Por Pablo Retamal N.Hernán Rivera Letelier: “Cuando niño mi sueño era ser un fracasado... y fracasé”
A propósito de la llegada a librerías de Cuatro balas para el Tira Gutiérrez —el volumen que reúne toda su saga criminal—, el Premio Nacional de Literatura repasa con Culto el caso real que gatilló su "epifanía", su desdén por el género negro y la creación de un detective a su imagen y semejanza.

Sin pensarlo mucho, Hernán Rivera Letelier se lanzó al desafío solo con las ganas. Nunca había escrito una novela policial, pero un buen día tuvo una epifanía. “Estaba en el café y llegó una amiga que trabaja en los tribunales -recuerda al teléfono con Culto-. Andaba con una carpeta que contenía los testimonios de una niña a la que violaron en el cementerio y la declaración del violador. Me puse a leer eso de un tirón mientras conversábamos; el testimonio de la niña era tremendo, me impactó muchísimo. En ese momento me dije: ‘Voy a hacer una novela policial’“.
Y así nomás, a puras ganas, Hernán Rivera Letelier fue dándole forma a su primera novela policial. Creó a un personaje, el Tira Gutiérrez, un exminero devenido en investigador privado, quien tiene como asistente a una joven evangélica, la hermana Tegualda. “Llegué a la casa y comencé a escribirla. Pensaba que no iba a resultar, pero le fui agarrando el gusto”. Así nació La muerte es una vieja historia, (2015), a la que por su éxito le seguirían otras dos, completando una trilogía: La muerte tiene olor a pachulí (2016) y La muerte se desnuda en La Habana (2017). Y como si fuera poco, a pedido del público, publicó una cuarta. El secuestro de la hermana Tegualda (2021). “De hecho, antes de terminar la primera, ya se me había ocurrido otra historia con el mismo Tira Gutiérrez en El Salvador. Y así fue”, cuenta el Premio Nacional de Literatura 2022.

Esas cuatro novelas fueron publicadas por la casa editora Alfaguara, la misma que hoy las reúne en un solo tomo: Cuatro balas para el Tira Gutiérrez, que permite leerlas todas de una sola vez. Algo bastante particular para quien ha señalado no ser un gran lector del género negro. “A mí las novelas policiales no me han gustado nunca. Siempre había dicho que jamás iba a hacer una novela policial, porque no me atraían y además pensaba que no era capaz de hacerlo”, confiesa.
¿Ni siquiera en su juventud fue lector de novela policial?
Cuando niño, aprendí a leer a los 7 años y me devoraba todo lo que se cruzaba en mi camino. Hasta los 12 años leía principalmente historietas, pero a esa edad empecé con las novelas que vendían en los quioscos: historias de ciencia ficción, de espías, de vaqueros y de policías. Me las leía casi todas; pasé como cinco años en eso. De ahí me quedó una especie de hastío o desdén por el género policial y sus dinámicas.
El Tira Gutiérrez, al igual que usted, también fue minero, le gusta la música mexicana y frecuenta un café en Antofagasta
Los lectores en Antofagasta dicen que soy yo mismo, me encuentran idéntico al Tira Gutiérrez. Mi idea original era crear un personaje distinto, pero como lo que más conozco es la pampa, decidí que fuera pampino. Le puse muchas cosas mías o de las que vi en el desierto, y así fue tomando forma.

