Por Pablo Retamal N.Roberto Chuit Roganovich, autor argentino: “Sabemos más de galaxias lejanas que de la vida que tenemos bajo los pies”
El ganador del Premio Clarín de Novela desentraña el universo de lo weird y el horror ecológico en su obra premiada, Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores, donde el mundo fungi se convierte en una metáfora de una totalidad natural ajena a lo humano.

Fue su interés por el mundo fungi, el de los hongos, setas y otros heterótrofos, el que le disparó la idea de una novela al argentino Roberto Chuit Roganovich.
“Hacía mucho tiempo venía interesado en el mundo fungi. De un momento a otro, y casi de forma orquestada, el universo del gaming y la llamada industria cultural, como también ciertas derivas de la filosofía y la medicina empezaron a hacerse cargo del problema. Me conmovía mucho, y me conmueve al día de hoy, que sepamos más sobre el movimiento de las esferas celestes, sobre la composición de estrellas lejanísimas, sobre el modo en cómo se comportan galaxias que nunca vamos a visitar, que de una forma de vida tan particular, tan extraña, y que tenemos tan cerca. Casi que hasta parece contraintuitivo".
“En mi primera novela, Quiebra el álamo, la alteridad radical, la otredad inasimilable por las categorías antrópicas, venía del cielo, de arriba, del espacio exterior. En esta segunda novela me interesaba trabajar el procedimiento inverso: qué si la otredad radical, incomprensible, no viene de las estrellas, sino que se encuentra ya acá, sepultada bajo la tierra".
Así, le dio forma a una novela compleja llamada Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores, que se adjudicó los premios Futuröck de Novela 2022 y Clarín de Novela 2024. En sus páginas, narra la historia de un ser fungi misterioso que recorre la tierra y que ha sido observado en diferentes momentos del tiempo en 1504, 1888 y 1945.
- Tu novela mezcla ciencia ficción, weird y terror ecológico. ¿Cómo piensas hoy la “literatura de género”?
No es una locura sostener que si aparecen nuevas tendencias creativas es porque existen y habitan entre nosotros nuevos problemas que todavía no podemos resolver como comunidad. Creo que lo weird -y todas sus variantes- es de las pocas disposiciones artísticas que hoy intentan hacerse cargo de las “fugas ideológicas del capitalismo contemporáneo”; de las pocas expresiones que intenta hacerse cargo de aquellas cosas que todavía flotan, relativamente indeterminadas y sin respuesta, fuera del relato que nos propone el capitalismo. Estos miedos, estos temores y esperanzas, estos deseos y estas vergüenzas son el contenido concreto de lo weird. Y difiere en mucho al tipo de contenido que hoy se encuentra en la literatura realista, que parece estar atravesando cierto agotamiento para nombrar el mundo, o estancada todavía en cierta reflexión subjetiva, individual, de identidad pequeñoburguesa, que no me estimula demasiado. En el plano formal creo que sucede algo similar. En los últimos años vienen siendo obras alejadas del realismo las que presentan algún tipo de experimentación novedosa, desde el plano estructural y gramatical al de la sintaxis. El ejercicio de esas tensiones me parece indispensable para la subsistencia de la literatura como expresión estética. Personalmente, amo el realismo. Hay mucho de lo que intento hacer que ya está, por nombrar solo algunos contemporáneos, en Cormac McCarthy, en Claire Keegan, en Mircea Cărtărescu y muchos otros. Va a ser hermoso cuando se renueve. Y espero también, cuando llegue el momento, poder contribuir modestamente de algún modo.

- ¿Qué autores o tradiciones te influyeron y cómo dialogan con tu escritura?
En Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores las referencias a Robert Chambers, Arthur Machen, H. P. Lovecraft, entre otros, son más que directas. Quería que así lo fueran, casi burdas, como rindiendo alguna clase de homenaje. En un plano más general, y al menos en lo que respecta a esta novela, sí fue obligatorio para mí volver a ciertos diarios de la Conquista (desde Colón a Bartolomé de las Casas a Visión de los Vencidos de Miguel León Portilla), volver a la literatura gótica y epistolar, volver a los textos místicos.
