otros animales se enfrían a través de la respiración-, lo que nos da una tremenda ventaja"

Su narración se inicia en la Sierra Madre mexicana, preguntando por un tal "Caballo Blanco", un gringo loco que alguna vez lo dejó todo para vivir con los mitológicos tarahumara, que se llaman a sí mismos "raramuris" (rara=pie, muri=correr). "Caballo Blanco" es sólo uno de los múltiples personajes inauditos y exagerados que abundan en esta historia. Otro es Emil Zatopek, el inigualable fondista checoslovaco cuya historia recupera McDougall para mostrarnos que también en el mundo occidental pueden darse los corredores puros. Y otro más es Arnulfo Quimare, descrito como el mejor corredor de la tribu en su tiempo, capaz de ganarle la Ultramaratón de Barrancas del Cobre al multicampeón estadounidense Scott Jurek, dueño de un currículo repleto de triunfos en carreras de 50 y 100 millas.

En un momento de sedentarismo fugaz, McDougall se detiene a dialogar por teléfono y por mail (desde su hogar en el noreste de Pennsylvania, donde acaba de correr una ultramaratón de 50 kilómetros) para contestar algunas preguntas.

- ¿Qué tienen de especial los tarahumaras que corren felices por la vida cientos de kilómetros y ni siquiera se lesionan?

- No tienen nada de especial. Son iguales al resto, pero han aprendido a disfrutar de manera natural al correr, tal como lo hacen los niños. Somos los demás quienes nos hemos desconectado de nuestra naturaleza, que nos lleva a correr.

- ¿Correr está, entonces, en nuestra naturaleza? Yo pensé que eso estaba reservado a los chitas y antílopes.

- Es cierto que hay animales que caminan y otros que corren. Pero nosotros somos animales corredores. Nuestro cuerpo está equipado para correr: tenemos tendones elásticos, pies resistentes, tenemos el ligamento de la nuca, que sólo tienen los animales corredores, pero sobre todo somos excelentes transpiradores: nos enfriamos a través de la transpiración -los otros animales se enfrían a través de la respiración-, lo que nos da una tremenda ventaja.

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