Culto

En Fuga: Netflix en terreno familiar

En fuga no reniega de los clichés del thriller policial británico, sino que los abraza. Hay flashbacks insistentes, sonrisas del pasado en colores pasteles y varios columpios vacíos meciéndose al viento. Pero, en lugar de agotar la fórmula, nos da una inesperada sensación de vértigo y frescura

En Fuga: Netflix en terreno familiar

Elegir una serie, es un acto de fe. Más allá de los algoritmos que puedan guiar nuestro camino, la decisión de comprometerse con un universo de ficción determinado, dejando de lado los otros mundos posibles, suele ser un salto al vacío. Claro, lo damos desde la comodidad del sillón y con la certeza de poder pausar ese fragmento de realidad a nuestro antojo. Pero aún así, es una inversión de tiempo y emociones. La diferencia entre iluminar nuestras horas o terminar con el corazón roto.

En tiempos de incertidumbre, Netflix entendió mejor que nadie el valor de la zona de confort. Ese lugar al que volvemos cuando la pulsión por algo familiar le gana al factor sorpresa. En fuga, la nueva miniserie basada en una novela de Harlan Coben -con quien la plataforma ha desarrollado una prolífica colaboración- juega exactamente en esa liga. Dirigida por Nimer Rashed e Isher Sahota, la ficción británica se inscribe con claridad en el exitoso universo del autor estadounidense, cuyo pulso narrativo es la fragilidad y el quiebre definitivo de los cimientos familiares. Aquí, Simon Greene (James Nesbitt) es un padre cuyo mundo se desarma cuando su hija Paige desaparece sin dejar rastro. Su desesperación, y la de su mujer Irene (Minnie Driver), acompañado de varias malas decisiones, desencadenan en una serie de hechos violentos que lo empujan fuera de sus márgenes. La serie construye su tensión alrededor del deslizamiento del protagonista hacia una zona moral incierta, la culpa creciente y la progresiva pérdida de control.

Como buen relato de Coben, la historia no camina sola. A su alrededor orbitan personajes que suman capas y tensión: una filosa investigadora (Ruth Jones), dos policías que se debaten entre el método y la intuición (Alfred Enoch y Ami Gledhill), y una joven pareja de sicarios (Jon Pointing y Maeve Courtier-Lilley), que ejecutan su mandato a sangre fría, movilizados por una suerte de “fuerza divina”. Son líneas que avanzan en paralelo, se rozan, se cruzan y se separan, como pistas de una canción que tarde o temprano terminan sonando al unísono. Y cuando alcanzan la sintonía, emerge lo que ya intuíamos:el conflicto inicial era solo la punta del iceberg.

En fuga no reniega de los clichés del thriller policial británico, sino que los abraza. Hay flashbacks insistentes, sonrisas del pasado en colores pasteles y varios columpios vacíos meciéndose al viento. Pero, en lugar de agotar la fórmula, nos da una inesperada sensación de vértigo y frescura. Al final, todo parece regirse por un principio de caos: acciones mínimas que desencadenan consecuencias desproporcionadas, haciendo imposible volver al orden inicial. Lo visual también acompaña esa ideal: tonos grises y opacos, primeros planos asfixiantes, movimientos de cámara que aceleran o frenan sin aviso, como la vida cuando decide complicarse.

Esa misma fricción se da entre el ritmo de la serie, acelerado y sin dar respiro, con el desarrollo de los personajes, que van revelando de a una sus capas y matices, lo que facilita la buscada empatía, anzuelo directo para la audiencia. A eso se suma un tema infalible: la culpa familiar. Padres inquietos, hijos esquivos, decisiones tomadas u omitidas, que pesan más con el paso del tiempo. Roles que no vienen con manual, pero que a todos, tarde o temprano, nos toca interpretar.

Familia. Y familiaridad. Dos conceptos claves a los que la miniserie les saca partido. Esa sensación extraña de estar en un lugar conocido, aunque quede a miles de kilómetros y no se parezca en nada a nuestra realidad. Una especie de nostalgia anticipada, un déjà vu que aunque racionalmente se sienta ajeno, regala una inesperada comodidad.

En fuga no escapa de sí misma. No es disruptiva ni reinventa el género. Tampoco quiere hacerlo. Pero sí reafirma que, a veces, no es eso lo que buscamos. ¿Qué hay de malo en disfrutar de una fórmula que funciona? Las conocidas de siempre, también tienen su valor. Y, por sobre todo, cumplen con su promesa inicial. En cierta forma, son como las familias: a ratos tediosas, predecibles, seguramente imperfectas. Pero, al final del día, nos hacen sentir como en casa.

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