Un espejismo de 20 años
Cuando hace exactamente dos décadas Hernán Rivera Letelier irrumpió en el paisaje literario con "La reina Isabel cantaba rancheras" enfrentó críticas, pelambres y ninguneos. Hoy es imprescindible para entender un trozo de Chile. <br>
Hernán Rivera Letelier asomó en el paisaje literario nacional hace exactos veinte años. La publicación de La reina Isabel cantaba rancheras no sólo fue un éxito de ventas, su autor además tuvo mucha y buena prensa. Y si bien la crítica se dividió, el libro sería el último acontecimiento nacional previo a la aparición de Roberto Bolaño. En 1994, en plena vigencia de la Nueva Narrativa, el escritor pampino despertó la curiosidad de varios de sus colegas capitalinos. Al principio le tomaron como una sorpresa pintoresca, pero a medida que se agotaban las ediciones de ésa y luego de una segunda novela, comenzaron los pelambres y los cotilleos. Entre todos, uno de antología: que Hernán Rivera Letelier no existía, que el hombre en la solapa de sus libros era la pantalla de un autor en las sombras (o más de uno) responsable de esas historias tan estrambóticas ocurridas en el desierto de Atacama.
Conozco a Rivera Letelier desde antes de que se convirtiera en superventas, cuando él aún era empleado de una oficina salitrera. Por lo tanto sé que ese comentario, más que cualquier crítica lapidaria (y ha tenido hartas), lo ofendió, pues lo que allí había no era más que un clasismo solapado. Era peor que calificarlo de mal escritor. Era negarlo. Era decir que, por su procedencia, alguien como él sencillamente no podía ser escritor.
Desde La reina Isabel cantaba rancheras, Rivera Letelier ha publicado trece novelas, de las cuales doce están ambientadas en diversos escenarios y épocas del norte salitrero. Ha dicho que su propósito es escribir una sola obra, una sola gran novela nortina, de manera que si llevamos sus palabras a los hechos, hasta ahora el proyecto tiene, al ojo, más de 2500 páginas y sólo en Chile supera los 300 mil ejemplares vendidos.
Pero eso no es lo importante. Lo importante es que Rivera va y viene de épocas y lugares, retoma personajes y episodios que dan circularidad y marcan los contornos de un universo coherente. Así lo confirma El vendedor de pájaros, su reciente novela. Se nota que ha filtrado el estilo y puesto a secar su prosa. Ahora se lee más preciso, más fibroso, con descripciones limpias y efectivas:
"Cuando por el desierto se aparecía uno de estos vendedores con sus jaulas a cuestas, a los niños les parecía ver caminar un árbol lleno de pájaros; los trinos les eran alegres como el frotar de las bolitas de vidrio y el color de sus plumajes los sumía en un asombro inédito. En la pampa, ellos conocían un solo color: el color de la piedra, que era el color de los cerros, que era el color de la puna, que era el color prehistórico de las lagartijas".
Guste o no, en la actualidad ningún otro autor nacional está tan anclado a un paisaje como Rivera Letelier. Sin embargo, después de veinte años, me pregunto si con la misma voluntad y energía con que recrea la pampa podría hacerse cargo del nuevo norte, con su nueva minería, con el crecimiento desbordado de sus ciudades y, sobre todo, con sus habitantes venidos de diversas latitudes. Quizás sea demasiado pronto, quizás esos temas aún están muy verdes. No lo sé. En cualquier caso, si uno mira bien, esas historias son las mismas que han sobrevivido siempre: las de los hombres enfrentados a la naturaleza o, como él dice, las de los hombres enfrentados al desierto más seco del planeta, al desierto más cabrón del mundo.
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