Por Pablo Retamal N.Un enamorado de la muerte: los últimos días de Jorge Teillier
En una casa sencilla de Cabildo, lejos de los ruidos del siglo, el poeta de los gatos silenciosos y la mirada pueblerina tejió su despedida. Entre el llantén del doctor Charlín y la sombra de la cirrosis, Teillier habitó ese rincón donde el tiempo se detiene a escuchar el paso del agua. Lo recordamos hoy, a 30 años de su partida.

En sus últimos años, el poeta Jorge Teillier Sandoval vivió cerca de La Quintrala. En rigor, a un tiro de piedra del sector llamado El Molino de Ingenio, que en un tiempo anterior perteneció justamente a la célebre Catalina de los Ríos y Lísperguer. Pero lejos de leyendas coloniales de azotes, rituales y venganzas, en esos parajes de Cabildo, al interior de la Región de Valparaíso, Teillier residió en una sencilla casa de madera, quizás buscando el contacto directo con aquellos elementos propios del mundo rural, esos que solo los callos de las manos cuentan la verdad.
Tenía 16 gatos pero solo cuidaba a uno llamado Pedro, contó al programa El Mirador, de TVN, a inicios de los 90. “Creo que vivir de lo cotidiano es bastante esencial, las pequeñas cosas, el pequeño mundo”, dijo en aquella ocasión. Un poco definiendo su vida, pero también ese universo que lo hizo conectar con los lectores, que acaso buscaron en su poesía un refugio a los vicios del mundo moderno.

Para entonces, Teillier era un nombre instalado dentro del (enorme) panteón de la poesía chilena, ese cuyos nombres capitales son Gabriela Mistral, Pablo de Rokha, Vicente Huidobro, Nicanor Parra y Pablo Neruda, pero justo un peldaño más abajo está Teillier (junto a otros como Elvira Hernández, Gonzalo Rojas o Enrique Lihn). Sin embargo, el oriundo de Lautaro nunca perdió su sencillez, afabilidad y una mirada de la vida algo pueblerina, que en definitiva marcó su poesía. El poeta y abogado Armando Uribe Arce habló sobre eso en el volumen Nostalgia del Futuro, Biografía de Jorge Teillier (2015).
“Yo estudiaba Derecho en la Universidad de Chile, cuando mi compañero Antonio Avaria me sugirió tomar algunas asignaturas de Literatura, en el Instituto Pedagógico de esa misma universidad, lo cual era posible, pero yo no quise, porque quería priorizar mis estudios de Derecho. No obstante, lo acompañé a más de algún encuentro de escritores y ahí me presentó a Teillier, que era una persona muy liviana de sangre y tenía, quizá por ser nieto de inmigrantes, ese sentido práctico, también en el trato, que distingue a esa gente del común de los chilenos –mis antepasados llegaron con Pedro de Valdivia–, que en general somos bastante brutos, lo cual podría ser hasta positivo, en el sentido del vigor. Tuve buenas relaciones con él, pero nunca me interesó hacer amistad y sólo volví a verlo, también por el tema de mi destierro, el año 92, en el Hospital de la Universidad Católica, cuando enfermó de gravedad".

Ese año, efectivamente, Jorge Teillier debió visitar la clínica de calle Marcoleta debido a una crisis de salud originada por una cirrosis, enfermedad que en ese 92 posó su larga y oscura sombra de muerte sobre el poeta. Era solo cosa de días, pero ocurrió un imponderable, de otro mundo, de otro tiempo. Así lo recuerda el poeta Francisco Véjar en el sitio Círculo de Poesía.
“Después de la crisis que tuvo el año ’92, cuando agonizó en el Hospital Clínico de la Universidad Católica (ocasión en que incluso el cura José Miguel Ibáñez Langlois le dio la extremaunción), Teillier logró recuperarse milagrosamente de la descompensación de su cirrosis terminal, gracias a los cuidados del doctor Víctor Charlín. Jorge, en su casa de Las Condes, en San Pascual 355, quedó con escaras en ambos talones de los pies y el doctor Charlín le proporcionó una dieta libre de carnes y frituras, compensando esto con legumbres bañadas en aceite de oliva, seis claras de huevo al día –por su condición de reconstituyente hepático–, llantén, matico y otras yerbas. Tal vez esta mezcla permitió que viviera cuatro años más".
Armando Uribe también mencionaba algo similar: “Él tenía una fisonomía impresionante de poeta, también en las conductas, como el tema del alcohol y las muchachas, y todo ese cuento como iniciático, a veces tan estéril, que a mí nunca me interesó. Lihn, en cambio, a quien conocí después y también era una figura emblemática, era un sujeto bastante pesado de sangre para ser sincero, bastante vanidoso… Teillier era un poeta espontáneo, sencillo y muy auténtico. Daba la sensación sicológica de indefensión; parecía estar diciendo siempre palabras finales…”.
Después de ese susto del 92, asegura Véjar, Teillier paró un tiempo de consumir alcohol. Y parecía que tomaba ese barco, pero nunca hay que cantar victoria. “Teillier estaba más brillante que nunca. No bebía alcohol y se restablecía de un modo inusual respecto a otras personas con cirrosis terminal. Luego de que el doctor Charlín le hiciera la prueba hepática, se descubrió que se había regenerado una cuarta parte de su hígado. En una conversación personal del doctor con la familia de Jorge, les dijo que podría vivir 18 años más si no volvía a beber alcohol, ya que la parte recuperada del hígado permitía cumplir todas las funciones vitales sin problemas, claro que ateniéndose a una dieta estricta. El error fue contárselo a Teillier”.

