Responder por la herencia

SEÑOR DIRECTOR:
El pasado domingo Pablo Ortúzar respondió a mi comentario en el lanzamiento de la revista Punto y Coma diciendo que la generación del IES no fue marcada por la dictadura sino por la “modernización comprimida”; un Chile que en veinte años cambió lo que a otros países les tomó un siglo, provocando ese vértigo que derivó en el desborde.
Si el estallido condensa todos los nudos de nuestra modernización –como bien sostiene Ortúzar–, entonces no tiene sentido seguir apuntando como culpables a los efebos de la nueva izquierda y a la claudicación de la centroizquierda. El 18O fue una reacción a ese proceso –desproporcionada, monstruosa, como se la quiera calificar–, y lo mismo la Convención. ¿Por qué una modernización tan exitosa produjo una impugnación tan brutal? La respuesta a esta pregunta no admite respuestas movidas por la pasión política.
Para eximir a su generación de responsabilidad en las violaciones a los derechos humanos bajo la dictadura, Ortúzar recurre a las fechas de nacimiento de los miembros del IES. No quiero caer en la petulancia de citar autores, pero hay un amplio consenso que si bien la culpa es personal (nadie responde por crímenes anteriores a su nacimiento), la responsabilidad se hereda con la tradición que uno reclama. Y las herencias no se pueden aceptar por partes: quien reclama el activo de una tradición —sus recursos, sus redes, su influencia— carga también con su pasivo. No se hereda la culpa; se hereda la obligación de responder.
Responder a lo que vino después de 1973 es una tarea pendiente de la derecha chilena. La de hoy, no la de ayer. En los cincuenta años del Golpe ella le dio groseramente la espalda a Sebastián Piñera –quien nunca vaciló en reclamar responsabilidades– pues ya tenía su mirada puesta en José Antonio Kast. Por ende, poco cabe esperar hoy de sus actores políticos, pero se puede pedir más a quienes piensan para ellos. El IES, precisamente porque encarna a una nueva generación, está en posición inmejorable. Esto haría de la renovación que persigue no un cambio de lenguaje sino un cambio de estatura.
Ortúzar recuerda una ocasión en que dije que prefería equivocarme con mis hijos antes que tener razón contra ellos, y me acusa de claudicación. Pero esto mismo es lo que me ha motivado a este intercambio. Los padres responden por el mundo que dejan, los hijos por la herencia que reclaman.
Eugenio Tironi
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