VIH en primera persona

Hace unas semanas el gobierno lanzó una nueva campaña para la prevención y detección del VIH. Carlos Faras, cientista político y activista LGTBI que fue diagnosticado a los 19 años, analiza las estrategias del Estado frente a la enfermedad y comparte la historia de su vida junto al virus. Una que recién cerró hace unos meses, cuando después de 12 años fue capaz de contarles a sus papás que estaba contagiado. “Lo oculté por la razón que todos lo ocultan: por el estigma, la discriminación”, dice.


El día después de Año Nuevo, un 2 de enero de 2007, Carlos Faras (30) fue a buscar al consultorio el resultado de un examen. Había tenido algunas enfermedades de transmisión sexual y la doctora le había sugerido hacerse el test de Elisa. “Estaba muy tranquilo. Era un pendejo anarquista, me creía dueño del mundo y me las sabía todas”, recuerda. Una matrona lo recibió. Ad portas de cumplir 20, le notificaban que había contraído VIH, a poco más de dos años de haber salido del clóset.

Faras nunca olvidó lo que la matrona le dijo ese día. “Que no me deprimiera, que estuviera tranquilo, porque las investigaciones que se estaban haciendo eran muy avanzadas y que se seguía descubriendo mucho respecto a la enfermedad. Sus palabras fueron muy importantes para mí”, dice. En marzo de ese mismo año, sin contarle a nadie de su diagnóstico, partiría a Valparaíso a estudiar Cine. Allí comenzó una carrera en el activismo LGTBI, y en particular con las personas contagiadas de VIH, lo que lo ha motivado a dar esta entrevista.

“No más de un 10 por ciento de las personas que tienen VIH se atreven a hablar de ello, y tú ves los testimonios de las personas que salen en los medios y hay como un canon: la mujer que se lo transmitió el marido”.

-Como Carolina del Real.
-Exacto. Y nada en contra de ella, qué bien que hable de ello, pero no representa en absoluto a la mayoría de las personas con VIH.

¿Quiénes serían esas personas?
-El 90 por ciento de los contagiados son hombres que tienen sexo con hombres. No se habla de gays porque muchos de estos hombres no se reconocen como homosexuales.

-Tú sí te reconoces como homosexual.
-Claro. Desde los 16 años. Antes de eso, debo confesar que fui muy homofóbico. Y yo crecí en un ambiente súper liberal, en mi casa y sobre todo en el colegio, porque estudié en el Lastarria, donde tenía muchos compañeros abiertamente gay.

-¿Por qué crees que actuabas así?
Pienso que estaba en negación, no podía creer que me estaba pasando eso, que yo podía ser gay. Cuando finalmente lo acepté y les conté a mis compañeros me decían “pero Carlos, tranquilo, si no pasa nada” (ríe). Ellos le bajaron el perfil y me hicieron entender que el rollo estaba en mi cabeza.

-Criticas la cobertura de los medios, pero si estos entrevistan a Carolina del Real es porque está dispuesta a hablar. Pocos gays con VIH, por no decir ninguno, dan entrevistas.
-Por eso estamos acá hablando. Alguien tenía que hablar alguna vez, ¿no?

-Conversamos por primera vez en agosto del año pasado y estabas listo para dar una entrevista, pero a última hora te arrepentiste, según me explicaste, por tus papás.
-Sí. Durante mucho tiempo tuve una relación bien convulsionada con mis papás. Nunca les dije que era gay, se enteraron por mis hermanos. Entonces ahora, cuando me sentí listo, busqué un lugar y ambiente para conversar y contarles de mi enfermedad. Fue muy bonito, siento que me lo debía y me permitió cambiar la relación con mis papás, mejorar la confianza. Pero cuando les conté de la entrevista me pidieron que esperara, porque recién lo estaban procesando.

-¿Cómo reaccionaron?
-Les dolió mucho, creo que se imaginaron por las batallas que tuve que pasar solo, sobre todo la discriminación. También se sintieron un poco responsables, pero yo los paré y les dije que no, que no se sintieran así porque no era culpa suya.