- En la novela, la tecnología y lo biológico parecen fundirse. ¿Te interesa más la “máquina” como objeto técnico o como una metáfora de nuestras propias limitaciones biológicas?
Me interesa como metáfora, sin lugar a dudas. El mundo globalizado tiende a presentarse como una unidad indivisible, una unidad máquina perfecta. Los mercados, las empresas y el internet contribuyen mucho al imaginario de la hiperconexión. Esa imagen no es más que un mito. Probablemente nunca estuvimos tan desconectados el uno del otro como en los tiempos que corren: el mundo contemporáneo no produce sino archipiélagos, estructuras insulares pequeñísimas. A contrapelo de ese mito, me interesaba trabajar verdaderamente la idea de la totalidad. Al menos una forma de totalidad cercana a lo que Spinoza entendía por sustancia. Una totalidad natural, no humana. Una totalidad perteneciente a un “tiempo cósmico” desacoplada radicalmente del “tiempo antropomórfico” y, como tal, una totalidad sin ningún tipo de reparo ni interés respecto del proyecto de vida antrópico. En cierto sentido, el bionte con el que trabajo en la novela es una especie muy particular de “máquina”. Es una de mis mayores obsesiones, y aparece siempre en lo que escribo: la categoría filosófica de Dios. Y cómo ese concepto encarnado (ya en una planta, ya en un obelisco como en mi primera novela) produce efectos concretos en personajes y comunidades humanas.
- El libro conecta momentos como la colonización, el siglo XIX o la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué te interesaba explorar de la historia humana?
A nivel muy general la novela se desarrolla en momentos muy críticos de la especie humana, al menos en lo que a violencia respecta. La historia de nuestra especie es bastante violenta y bien podría haber elegido otros momentos históricos para desarrollarla, pero decidí esos: la Conquista, la Campaña del Desierto, la Segunda Guerra Mundial, y un último momento proyectado hacia el futuro. Casi todos estos momentos están modelizados en un territorio específico, que es la Patagonia. La Patagonia sigue siendo para nosotros un espacio más que problemático. Desconozco cómo es el caso concreto de Chile y su vínculo con la Patagonia. Conozco poco su historia política con la Patagonia, más que a través de algunas obras que me encantan, como podría ser el cine de Patricio Guzmán. Para nosotros, la Patagonia es un territorio en donde se juega la definición misma de territorio. Su concepto es un campo de batalla simbólico, político, económico. La literatura argentina nace, en parte, en las disputas por la representación de la Patagonia. Echeverría, Sarmiento, Hernández: la Patagonia como el límite entre la civilización y la barbarie, el límite entre lo científico y lo mágico, entre lo racional y lo mítico, entre la cultura y la naturaleza. Me interesaba jugar con el hecho de que aquella enorme extensión de tierra que algunos de nuestros escritores, políticos y militares llamaron “desierto” durante tanto tiempo no era sino el lugar específico en donde se encontraba la única “totalidad” verdaderamente existente en la Tierra.
- ¿Dirías que la novela plantea una crítica a la idea de progreso?
No pienso en un arte de protesta. No me interesa, a pesar de mi propia pertenencia filosófica y pareceres políticos. Sin embargo, acercarse a etapas históricas concretas, usarlas como setting de la acción narrativa y, sobre todo, como escenarios de la violencia, permite que aparezcan esas lecturas. La novela atraviesa el dolor de la Conquista y de la Campaña del Desierto, la fiebre positivista de finales de siglo XIX, y por último el delirio atómico de Hiroshima y Nagasaki; también tematiza la pérdida de identidad y el borrado de la subjetividad. Es más que lógico, entonces, que exista gente que quiera leerla como una crítica al imperialismo, al capital, a la explotación del cuerpo indígena americano y africano, a la explotación no planificada de los recursos naturales. En definitiva, siguen tratándose de traumas que no hemos sabido resolver ni reponer.

- En algunos textos hablas de la literatura como una forma de pensamiento. ¿Qué puede pensar la ficción que no puede pensar la filosofía?
