Por Pablo Retamal N.Jeremías Gamboa: “Muchos peruanos hemos internalizado el racismo como una mancha que nos delata”
En su nueva y monumental novela, El principio del mundo, el escritor Jeremías Gamboa disecciona la "mancha humana", una metáfora del racismo estructural que nace de sus sesiones de psicoanálisis y de un fantasma familiar: la obsesión por ocultar la condición indígena. A través de este relato, el autor desafía los cánones de la literatura nacional al otorgar a un protagonista mestizo una sofisticación intelectual y un dominio del lenguaje que, históricamente, se han pretendido reservar como un privilegio exclusivo de las clases altas blancas.

Manuel Flores, un hombre de treinta y tantos años, acaba de regresar al Perú después de un tiempo en Estados Unidos. Pero no tiene nada: ni pareja, amigos, capital ni trabajo, y tampoco la menor idea de hacia dónde dirigir su vida. Se refugia en la casa de su madre y, al poco tiempo, se reencuentra con un amigo del pasado y con la profesora que tuvo en la primaria, quien le enseñó a leer. Manuel emprende un viaje por la memoria: la suya, la de las cosas que había dejado pendientes en Lima, pero también la de la precariedad vivida en la escuela pública. Podría ser la historia de un peruano cualquiera y, de hecho, es en parte la que vivió el escritor Jeremías Gamboa.
“Yo volví a Lima para escribir, porque en Boulder, Colorado, terminé mi primer libro de cuentos y empecé mi primera novela. Lo que es cierto es que, al volver, tuve que revisar mi experiencia pasada en el Perú, y ahí es donde una parte de mis vivencias se encuentran con las de Manuel Flores; pero él estaba bastante más enfermo del Perú que yo”, señala a Culto.
Esa es la base sobre la que se apoyó Gamboa (Lima, 1975) para escribir una extensa novela, El principio del mundo (Alfaguara). En 976 páginas, realiza una mirada al siglo XX peruano: los dolores, la pobreza, lo precario y el tema racial, pero se enfoca sobre todo en la labor de la profesora y en el vínculo de Manuel con su madre. Es su tercera novela después de las aplaudidas Contarlo todo (2013) y Animales luminosos (2021), que le dieron un nombre en la literatura del Perú, incluso recibiendo elogios del mismísimo Mario Vargas Llosa. “Un escritor perfectamente dueño de sus medios expresivos, que sabe concentrarse en lo esencial, que es siempre contar una historia bien contada”, dijo el Nobel peruano.

“El regreso de Manuel a Lima es obligado, porque si se queda en los Estados Unidos, su conciencia se va a debilitar y hasta desaparecer, producto de un proceso de lenta enajenación. Manuel ha dejado demasiadas cosas pendientes en Lima; huyó del Perú para no recordar la experiencia del nudo colonial que se puede vivir como una pesadilla. Una vez lejos de todo eso, se ve forzado a volver para hacer esa revisión dolorosa que le permita ser un hombre más completo y más auténtico; digamos que quiere, como ese personaje de Alberto Fuguet, revisar ‘las películas de su vida’. Mi caso no fue estrictamente así”.
¿Cómo surgió esta novela?
Hacía muchos años yo había fantaseado con la idea de una novela que reuniera las experiencias que viví como estudiante en Estados Unidos y los terrores de la migración, con aquellas que mi madre vivió durante su desplazamiento a Lima, cuando dejó su tierra natal, Ayacucho. Era una idea lejana que se fue reavivando poco a poco cuando empecé a escribir una novela sobre la educación pública. Empecé una historia sobre una profesora que “abandonaba” a sus estudiantes dejándolos a su suerte en la escuela primaria del Perú en los años ochenta, y la historia creció y creció hasta que empezó a gravitar sobre el material de aquella vieja novela que había pensado antes. El resultado fue esta obra que vincula la vida de una madre y un hijo a través del fantasma de la instrucción y el desplazamiento. Entonces, cuando ya narraba la historia de Candelaria, me di cuenta de que estaba escribiendo aquella novela antigua que en un momento me planteé.
Has contado que El principio del mundo tardó más de una década en construirse. ¿Cómo fue vivir con ese proyecto tanto tiempo? ¿Hubo momentos en que pensaste en abandonarlo o replantearlo?
