La muerte del miliciano: la trama de amor y tragedia de una foto histórica

En principio, Ernő Friedmann y Gerda Pohorylle, firmaban sus fotografías bajo la identidad de Robert Capa. Su compromiso político los llevó a viajar a España en los días de la Guerra Civil para desarrollar trabajos de fotorreportajes. La tarde del 5 de septiembre en el Cerro Muriano, de Córdoba, el lente registró una imagen que impactó por su fuerza narrativa: la muerte de un miliciano republicano. El éxito catapultó el nombre de Capa, pero dividió a los amantes para siempre. Esta es la historia.



Alguna vez lo dijo el fotógrafo Arnold Newman. “La fotografía, como sabemos, no es algo verdadero. Es una ilusión de la realidad con la cual creamos nuestro propio mundo privado”. Es decir, sería ante todo, una forma muy elaborada de artificio. Y eso parece explicar lo sucedido con una de las imágenes más controversiales de la historia. 

La muerte de un miliciano, es una de las fotografías más conocidas de Robert Capa. En ella se ve a un combatiente republicano, a quien se identificó como Federico Borell García, en el momento en que cae abatido de un disparo, durante un enfrentamiento con las fuerzas nacionales en el Cerro Muriano, Córdoba, la tarde del 5 de septiembre de 1936, cuando la guerra civil en España llevaba apenas unos meses.

Se publicó por primera vez en el número 447 de la revista francesa Vu, el 23 de septiembre, donde ganó la atención por su impactante fuerza narrativa, Pero buena parte del mundo la conoció cuando también fue publicada en la revista estadounidense, Life, el 12 de julio de 193. Allí comenzó el mito. 

Al verla, no pocos dudaron. Por eso a la imagen la rodeó un halo de misterio ¿era posible realmente acertar con tamaña destreza al momento exacto de un disparo? durante años, en estudios y documentales como La sombra del Iceberg (de Hugo Doménech y Raúl M. Riebenbauer) se plantea que en rigor, se trató de una escenificación. Una falsificación muy bien lograda que buscó generar conciencia sobre el impacto de la guerra. Pero en rigor no se trataba de una idea nueva. 

Era algo muy parecido a lo que realizaban algunas compañías cinematográficas, a comienzos del siglo XX, como Pathé o Gaumont, con sus recreaciones de noticias. Por entonces era común que al modo de un película, se filmaran escenificaciones de episodios de la Primera Guerra Mundial o de la Revolución Mexicana, con el mismísimo Pancho Villa como estrella -quien incluso llegó a cambiar los horarios de sus batallas para darle mejor luz a las películas-. 

Un nombre para dos

En rigor, Robert Capa era un artificio en sí mismo. Cuando se hizo la foto del miliciano en el Cerro Muriano, en realidad llevaba pocos meses de nacido. Se trataba de un pseudónimo con el que firmaban sus trabajos una pareja de jóvenes entusiastas de la fotografía residentes en París; el húngaro Endre Ernő Friedmann y la alemana Gerda Pohorylle. Él buscaba una modelo para un anuncio que le encargaron. Le pidió a una amiga que lo ayudara, pero ella no quiso ir a la sesión sola e invitó a otra chica, Gerda. Ahí comenzó todo.

Mientras él le enseñaba los rudimentos de la fotografía, la pareja apenas se sostenía con trabajos esporádicos para pagar la pieza donde vivían en el Hôtel de Bloise, en Paris. Por ello, pensaron que un nombre con mejor impacto comercial, les permitiría vender mejor sus fotos. 

Cuenta Richard Whelan en el libro Robert Capa, una biografía (University of Nebraska Press, 1985) que los primeros registros del nombre figuran en abril de 1936, en una carta que Friedmann le envió a su madre, en que le dice “Estoy trabajando bajo un nuevo nombre. Ellos me llaman Robert Capa”.

Gerda Taro, de espaldas, fotografiada mientras capturaba con su cámara el funeral del general Lukacs, en Valencia, el 12 de junio de 1937.

Aunque hay varias versiones, según Whelan la inspiración para el nombre vino del cine; Robert, por el actor Robert Taylor, quien por esos días era el coprotagonista de la película Camille, en que destacaba la gélida y glamorosa presencia de Greta Garbo. Y el apellido, Capa, es una derivación de Frank Capra, un cineasta. Ambos sonaban simples y fáciles de recordar. 