-¿Por qué se lo ocultaste tanto tiempo? Siendo activista uno pensaría que deberías dar el ejemplo en hablar abiertamente del tema.
-Lo oculté, incluso algunas veces en mi rol de activista, por la razón que todos lo ocultan: por el estigma, la discriminación. Yo no me he sentido “enfermo” de VIH un día de mi vida. Tomo mi tratamiento y tengo una carga viral indetectable en los exámenes, no me afecta en nada. Pero el rechazo público, los insultos, las burlas, son de las cosas más difíciles que he tenido que experimentar. Esa es la verdadera enfermedad que me ha hecho sufrir el VIH.

Rebelde con causa

Carlos Faras es hijo de un taxista y una podóloga. Creció en un departamento en el sector de Manuel Montt, lo que él califica como un privilegio. Rodeado de parques y bibliotecas, su papá compraba el diario todos los días y él lo leía sagradamente. “Siempre tuve mucho amor por el conocimiento, por aprender”, dice. Sin embargo, las peleas entre sus papás, quienes después se separaron, lo hicieron dejar su casa con 17 años. Vivió con un hermano, con amigos, y finalmente arrendó una pieza. Empezó a trabajar, aunque nunca dejó el colegio, aclara.

-¿Cómo fue ese período de tu vida?
-Fueron dos años y fracción súper intensos. Se me mezcló lo rebelde con salir del clóset, con vivir solo… de repente empecé a vivir mucho y muy rápido. Lo pasé bien, eso es verdad.

-Y al poco tiempo te diagnostican el VIH.
-Exacto. Yo era muy chico. La independencia me jugó en contra y se mezcló, además, con mi despertar sexual y mi falta de educación sexual.

Lentamente, progresivamente, Carlos empezó a contarles a sus cercanos sobre su enfermedad. Primero fue a su hermana, sentados un día en el Parque de la Aviación. “Lloramos y nos abrazamos. Lo que más recuerdo de ese verano es yo en mi pieza llorando. Veía que alguien en la tele se iba a morir y pateaba la tele y me ponía a llorar”. Al poco tiempo, ya en Valparaíso, comenzó a participar de la ONG Acción Gay, “para mí la mejor organización de la diversidad sexual del país. Ellos empezaron el tema del VIH en el año 87 y nos capacitaban súper bien”.

-¿Qué hiciste como parte de Acción Gay?
-De todo. Fui vocero, hice talleres, escribí columnas para Gay Magazine por cuatro años. Hasta relatorías en Unicef.

En parte por inquietud y en parte por frustración con la universidad, Carlos se puso a viajar. Recorrió todo el sur de Chile y parte de Argentina mochileando, trabajando en distintas cosas de ciudad en ciudad, en compañía de la pareja que tenía en ese tiempo. Al volver, aún deprimido por el diagnóstico de VIH y tras terminar su relación, se fue a Buenos Aires a retomar su carrera de Cine. Sólo un año duró, se dio cuenta de que no era lo suyo.

-Estabas viviendo con mucha intensidad. ¿Tenías miedo a la muerte?
-Al principio sí, un poco. Pero el mayor miedo era, sobre todo, a contagiar. Hoy te diagnostican y empiezas de inmediato el TAR (Terapia AntiRetroviral), pero en mi época te hacían esperar a que tus defensas bajaran a cierto nivel. Entonces, yo ocupaba condón pero el miedo de contagiar era patente. Con el tratamiento tus copias del virus bajan a cero, se vuelve indetectable y tu riesgo de contagiar es casi inexistente. Eso, sin duda, da más tranquilidad.

Al regresar de Buenos Aires, Carlos entró a estudiar Ciencia Política a la Universidad Alberto Hurtado, carrera que finalmente terminó. Ha seguido con su labor de activista, además de desempeñarse en las fundaciones Heinrich Böll y Henry Dunant. Hoy afirma que esta carrera le abrió los ojos. “Pude revisar mi pasado, entenderlo y liberarme”.

-¿A qué te refieres con liberarte?
-La estructura social juega mucho para determinarte. Ahora entiendo que soy víctima de una sociedad conservadora incapaz de educarnos y ofrecernos todos los recursos disponibles tanto para el diagnóstico como para evitar el contagio del VIH. Y todavía estamos igual, a la gente no se le da reales herramientas para protegerse frente a esta enfermedad.