Sí, muchas veces. Felizmente nunca tuve que empezar de nuevo o replanteármelo todo, pero sí demandó mucho trabajo de lectura del material que iba brotando y que era cada vez más extenso. Las razones por las cuales uno está a punto de dejar un libro son muchas, tanto al interior del libro como al exterior. Muchas veces las fuerzas me abandonaron o me aquejaron los imponderables de la vida, lo que hizo que algunas veces me arrepintiera de haber empezado una empresa tan vasta. Sin embargo, la intuición que había sentido al inicio nunca se fue. Me sostuve de ella durante todos esos años.
¿Hubo alguna imagen o recuerdo que funcionó como “chispa” para iniciar la escritura?
Así es. Fueron dos. La primera fue antes de viajar a los Estados Unidos: trabajaba en una oficina de un edificio muy alto que ahora es el Ministerio de Cultura y, desde mi ventana, vi un patio de recreo de una escuela pública que estaba vacío; solo había un niño parado mirando una pared, sin duda castigado. La imagen me sobrecogió. La segunda ocurrió mientras escribía mi primera novela, Contarlo todo, ya cuando había vuelto de los Estados Unidos: corría por el malecón de Miraflores cuando de pronto vi a una empleada doméstica, con uniforme, mirando tristemente el mar. La imagen detuvo mi carrera. Al final, esas imágenes son el núcleo de las dos partes de mi novela. Fue muy emocionante, mientras narraba El principio del mundo, llegar a ambas. Me doy cuenta de que en una estaba contenido Manuel Flores Amaro y en la otra, claro, su madre, Candelaria Amaro Escriba.
En entrevistas has hablado de un proceso de psicoanálisis que influyó en tu escritura. ¿Cómo dialogó tu viaje interior con la construcción de la voz de Manuel Flores?
El viaje interior de Manuel es paralelo al proceso que tuve yo con el psicoanálisis. Diría que la mía es una novela que ha crecido como reflejo de todo un proceso de memoria personal, aunque se haya resuelto en términos estrictamente ficcionales. Digamos que mucho del material del análisis nutría el trabajo de la novela y que mucha de la ficción resonaba luego en el recinto psicoanalítico, lo que me permitía indagar más en asuntos míos que son, en parte, los asuntos de la novela y, creo, los de muchos peruanos y latinoamericanos. Tengo la impresión de que Manuel Flores, y sobre todo Sabino Zárate —el amigo de la escuela primaria que le dice una serie de cosas profundas y reveladoras de su vida— son traslaciones del propio proceso de análisis que he estado haciendo todos estos años.
¿Por qué optaste por una estructura narrativa tan amplia y fragmentada? ¿Qué buscabas lograr con esa forma?
Digamos que se me impuso y tuve que obedecerla. No me planteé jamás escribir una novela extensa, pero al encontrar la gran metáfora que une todo —el vínculo de la madre y el hijo en esa búsqueda de la luz de la instrucción— entendí que tenía un agujero negro capaz de convocar muchísimo material. No es una novela fragmentada, sino todo lo contrario: es una novela que sutura en un solo tejido una enorme cantidad de experiencias de diferentes personajes a través de conversaciones. Es una labor que encontré paralela a otras novelas que también intentaron unificar la experiencia diversa del Perú, como País de Jauja de Edgardo Rivera Martínez o La violencia del tiempo de Miguel Gutiérrez.
El concepto de “mancha humana” aparece en la novela como metáfora del racismo interiorizado. ¿Cómo llegaste a esta formulación y qué significa para ti?
Llegué a esa metáfora con mucho trabajo, aceptación y también dolor. De hecho, fue algo que apareció en algún momento en mis sesiones de análisis porque fue siempre un fantasma familiar en mi casa. Mi madre, una mujer ayacuchana y campesina, vivió obsesionada con la “mancha mongólica” que delataba la condición de indígenas de las personas, y que ella nos aseguró muchas veces que nosotros nunca habíamos recibido. Me parecía que esa mancha era una magnífica metáfora de algo más profundo, que está en muchos de los poemas de José María Arguedas o de César Vallejo. Muchos peruanos la hemos internalizado. “Dicen que no sabemos nada, que somos el atraso”. Es curioso: hace unos meses leí la novela La vegetariana de Han Kang, donde la mancha mongólica aparece como un elemento estético valioso, incluso erótico.
