Por Ignacio OlivaresEl otoño del patriarca
La ceremonia de los Grammy dejó de ser un fenómeno masivo y muestra una curva terminal: de casi 40 millones de espectadores en 2012 pasó a 14,4 millones en 2026. La contienda es desigual: al frente tiene un viral de Tik Tok de 15 segundos y mil millones de vistas.

Frente a una industria musical que muta a una velocidad inquietante, la Academia de Grabación parece arrastrar las piernas. Su gran crédito, los Grammy, que llevan siete décadas premiando la supuesta excelencia musical hoy enfrentan una crisis que los arrincona y pone en juego su supervivencia. Entre denuncias de corrupción, sesgo de género y racismo, cada nuevo CEO que se hace cargo debe entrar golpeando la mesa con reformas cosméticas que aplaquen los reclamos de los artistas. En paralelo, el Grammy Latino va ganando cuotas de poder y dejó de ser la mesa del pellejo de su alicaída alma mater.
El dilema es que la Academia funciona en un universo paralelo y de forma reactiva. Cuando la industria musical adoptó el streaming como su patrón oro, ellos seguían pensando en términos de largaduraciones y sencillos. Operaban a la velocidad de un fax cuando las discográficas ya se habían comprado el ciberespacio. Sus decisiones llegan con tal retraso, que el fugaz ciclo de vida de los artistas de hoy los pilló desprevenidos y los forzó a enmendar una de sus cuatro categorías estrella o “Big Four”.
Recién en 2027 entrará en vigor el nuevo criterio que modifica la categoría de Mejor Artista Nuevo: un premio que define carreras, pero que tiene un historial de ambigüedades. Lady Gaga y Whitney Houston no lo pudieron ganar porque ya habían lanzado canciones, mientras que Lauryn Hill y Crosby, Stills & Nash sí se lo llevaron, a pesar de haber tenido carreras previas de gran notoriedad en otras bandas. Además les pesa aún el escándalo de Milli Vanilli, un fraude que provocó la única revocación que se ha dado en la historia del Grammy. Para esta nueva temporada la Academia amplió el margen de postulaciones previas de tres a cuatro, salvo que el intérprete haya recibido una nominación anterior como solista o miembro principal. Suena lógico: ahora los sellos ya no invierten fortunas en figuras de proyección y cuatro postulaciones parece una medida razonable para saber si hay agua en la piscina

Aprovechando el impulso reformista, la Academia sumó Mejor Interpretación de Pop Asiático y Mejor Canción Latina, entre otros premios nuevos: ya van más de 100 categorías y contando, en una inflación de gramófonos que abarca todos los nichos. Pero tanto cambio no ha logrado acabar con los escándalos públicos que minan su ya erosionada reputación. En 2020 Deborah Dugan, su primera CEO mujer, fue despedida a los pocos meses de asumir, luego de entregar a la justicia un dossier que daba cuenta de un “club de hombres” y de camarillas que amañaban las nominaciones. Su antecesor, Neil Portnow -el mismo que figuraba con una denuncia de violación- sugirió que las mujeres debían “dar un paso adelante” si querían ganar reconocimiento. Acto seguido, tuvo que cerrar la puerta por fuera.
En esa misma época The Weeknd, dueño del álbum más exitoso del año, no recibió una sola nominación y decidió boicotear a la Academia. El efecto dominó no fue inmediato pero al final las denuncias propiciaron reformas, cayeron los comités secretos y el padrón de votantes se abrió. Los escándalos le siguen dando combustible a ese mastodonte que se niega a morir, pero que vive tiempos inciertos. La ceremonia de entrega, su gran y eterna vitrina, dejó de ser un fenómeno masivo y muestra una curva terminal: de casi 40 millones de espectadores en 2012 pasó a 14,4 millones en 2026. La contienda es desigual: al frente tiene un viral de Tik Tok de 15 segundos y mil millones de vistas.
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