-Te consideras una víctima.
-Por supuesto que sí. No me pongo en el lugar de que esto me pasó por culpa mía. Pensé así por años. Iba al médico y me hacía sentir culpable, sucio. Mis peores recuerdos son algunos médicos, malos médicos, que realmente tuvieron un trato denigrante conmigo. Fueron los menos, pero me marcaron, cada uno de sus gestos de rechazo. Esta enfermedad te arrebata la dignidad y la decencia, aunque ni siquiera manifiestes síntomas. Esa es la gran lucha que uno da, que yo he dado, liberarme de eso para poder decirles a otras personas como yo: “No tienes que sentirte culpable, no tienes que sentirte menos por tener esta enfermedad”.

-Supongo que la actual campaña del gobierno te parece insuficiente.
-Es una repetición de lo que se ha hecho por siempre, “hágase el examen, use condón”, lo que me da mucha rabia porque se podrían hacer tantas cosas más.

-¿Qué cosas?
-Hay que partir por reconocer que la estrategia del puro uso de condón no funciona, todas las encuestas te confirman que la gente no lo usa. Primero pensaron que era la falta de acceso, lo regalaron. Después era que la gente no sabe usarlo, les enseñaron. Pero sigue sin usarse, la tasa de uso del preservativo no supera el 15 por ciento a nivel nacional. Necesitas una estrategia combinada.

-¿Y qué acciones debería considerar esa estrategia?
-Partamos por el diagnóstico. Que el acceso al test sea efectivamente fácil y amigable, asociado a un acompañamiento apropiado, que apoye, que no maltrate ni denigre al paciente. Con una buena consejería no habría por qué descartar el uso de un test rápido. Lo mismo con el tratamiento. Yo tomo cinco pastillas, pero hoy con sólo una al día estás listo. Acceder a eso no debiera ser un trámite imposible, engorroso, incómodo. No olvidemos que tratar correcta y oportunamente a un paciente con VIH reduce al mínimo sus posibilidades de contagiar.

-Además del condón y el adecuado tratamiento, ¿hay otras estrategias de prevención?
-¡Claro! Hay herramientas farmacológicas, la profilaxis pre y posexposición (PREP y PEP) que previenen el riesgo de infección del VIH.

-¿Como la pastilla del día después para no embarazarse?
-Eso. O del día antes en este caso. Además de eso, nosotros hicimos un folleto para una fiesta, explicando prácticas sexuales seguras para reducir los riesgos de contagio, a propósito de una campaña que hizo la ONG Stop Sida, a causa del ChemSex.

-¿Qué es eso?
-Es una práctica que viene ocurriendo desde aproximadamente 2015, en Europa sobre todo, donde las interacciones sexuales son bajo los efectos de estupefacientes. Muchas de estas drogas se toman con el fin de tener largas jornadas de sexo. Esto pasa sobre todo en fiestas gays y por supuesto aumenta exponencialmente el riesgo de contagio de todas las ETS en esas personas. Entonces regalábamos preservativos y les pasábamos estos folletos (muestra uno de los folletos).

-Este folleto tiene información bastante explícita sobre prácticas sexuales y sexo seguro, nada que yo pueda publicar en nuestra entrevista.
-Mira, hablar de esto, explicitarlo, es controversial incluso dentro de la misma comunidad gay. Ni me imagino cómo sería para la sociedad en general. El tema es que las prácticas sexuales son cada vez más variadas, muchas veces más arriesgadas, entonces, ¡no puedes hacerte el tonto! Tienes el manso elefante en la habitación, como dicen, muchísima gente contagiada, ¿y no vas a afrontar el tema como se necesita porque te da pudor?

-¿Crees que el hecho de que el VIH hoy sea una enfermedad crónica ha disminuido la noción de riesgo entre la gente?
-Supongo que sí, pero es hasta que te notifican. Ahí no es como “tengo una enfermedad crónica y me trato, se acabó el problema”. El VIH no es cualquier enfermedad, sigue siendo gravísima, aún puede ser mortal. Este es un tema muy fuerte médica y socialmente. Me gustaría ser súper enfático en algo: una relación sexual, sólo una, es suficiente para contagiarse, y el día que te dan el positivo igual se te cae la raja.

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