¿Qué papel juega la memoria familiar en la sanación o reconciliación con el pasado?
Un rol fundamental. Creo que los escritores somos los únicos que tenemos licencia para prender una grabadora y preguntarles a nuestros padres por su memoria personal en pos de complementar la nuestra. Tengo la impresión de que hay una huella que se transmite de generación en generación y que, mientras no se convierte en memoria, se presenta como síntoma, malestar o deriva. Yo no solo he recuperado mi memoria a través de las sesiones de análisis y de mi propio trabajo de autoanálisis, sino que he trabajado mucho con la memoria de mis padres, de mis hermanas y de algunos tíos míos, que me han ido contando asuntos que sin duda los y nos constituyen.

La novela transita entre lenguajes culturales muy distintos (urbano, andino, escolar). ¿Qué te enseñó explorar esa diversidad dentro de tu escritura?
La enorme complejidad de las sociedades postcoloniales. Creo que una de las tareas específicas de un narrador peruano es la de hacerse cargo, inevitablemente, de una cantidad de sedimentos que se han ido yuxtaponiendo de manera problemática: una herencia indígena, una memoria colonial bestial y una historia republicana que no ha podido superar las taras más brutales de la conquista. Me parece que, dentro de la literatura, quienes estamos más relacionados con esas cuestiones somos los novelistas, y particularmente los de larga extensión. Una novela así de extensa ha tenido que hacerse cargo de todos esos escenarios: la diversidad de los estratos sociales en la ciudad, la experiencia migrante y hasta la experiencia infantil andina. La enseñanza es siempre la misma: el reto enorme que tenemos de gestionar esa cantidad de diversidades, prejuicios y violencia.
¿Piensas que El principio del mundo es una novela contra el racismo? ¿Crees que la literatura tiene un papel específico frente a este tema en el Perú de hoy?
Tiene un papel lateral, sin duda. Es el papel de la literatura en general, que está hecha para complejizar nuestra visión del mundo y, por ello, derribar prejuicios e indagar en aquello que nos hace comunes a todos. Creo que uno de los aspectos más problemáticos de la novela entre algunos lectores peruanos es que los ha descentrado el que un sujeto mestizo, por ejemplo, no solo tenga una capacidad de análisis y de memoria vastas, sino la capacidad de referirlas a través del lenguaje, un asunto que se creía privativo de personajes de las clases medias altas blancas. Cierta novela peruana solo ha tratado a los cholos como sujetos rebeldes, marginales o revolucionarios; personajes que solo pueden operar sobre la historia si se hacen un colectivo. Por lo tanto, un cholo de hijos migrantes, que de pronto entra a la novela para hacer las operaciones de un personaje de Bryce, puede resultar extraño. Curiosamente, tengo entendido que a Bryce le ha gustado la novela.
¿Qué significa para ti hablar de racismo estructural dentro de la educación pública peruana? ¿Cómo lo viviste como estudiante y cómo se refleja en la novela?
La vi y viví en la escuela pública porque es la matriz de la gran mayoría de peruanos. Y muchos de los profesores, mal pagados y mal capacitados, reproducen las taras y violencias de la sociedad peruana con sus alumnos, quienes además no tienen demasiados derechos, en tanto la educación gratuita se percibe como un favor y no como un derecho. El racismo lo alimentaban algunos de los profesores que conocí, lo mismo que el machismo y otros lastres: el clientelismo, la corrupción, la falta de meritocracia. Hay una escena en la novela que ha sido muy comentada y que tiene que ver con un ejercicio en que los alumnos cazan insectos. La profesora califica los trabajos en función de las prebendas que le dan los padres de familia. Yo vi cosas como esas en mi experiencia. Supongo que escribir la novela es también una forma de exorcizar todas esas memorias.
La novela sugiere que el clasismo y el racismo también se reproducen entre peruanos de distintas regiones o clases sociales. ¿Cómo ves esa dinámica?