Una idea similar usó Gerda para cambiar su complicado apellido alemán, por el más exótico, pero más simple, Taro. Su inspiración fue el pintor japonés Taro Okamoto, quien residía en París. Además la combinación sonaba algo similar a Greta Garbo, la estrella hollywoodense del momento. De alguna forma, quería sonar algo más misteriosa, más sofisticada, en línea con su ánimo de aventuras en un mundo que se avanzaba hacia el desastre de la Segunda Guerra Mundial. Por eso, ahora firmaba como Gerda Taro.

Gerda Taro y Robert Capa

La pareja inventó una historia. Cuando les preguntaban por el misterioso Capa, decían que era un fotógrafo estadounidense de dilatada trayectoria. Con este relato, solían ofrecer a revistas y medios de prensa fotos tomadas por Endre o por Gerda, indistintamente. En principio al menos, el truco funcionó. Gerda tomó la tarea de ser la agente y al momento de negociar no aceptaba menos de 150 francos por una foto de su “cliente” de “gran reputación”, cuando lo normal era que les dieran, cuanto mucho, cincuenta. Poco a poco, sin embargo, Endre adoptó el nombre como una suerte de alter ego de sí mismo.

En julio estalló la Guerra civil española. Endre y Gerda, convencidos y apasionados simpatizantes de izquierda, decidieron viajar al país a defender la causa de la república, con las lentes de sus cámaras Leica y Rolleiflex como arma. “Querían registrar las victorias de las tropas leales”, explica Whelan. En agosto llegaron a Barcelona, en ese momento controlada por las organizaciones de trabajadores, donde fotografiaron a estudiantes, niños jugando en las barricada, parroquianos de los cafés y las furiosas manifestaciones anticlericales en la ciudad. 

Luego se desplazaron hacia la zona de Aragón. Además estuvieron en Huesca y desde allí se dirigieron a Madrid, que en esos momentos estaba sometida a un intenso bombardeo por parte de la aviación de los insurgentes nacionales. En esos días, decidieron tomar algunas fotos de la defensa, en que se nota la construcción de parapetos, los discursos políticos y la gente común sufriendo los embates de una guerra que se extenderá casi por tres años.

Guerra civil española. Foto de Robert Capa

En la segunda semana de agosto, el gobierno de la República anunció una ofensiva para recapturar Córdoba, una importante ciudad en el sur de la península fundada por los romanos en los tiempos antiguos, que luego floreció como un crisol cultural durante la dominación islámica. Como el gobierno informó muy rápido de que se conseguían avances y que las tropas estaban cerca de conseguir una victoria total -lo que no era del todo cierto-, la pareja decidió viajar hasta el sur para tomar fotos. Allí harían la más famosa de todas.

Fue el cinco de septiembre cuando Endre y Gerda subieron hasta el Cerro Muriano, donde alrededor de las cinco de la tarde, uno de los dos, tomó la foto. Un año después, entrevistado por el New York World Telegram, Friedmann detalló -hablando en tercera persona- cómo su alter ego tomó la famosa imagen con una cámara Leica. 

Soldados republicanos en el frente de Málaga, 1937. Gerda Taro.

Friedmann aseguró que estaba solo con el miliciano en una ladera de la colina. Éste parecía inquieto, pues deseaba regresar a las líneas de los republicanos. “Una y otra vez se subió y miró por encima de los sacos de arena. Pero cada vez volvía a caer ante el sonido de advertencia de la ametralladora. Finalmente, el soldado murmuró algo en el sentido de que iba a aprovechar la última oportunidad. Salió de la trinchera con Capa detrás de él. Las ametralladoras se sacudieron, y Capa automáticamente disparó su cámara, cayendo al lado del cuerpo de su compañero. Dos horas más tarde, cuando estaba oscuro y las armas quietas, el fotógrafo se deslizó por el suelo roto para ponerse a salvo. Más tarde descubrió que había tomado una de las mejores fotos de acción de la guerra de España”.

La fotografía comenzó a cobrar notoriedad debido a su impacto. La impresión para el observador es poderosa y se difundió la historia relatada por Capa. Pero años después se dieron a conocer otros testimonios.