Desde entonces, el poeta recayó, recuerda Véjar. “Jorge Teillier volvió a beber a fines del año ’92 y no paró hasta una semana antes de su fallecimiento. Fue un enamorado de la muerte porque, como lo reconoció, se suicidó lentamente. No había nada de ingenuidad en su decisión. En reiteradas oportunidades me dijo que no había motivo para llorar sobre la leche derramada: el ejemplo estaba a la vista de personas como yo, con inclinaciones al alcohol, y dependía de mí asumir los hechos y las consecuencias”.
Sin embargo, de tanto en tanto, Teillier se daba el tiempo para conversar de poesía. Por ejemplo, en 1994, en una extensa entrevista que concedió a la revista Simpson 7. “La poesía no apaga ningún fuego, lo enciende. La poesía es una gracia. Es un nacimiento, no es un oficio ni una artesanía. Y se acaba también. Llega la sequedad”.
Y comentó que por entonces, leía a los poetas suecos. “Tienen mucho que ver con los chilenos. Sobre todo con los del Sur de Chile. Son poetas muy de paisaje. Todas sus ciudades están dentro del paisaje. No han perdido el concepto del bosque, la nieve, la lluvia, los elementos; las ciudades son un lugar donde estar no más, pero realmente viven con la naturaleza”.

También lo hizo en una recordada entrevista en el programa La belleza de pensar, que en 1995 transmitía el canal de cable ARTV, y que conducía Cristian Warnken. “Para mí fue muy emocionante que él llegara a la entrevista, porque no estaba muy bien -recordó Warnken a Culto, en 2023-. Pero llegó, se preparó, se vistió con chaqueta y corbata. Le dije: ‘Oye Jorge, te vestiste súper elegante’, y él me respondió: ‘Es que a los poetas en Chile no se les respeta’, y me dio ejemplos de otros países donde a los poetas se les hacía descuentos en parques de entretenciones y lugares así”.
Teillier se animó con una definición sobre el arte poético: “El poeta tiene que darse a sí mismo, en el fondo, está escribiendo para todos, no está escribiendo sobre él, está buscando la comunicación. Como dice Teófilo Cid: ‘Un poeta escribe para que lo lea un joven de provincia. Ese es el público que buscan los poetas’”.
Y reconoció que en sus versos hay una intención de preservar aquello casi mítico, esos elementos bucólicos que el progreso amenaza con arrollar. Y lejos del tono alto y épico de Neruda o Zurita, Teillier optó por la intimidad de la melancolía. “Yo vivo de recuerdo pero también invento cosas nostálgicas, mi poesía refleja la vida provinciana, en contraposición de la vida ciudadana. Nunca he vivido tantos años en una ciudad, nunca me incorporado a la vida ciudadana mental. Sin ser un poeta aldeano o campesino, participo de un tipo de vida que ya se fue”.
La noche del noche del 15 de abril de 1996, Teillier habló por teléfono con Francisco Véjar. “Hablamos una hora. Fue una conversación profunda en torno a las cosas que yo quería hacer en el futuro. Me pidió expresamente que armara lo antes posible el libro Hotel Nube y se lo mandara, como habíamos quedado, al poeta Omar Lara...Luego Teillier me reveló que estaba con mucho dolor, sobre todo en las costillas de su costado derecho, debido a la inflamación de su hígado. Además, sufría un pinchazo hiriente en todo el cinturón hepático. Eran crisis en donde el estómago no resistía el alcohol y se producían copiosas náuseas. Al final de la conversación, le dije que se tomara un tranquilizante y se durmiera".
Esa noche -cuenta Véjar- Teillier tuvo una crisis, primero acudió al hospital de La Ligua, donde llegó muy mal. Hospitalizado en el recinto se le produjo un paro cardio respiratorio, que obligó a trasladarlo en ambulancia al hospital Gustavo Fricke, de Viña del Mar; eran las 00.30 de la noche. En el lugar se mantuvo internado tras ser estabilizado, pero el reloj ya corría hacia atrás.
“Tuve la suerte de poder entrar a la pieza donde reposaba Teillier -recuerda Véjar-. Pese a su deterioro, me reconoció desde la cama del hospital y me dio la mano. ‘Viejo Pancho –dijo luego–, haz algo. Llevo tres días aquí y no me quieren dar de comer’. Entonces me di cuenta de que estaba en un delirio. Conversamos brevemente y me acuerdo de que me despedí de él dándole un beso en la frente. ‘Fuerza, Jorge, fuerza…'. Y salí de la habitación. Ésa fue la última vez que lo vi con vida".

Finalmente, la cirrosis se llevó a Teillier el 22 de abril de 1996. Desde Viña se llevó su féretro al Molino del Ingenio, en La Ligua. “Lo velamos allí, en una reunión privada, y al día siguiente fue conducido a la iglesia de la comuna. Por petición de Cristina y del cura, que conocía a Jorge, leí el poema Para hablar con los muertos. Después lo llevamos al cementerio de La Ligua, donde yace hasta el día de hoy", recuerda Véjar.
Es que probablemente al cruzar al otro lado de la noche, Teillier recitó al aire esos versos, que dicen: “Para hablar con los muertos / hay que elegir las palabras / que ellos reconozcan tan fácilmente / como sus manos / reconocían el pelaje de sus perros en la oscuridad./ Palabras claras y tranquilas / como el agua del torrente domesticada en la copa / o las sillas ordenadas por la madre / después que se han ido los invitados”.
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