Sí creo en la potencia gnoseológica de la literatura. Una de las formas del “extrañamiento” con la que trabajaban los formalistas rusos de principio de siglo XX refería a la “suspensión de la percepción algebraica del mundo”. Hay expresiones muy particulares del arte que desautomatizan la percepción estandarizada que tenemos del mundo y sus objetos y la resetean por completo. El arte, al menos el que me atraviesa, provoca cortes bastante radicales en nuestras formas de percibir el mundo. Un arte que no incomode las formas ya trianguladas y taxonomizadas de la percepción no es un arte que pueda llegar a interesarme demasiado. No creo que haya nada que la filosofía no pueda pensar. En todo caso la literatura sí tiene una ventaja: se puede permitir ser desprolija. La literatura no tiene que ser sistemática, rigurosa, analítica, ni seguir una estructura metodológica. La literatura no tiene que construir necesariamente sistemas, ni conceptos, ni categorías. Puede moverse libre, equivocándose, y sin tener que rendirle cuentas a nadie más que a su propia tradición.
- Has dicho que eres “adicto a escribir”. ¿Cómo se vive esa relación con la escritura en el día a día?
Tengo una relación complicada con la escritura. En los momentos en los que estoy verdaderamente conectado con un proyecto escribo muchas horas por día. Esto no quiere decir que avance rápido. Por lo general avanzo muy lento. Cuando estoy muy conectado con un proyecto lo único que tengo verdaderamente ganas de hacer es escribir. Ahí me convierto en una especie de ermitaño: no me gusta salir a fiestas ni ir a eventos sociales ni viajar ni nada. Solo quiero escribir. El problema es que, muy en el fondo, pero también muy en la superficie, detesto escribir. No me gusta, no la paso bien. Nunca me siento tan en frente de mis propias incapacidades como cuando intento escribir. Lo único que sin dudas disfruto es armar universos con los ojos cerrados, hacer dibujitos de las caras de los personajes, diagramar los arcos de cada uno de ellos, leer e investigar para darle corporeidad al mundo creado: todas actividades que no tienen que ver con la escritura propiamente dicha. Es una relación complicada. Aprenderé a resolverla, supongo. Espero.
- Obtuviste con esta novela el Premio Clarín de Novela, ¿Qué significa para ti?
Me cuesta mucho hablar de “carrera” todavía. Me resisto, diría que por vergüenza. Tengo 33 años y solo dos novelas publicadas. Cuando pienso en el caso argentino, por ejemplo, y en el hecho de que Borges haya publicado su primer libro de cuentos a los 36 años, y Cortázar a sus 37, me dan ganas de no hacerme cargo de nada de lo que escribí hasta ahora, ni hacerme cargo de nada de lo que escriba hasta que cumpla 40. Ahora bien, cuando me libero de ciertos miedos, sí puedo entender qué hizo esta obra en mi “trayectoria”, por llamarla de algún modo. Haber ganado con Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores el Premio Clarín de Novela, con un jurado compuesto por Mariana Enriquez, Samanta Schweblin y Alberto Fuguet, me colocó muy de repente dentro del panorama de la “literatura latinoamericana contemporánea”, y más todavía, del panorama de la literatura escrita por gente que nació en la década de los noventa. En cualquier caso, todavía me estoy acostumbrando: no solo al lugar que de un momento a otro se supone que empecé a ocupar sino también a la expectativa respecto de las próximas cosas que pueda llegar a escribir.
- En otro ámbito, ¿qué piensas de lo que ha sido el gobierno de Javier Milei?
No lo puedo pensar en pasado porque todavía sigue aconteciendo. Al menos hasta dentro de dos años va a seguir aconteciendo, con posibilidades de continuidad. Me avergüenza mucho que este sea el gobierno del país en el que nací y que amo, y me avergüenzan también, y mucho, las condiciones que tuvieron que obligatoriamente darse para que algo como esto fuese acaso atendible para el electorado. Milei es nada, solo un fungible. El problema es lo que está detrás. Estamos atravesando un proyecto de saqueo y ocupación, lisa y llanamente. Va a costar demasiado volver a poner una piedra sobre la otra. Además, y esto no es algo que me interese particularmente, pero todo es muy ordinario y lumpen. Por lo menos a los nazis los vestía Hugo Boss y tenían lindas chaquetas y tapados. Ja. Si vas a matarme, de última, que sea con algún tipo de clase o decoro. Suerte con Kast.

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