El Perú de Todas las sangres de Arguedas es el Perú de toda la sangre. Ese clasismo y racismo entre todas las regiones del Perú es parte constitutiva de la novela peruana. Desde los prejuicios que esclavizan a los cadetes de La ciudad y los perros hasta toda la bestialidad que viven los personajes rurales de Arguedas. Mi novela ha tenido que hacerse cargo de eso también, pero yo lo he hecho de una manera sistemática a lo largo de todo el tejido de El principio del mundo. Nadie tiene un valor en sí mismo. Todos son cholos de otros. Los discriminadores en un espacio son discriminados en otro. La discriminación ocurre en todos los espacios, incluso en la escuela nocturna entre empleadas domésticas e incluso en los propios pueblos del Ande. ¿Cuáles son sus efectos? Pues diría que la imposibilidad de constituir un tejido social, la incapacidad de ser un “nosotros”, porque lamentablemente en nuestra sociedad mucha gente no se considera igual a otra. Los peruanos solo nos unimos cuando ganamos un concurso gastronómico o logramos la clasificación al mundial. Luego, el país se vuelve a dividir, y más en un año electoral como este.

El relato pone un énfasis fuerte en las mujeres —la madre y la profesora— como fuerzas de cuidado. ¿Qué simbolizan para ti?
Ese es un tema central de mi libro, y allí tengo la impresión de que mi novela se desmarca de las grandes novelas peruanas anteriores. Pone énfasis en la labor de las mujeres, asociada al cuidado y al afecto. El tema del padre, del poder y del autoritarismo ha sido central en la narrativa del Perú porque el padre es la figura que peor ha funcionado. Sin negar esos puntos, mi novela pone énfasis en las labores que las mujeres hacen sobre los futuros peruanos. En ese sentido son claves la profesora Marina Montemayor, una mujer de clase alta que vive en San Isidro, y Candelaria Amaro, la mujer indígena. Ambas son fuerzas fundamentales, maternas. Simbolizan el principio del mundo. No en vano una se llama Marina y la otra Candelaria; en ellas se cifra el agua y el fuego.
Mencionas conexiones con Toni Morrison y la “novela total”. ¿Cómo dialoga tu obra con estas influencias?
Precisamente Toni Morrison ha hablado de este concepto espléndido de la “mutualidad”, que es femenino, y que El principio del mundo ha querido rescatar. Mucha de la novela latinoamericana ha explicado el mundo desde el principio depredador masculino. Pienso en 2666 de Roberto Bolaño, donde la madre es lo que no está a lo largo del libro. Sin duda, la lectura de escritoras mujeres, muchas de ellas racializadas, ha sido central: Morrison, Smith, Walker o Lahiri, pero también autoras latinoamericanas como Fernanda Melchor, Gabriela Cabezón Cámara, Dolores Reyes o Mariana Enríquez. En La dimensión desconocida de Nona Fernández, por ejemplo, la ansiedad ante la Historia proviene de una madre que va a dejar a su hijo tomar el metro solo por primera vez. Toda esa imaginación es femenina. Creo que mi novela comparte algo de esa ansiedad materna.
¿Qué lecturas o experiencias fueron clave durante este proceso?
La novela extensa, sin lugar a dudas; de Canción de Salomón a Conversación en la catedral. En 2666 de Bolaño aparece Florita Almada, una visionaria que dice que el mundo se salvará cuando una mujer decida alfabetizar a las niñas indígenas. Para mí es ahí donde se instala mi novela. Supongo que, más allá de las lecturas, ha sido fundamental ser padre durante todos estos años. Ver a mi compañera de vida siendo madre también ha sido fundamental. Debo decir que en el proceso perdí a mi madre; entiendo que ese también ha sido un evento que ha iluminado y oscurecido la escritura del libro.
En otro ámbito, ¿cómo ves la situación del Perú tras la caída de Dina Boluarte?
Creo que los peruanos, citando un título de una novela estupenda de Laszlo Krasznahorkai, estamos viviendo una melancolía de la resistencia. No tenemos demasiadas esperanzas. Vivimos bajo un sistema de dominación que se ha instalado en el Congreso; una mafia está “gobernando” el Perú sin programa, sin norte, sin idea del bienestar común. Se trata de una banda de politicastros que atienden intereses variados alejados de cualquier tipo de preocupación por el país. Las elecciones se tornan inciertas porque hay una crisis de representación total. Tenemos una cantidad delirante de aspirantes a los cargos públicos y casi ninguno tiene una sola idea razonable. De alguna manera sentimos que estamos al garete y, ante ese panorama, solo parece quedar la melancolía como una forma de sostener el desaliento.

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