Claudio Bertoni: “De verdad quisiera que echaran mis cenizas en un abismo”

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El poeta chileno, quien lanzó recientemente su poemario Cero, habla con Culto sobre cómo ha llevado el encierro en la soledad de su “casuchita” en Concón. También aborda su relación con Dios, la muerte y la tristeza en días de absoluta incertidumbre.



Sale a caminar los lunes, jueves y domingos una hora por las calles de Concón, la comuna donde reside desde 1976. No se atreve a hacerlo por más tiempo. El poeta, fotógrafo y artista visual Claudio Bertoni (75) transita con su historia a cuestas. Esa donde fue parte del grupo literario “Tribu No” (junto a Cecilia Vicuña); expuso en el Royal College of Art de Londres y en el Museo de Bellas Artes de Chile. Además de haber sido percusionista de la primera agrupación de jazz-rock chileno, llamada Fusión.

Como poeta, ha publicado obras importantes como El cansador intrabajable (73 y 86), Sentado en la cuneta (1990), o Dicho sea de paso (2006).

Bertoni es un hombre de rutinas, y pese a la pandemia, no perdona esa costumbre. Aunque por su edad, se toma en serio el riesgo de contagio.

“No me meto a ningún lugar bajo techo donde haya más de una persona, no tomo micros. No dejo entrar a nadie a mi casa, estoy absolutamente cortado en esa cuestión. Claro, mando mails y me mandan Whattsapp”, dice al teléfono con Culto.

-¿Cómo se las ha arreglado con la pandemia?

-Para mí no ha sido tan terrible porque he estado mucho tiempo solo, literalmente solo. Vivo en una casuchita. Tengo la suerte de tener un pedazo de patio y la plata para comer y abrigarme. Pero mi situación es absolutamente excepcional, porque el resto de nuestros compatriotas y en el mundo hay gente que lo está pasando como las hueas.

-¿Y cómo le ha ido con lo digital?

-A mis 75 años no estoy digitalizado, eso me separa del mundo. Yo no puedo pagar ninguna maldita huevá online porque no sé hacerlo. Cuando me pagaron el último libro de la UDP hay que hacer una boleta en SII, y yo no sé hacerlo. La que era mi pareja y mi sobrina me hacen esas cuestiones.

Sin embargo, se muestra crítico frente a la medida de la cuarentena. “Lo peor que le pueden hacer a un ser humano es encerrarlo, y eso son las cuarentenas. A seres que no tienen ninguna vocación para estar solos ni tranquilos. Nuestra vida en occidente, sobre todo en que estamos en la cima del liberalismo en que tu prójimo en vez de ser hermano es un posible enemigo, es muy individualista”.

Por edad, Claudio Bertoni ya se vacunó con ambas dosis de la vacuna, con la segunda a inicios de marzo, aunque es pesimista con los plazos. “Te lo digo con toda claridad. Yo tengo esperanza absoluta en la vacuna. Ahora, del tiempo, no te puedo decir. Tengo una conciencia absoluta de que no vamos a estar igual que ahora dentro de 3, 5 años”.

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-¿Algo que extrañe en particular de la vida anterior al virus?

-En realidad, simplemente la libertad. El asunto de lo presencial, que es literal. Para comer hay que tener plata y tengo unos billetes metidos en una bolsita de plástico para su buen tiempo, pero se van a acabar y tengo que ir a un banco. Pero si esto sigue así ¡yo no voy a un banco ni cagando!

-¿Qué piensa de las medidas que se han tomado para enfrentar la pandemia?

-Me da casi rabia hablar de eso, lo único que es claramente bueno es lo de la vacunación, si los europeos han tenido problemas con eso, pero el resto tengo dudas. Haber dejado que la gente salga en el verano fue un error fatal, deberían haber cerrado fronteras antes. Además, tenemos a Brasil al lado, ese hoyo negro con ese hueón loco [Bolsonaro]. A los que yo les creo es a la gente del COLMED, son honestos e inteligentes. Y veo el lado de la gente que tiene que salir porque o se muere de hambre, o de Covid.

El fotógrafo y poeta en su casa de Concón.

“Un dios débil”

A pesar de todo, el autor de Harakiri sigue escribiendo. Algo que hace todos los días, cuenta. Hace poco salió vía Ediciones Overol su último poemario titulado Cero, donde precisamente toca temas que han rondado siempre en su carrera: la muerte, la soledad, el miedo. Pero que con la pandemia toman especial importancia.

-En Cero hay varios poemas relacionados con Dios, ¿cuál es su relación con él en estos días?

-Estuve 10 años en colegio de curas, entonces, algo tiene que ver. Pero el dios que me interesa es otro, es un dios débil. Si existe, no tenemos ningún puente con él. Tiene que ver con la Simone Weil y la Edith Stein, un dios de la teología negativa que es ininteligible. Los textos de los místicos son lo único que te acercan a esa cuestión. Fíjate tú, ¿a quién le interesa eso? ¡Absolutamente a nadie!, ¡les importa una raja!

-Hay varios poemas que hablan de la muerte, ¿ha pensado mucho en el tema últimamente? Hay un poema donde pide que arrojen sus cenizas al water.

-Ese poema me gusta mucho porque es como una bofetada a nuestra condición, esto es demasiado duro, demasiado difícil. De verdad quisiera que echaran mis cenizas en un abismo, acantilado del Himalaya o de los Andes, hueón, donde casi nadie haya puesto la vista. Eso tiene de lindo y cristalino. Para producir un shock, un golpe, esto no es chiste. Es para poder hablar de la muerte, dónde estamos, las cosas que han pasado, lo que somos, y después hablemos dónde queremos que pongan nuestras cenizas si algo queda. El libro termina con unas palabras que dicen “expone el desgarramiento que supone haber nacido”, en realidad de eso se trata. Y de eso se trata la literatura que me interesa.

-Por el tono de varios de los poemas, hay una sensación de tristeza (“el tiempo es subjetivo su objetivo es matar”), (“todas las mañanas siento que mi vida se acaba que mi corazón ya no da más, que no quedan energías”), ¿es tan así?

-La pandemia en ese libro es como la guinda de la torta, habría sido igual sin la pandemia. La hallo horrible por la cantidad de dolor que tiene. Eso que citaste se debe a que tuve una cosa fuerte en el 98, fui a dar a siquiatra, cinco años de terapia y no se ha ido nunca. No sé qué es lo que tengo, todo lo que digo en ese libro es cierto. El despertar es muy terrible para mí, porque me siento en un estado de desamparo absoluto, en el cual-y aquí viene mi hipocondría- los mil males del infierno los tengo encima. Estoy enfermo de la vejiga hueón, de la guata, de mi cerebro. Mi paranoia es tener un accidente cerebrovascular y quedar convertido en vegetal, porque no te puedes matar. Es horroroso, es lo que le pasó a Cerati. Es estar en un mundo de mierda que no sabes qué pasa.

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