En su ensayo sobre el documental La sombra del Iceberg, que indaga en la autenticidad de la foto, Nekane Parejo afirma que “desde 1975 el periodista británico O´Dowd Gallagher aseguraba que Robert Capa le había indicado que se trataba de una escenificación”. Incluso agrega que el escritor John Taylor que en su Photography and Fiction se atreve con una tesis respecto a cómo se hizo el montaje: “Parece haberse demostrado que es falsa y Capa, al estilo de Smith y otros fotógrafos de la época, hizo correr al pobre miliciano y le hizo dejarse caer una y otra vez hasta obtener lo que quería'”. 

La muerte del miliciano, publicada en la revista francesa Vu

Incluso, la posible identidad del miliciano caído está puesta en duda. Fue en 1995 cuando Mario Brotons, un excombatiente republicano de la guerra civil, que también luchó en el frente de Córdoba, aseguró que el muerto era Federico Borrell. En La Sombra del Iceberg, una sobrina de Brotons recuerda que “en 1995 vino Mario Brotons y nos dijo que mirásemos unos clichés del miliciano. Y mi madre le reconoció, y dijo que sí, que era su cuñado, Federico Borrell. Y nos causó un gran impacto ver que se parecían tanto...Y de ahí ya vinieron todas las televisiones”.

Además, Brotons habría confirmado con los Archivos de la Guerra Civil, de Salamanca, que el único caído esa tarde en el Cerro Muriano fue el mentado Borrell. Sin embargo en el citado documental se revela que en un número de Ruta Confederal, una publicación anarquista de la época -tendencia a la que pertenecía el miliciano-, de 1937, un amigo recuerda cómo murió. “Le veo tendido detrás del árbol que le servía de parapeto (...) Aún después de muerto empuñaba su fusil”. El problema es que en la foto no se ve ningún árbol. Probablemente, nunca se sepa la verdad. Es con seguridad un ejemplo del artificio.

La foto final

Al filo de 1936 Capa regresó brevemente a París. Las fotos fueron recibidas con entusiasmo y la revista Regards publicó cuatro números con las imágenes tomadas durante los días en España. Tanto fue el agrado con el resultado que le pidieron a la pareja regresar al frente. Así lo hicieron. Pero el reconocimiento hizo que algo se quebrara entre ellos.

“No cabe duda que Capa la amaba [a Greda] intensamente -señala Whelan- pero tan pronto como ella comenzó a ganar respeto por su trabajo, comenzó a demandar más independencia profesional y empezaron a pasar más tiempo separados que juntos”. En la primavera de 1937, él le pidió matrimonio. Ella lo rechazó. Comenzó a firmar sus fotos bajo su propia identidad e incluso un fotorreportaje suyo sobre la Batalla de Brunete, fue publicado en Regards en julio de 1937. 

De vuelta en Madrid, tiempo después, Capa decidió volver a París para vender algunas fotos. Gerda Taro no lo acompañó. Fue la última vez que se vieron.

Soldados de Paso de Navacerrada. Mayo-Junio 1937. Foto Gerda Taro.

Ella decidió volver a Brunete, que se encontraba bajo una intensa ofensiva de los sublevados nacionales. Sus cercanos le advirtieron que no lo hiciera, porque el riesgo era mayor esta vez. No hizo caso. Mientras fotografiaba en la ciudad ocurrió un ataque aéreo. Un tanque de la República perdió el control, arrolló a la menuda alemana y la mató. Tenía 26 años. 

Cuando Capa se enteró, no lo pudo creer. “Le atormentaba un sentimiento de culpa por haberla introducido a la profesión de fotógrafa y por no haber estado junto a ella en el día de su muerte”, detalla Whelan. 

Milicianos en el Cerro Muriano. Foto de Robert Capa.

Pero la fotografía le dio otro pasar. Famoso gracias a su trabajo en España, Capa volverá al frente durante la Segunda Guerra Mundial. Estuvo en Italia, en las campañas del norte de África, en el desembarco de Normandía (de hecho, sus imágenes fueron usadas de base para la dirección fotográfica en Rescatando al Soldado Ryan) y en la liberación de París. Años después, junto a otra leyenda de la fotografía, Cartier-Bresson, fundó la agencia Magnum (donde participó el chileno Sergio Larraín). Lo había logrado. El artificio ya era una leyenda.  

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