El pedazo del muro de Berlín que llegó a Chile
<p>Pesa dos toneladas y ha estado en el anonimato por 17 años. La historia del único trozo del Muro de Berlín que está en Chile es la historia de un sueño. El de Indiano, un artista que celebró pintando la caída del muro hace 20 años. Y el de un grupo de estudiantes de la Fech que lograron traer uno de esos pedazos al país. Desde el 9 de noviembre será exhibido en la Plaza Mulato Gil.</p>
Berlín a fines de los 80. En Kreuzberg, el antiguo barrio judío, los inmigrantes turcos cultivan verduras a orillas del muro que divide a esta ciudad. Es el lado oeste, el más próspero, pero esta ciudad tiene vocación rebelde. Los artistas callejeros han convertido a esta zona en su hogar. Indiano es uno de ellos. El tipo es un outsider sin domicilio fijo que el 9 de noviembre de 1989, como miles de berlineses, salió a celebrar la caída del muro. Pero Indiano lo hizo a su manera: vestido con su overol naranja y el cigarro en la boca, pintó una serie de rostros con las bocas desencajadas, que gritaban con rabia frases como "Culture attack", "Get human now", "Do or die" y "Think global".
Sólo que Indiano no adivinaba (no podía saberlo) que un día ese pedazo, el que lleva estampado "Think global" ("Pensar globalmente"), sería trasladado desde la esquina de Waldemarstrasse con Leuschnerdamm, en el multicultural Kreuzberg. Que viajaría por tren hasta Hamburgo, luego en barco con destino a Valparaíso, hasta llegar a Santiago para ser exhibido en el Museo de Bellas Artes, en marzo de 1992. Y que gracias a ese pedazo se pudo construir un centro de atención mental, de Primer Mundo, en Pudahuel, una de las comunas más pobres de Santiago. Think global: Indiano no adivinaba, pero algo de razón tenía.
Para que todo esto pasara, Patricio García, estudiante de Sicología de la Universidad de Chile en los 80, un día tuvo que abrir el diario. El diario La Época, para ser más precisos. Ahí leyó un artículo donde se mencionaba que existía una fundación en Alemania encargada de recaudar fondos para la reconstrucción de los hospitales de la RDA a través de la entrega de pedazos del Muro de Berlín. García decidió escribirle una carta a la encargada de esta fundación. Y le contó de su proyecto. De cómo los estudiantes de una carrera que había sido desmantelada por la dictadura, que ni siquiera tenían un lugar donde hacer sus prácticas profesionales, tenían un proyecto soñado. Uno que implicaba construir el CAP (Centro de Atención Psicológica) de la Universidad de Chile en Pudahuel.
Dos décadas después, Patricio García, sicólogo, colaborador del Premio Nacional de Ciencias Humberto Maturana en el Instituto Matríztico, aún recuerda cada línea de la respuesta que recibió. La encargada de la fundación había estado en Chile, y recordaba que en este país también existía un muro, en "la plaza de Italia", que separaba a ricos y pobres. Por eso, no sólo les donó un trozo que estaba avaluado en 100 mil dólares. Sorprendida de que en Chile estuvieran pensando una iniciativa similar a la suya -armar buenos centros de salud-, escogió con cuidado el mensaje del trozo de muro que donaría a los estudiantes chilenos. El que más le gustó era de un tal Indiano, y rezaba "Think global".
Cuando García recibió el folleto con la foto del muro que les donarían, no lo podía creer. "Pensamos honestamente que se trataría de un pedacito, de un ladrillo", dice. El papel hablaba, en cambio, de un pedazo que pesaba 2,5 toneladas y medía más de tres metros de alto. Con un detalle: el traslado tenía que correr por cuenta de los estudiantes. No se dieron por vencidos. Corría 1990 y decidieron pedirle ayuda al recién asumido presidente Patricio Aylwin. Fueron hasta su casa y le pasaron una carta con el proyecto al carabinero que estaba de guardia.
Un mes después recibieron una llamada de la jefa de gabinete de la primera dama, Leonor Oyarzún. Los citaba a una reunión, en que ellos le pidieron una sola cosa: apoyo para traer el muro a Chile. Dicho y hecho. Oyarzún les hizo el contacto con la embajada alemana en Santiago, que a su vez consiguió que el empresario Wolf von Appen, dueño de Ultramar, financiara gratuitamente el transporte del pedazo de muro en barco.
Con el muro en Chile, que llegó en octubre de 1991, no terminó esta odisea. Antes de decidir su destino final, este pedazo quedó guardado en la Aduana de Valparaíso. Mientras, la fiebre con la caída del muro también contagiaba a nuestro país, con viajeros que volvían de Europa con su pedacito enmarcado en un vidrio como souvenir. Era cosa de tiempo para que se corriera la voz. En el puerto también querían su pedacito de historia y un día Patricio García se enteró que a este trozo de muro lo estaban, literalmente, pellizcando. Había que actuar rápido.
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