Tecnología: Mi primer Mac
La muerte de Steve Jobs revivió recuerdos en todo el mundo. Antes del fanatismo con la marca de la manzana, estuvo el rigor de tener un mac en un mundo hecho para pc. Fueron años rudos. <br>

El primer computador que tuve fue un Apple Macintosh que dieron de baja en la oficina de mi mamá en 1992. Era un 512-K, ése que funcionaba con disquetes de arranque y tenía todo tan comprimido que apenas contabas con espacio para un archivo de 60 páginas por cada uno, escritas en un Word modelo cromañón rigurosamente incompatible con cualquier otro procesador de texto.
Como era de suponer en aquellos tiempos (cuando lo popular era el sistema 286 y las primeras versiones de Windows), tener un Apple implicaba, tanto como el disfrute de una tecnología hecha con sentido común, asumir arreglártelas solo en caso de problemas, los cuales se reducían siempre a dos episodios: que te apareciera la bomba antes de alcanzar a grabar o, peor, que al prender el equipo, luego de la fanfarria, en vez de la carita feliz, apareciera una carita triste con ojos hechos de cruces. Eso era el fin. (Que se trabara el disquete no era tan terrible: meter la punta de un clip por el agujero del costado siempre funcionaba).
Luego tuve un Color Classic, también de segunda mano. Lo tuve hasta el día en que no prendió más y el técnico autorizado me dijo que el arreglo costaría tres veces lo que pagué. Estuve casi tres meses sin computador, esquivando lo inevitable, hasta que, obligado por los escandalosos precios de los Mac nuevos, me fui al lado oscuro: me pasé a Windows. Mientras, en la universidad donde trabajaba entonces usé toda clase de modelos: el Power Macintosh, el Performa 6400 y luego el iMac verde. Mis amigos diseñadores hablaban de las bondades del eMac; en casa yo debía conformarme con una CPU con forma de lavadora.
En 2012 se cumplirán 35 años de la puesta en circulación del Apple II, el primer computador a gran escala de la historia. Según Steve Wozniak, su diseñador y socio de Steve Jobs, "probablemente el primero que mucha gente vio en su vida".
Me siento afortunado porque mi primer acercamiento a un computador haya sido con Apple. Especialmente porque fue mucho antes de que se impusiera la marca y el imaginario Mac. Me siento afortunado por conocer lo simple de su uso y porque disipó la nube negra que cuando niño tuve sobre mi cabeza: al ser malo para las matemáticas siempre me rechazaron en la academia de computación del colegio.
Hace poco, un año antes de comprarme de una buena vez el MacBook donde escribo esto, tuve un ataque vintage y en una visita al galpón Víctor Manuel del Persa Biobío (donde hay una tienda especializada en cachureos Mac) compré un Classic II, con teclado y mouse originales, en 20 mil pesos. Apenas llegué a mi casa comencé a llenarlo con los primeros cuentos y novelas que había escrito en Mac y que guardaba en viejos disquetes. Abrí esos archivos, hice como que escribía y luego lo apagué y lo embalé. Aunque suene ridículo, en esos minutos que manipulé el viejo computador, tuve la sensación de que el pasado nunca se va del todo, que por más grande sea, siempre se puede guardar en un disquete o en una caja de cartón.
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