¿Qué es lo más difícil de escribir una novela policial?
Para mí lo difícil, más que atrapar al criminal, lo que buscaba era atrapar al lector. Quería contar una historia bien estructurada con personajes que tuvieran cualidades distintas a las del policial clásico. El Tira no tiene tanta inteligencia, ni tanto valor, ni tampoco armas. Yo soy un tipo sumamente pacífico y antibélico, odio la maldad. Por eso se me ocurrió que, en vez de pistola, portara un triángulo de tostada con mantequilla. Fue un modo de reírme del género.
El Tira Gutiérrez no es un detective glamoroso. Tiene jotes de mascotas, está bien venido a menos y salva las situaciones como puede. ¿Siempre pensó en darle ese carácter de perdedor?
Claro que sí. Siempre he dicho que me atraen los personajes perdedores y fracasados. Cuando niño, mi sueño era ser un fracasado... y fracasé, porque terminé teniendo éxito. Soy un fracasado porque fracasé en mi intento de serlo.
Además del caso que le mostró su amiga, ¿conversó con personal de la PDI o del rubro para armar este universo, o se lanzó a escribir directamente?
Me lancé a escribir sin saber absolutamente nada de la policía ni de los detectives. No le pregunté a ningún tira, me las arreglé solo con lo que sabía.

¿Considera que la novela policial es una buena herramienta para retratar las problemáticas sociales?
Por supuesto, son ideales para eso. Al combatir el crimen en la ciudad, los detectives entran en contacto directo con las realidades y los problemas cotidianos de la gente.
En el tercer libro, La muerte se desnuda en La Habana, el Tira viaja a Cuba junto a su hermana Tegualda. ¿Cómo fue su experiencia en la isla y cómo la utilizó para recrear esa atmósfera?
He estado en Cuba once veces. La primera vez fui invitado por la Casa de las Américas para ser jurado en su concurso de novela. Era un país que deseaba conocer, pero en ese viaje me mostraron una realidad muy idílica, paseándome por hoteles de cinco estrellas. Después empecé a ir por cuenta propia y también invitado por la Feria del Libro de La Habana. Allá me hicieron varios homenajes porque me publicaron La Reina Isabel cantaba rancheras, Fatamorgana de amor con banda de música y Los trenes van al purgatorio. Siempre la pasé muy bien. Cuando se me ocurrió escribir esta tercera novela, tuve que recorrer todos los antros de La Habana; me tocó “sacrificarme” por la investigación. Todo lo que se relata ahí es prácticamente real. Se decía que en Cuba no había prostitución por decreto, pero la realidad era muy distinta.
Hablando de Cuba y su literatura, ¿qué relación tiene con el policial isleño, por ejemplo, con autores como Pedro Juan Gutiérrez o Leonardo Padura?
Me gusta mucho lo de Leonardo Padura, me parece un tremendo escritor. A Pedro Juan Gutiérrez, el de la Trilogía sucia de La Habana, no lo he leído mucho, no me atrae tanto su propuesta.
¿Qué opina del auge que ha tenido la novela negra en estos últimos años, con tantos escritores volcándose al género?
Es un fenómeno que viene desde hace unos veinte años. Fue una moda muy fuerte, pero tengo la impresión de que ya está pasando.

¿Ha pensado en retomar las aventuras del Tira Gutiérrez o siente que con estos cuatro libros ya es suficiente?
Como te decía, cuando empecé la primera pensé que sería una sola. Luego surgió la segunda y, antes de terminarla, ya tenía la tercera en mente, completando la trilogía. Sin embargo, un día estaba en la terraza de un café en Antofagasta y se me acercó una señora muy elegante. Me dijo: “Oiga, acabo de leer su última novela policial y el capítulo final me impactó. Qué Sombras de Grey ni qué ocho cuartos, su capítulo me dejó más caliente que la cresta (ríe) ¿Por qué no escribe otra?”. Para contentarla, le respondí: “Mire, esto es una trilogía y ya se cerró, pero voy a escribir una cuarta parte que se llamará El secuestro de la hermana Tegualda, ¿le gusta?“. La señora quedó encantada. Poco después tuve que viajar a Cuba para una Feria del Libro. Una mañana en la que no había mucho que hacer en el hotel, me senté frente al computador, escribí el título y la historia empezó a fluir sola. Así nació esta cuarta entrega, que debí explicar como una especie de apéndice de la trilogía original. Si de pronto se me ocurre otra buena historia, la voy a escribir igual.
¿Cómo ve el panorama de la literatura chilena actual?
La verdad es que casi no leo narrativa actual. Más que leer, me dedico a releer a mis maestros: vuelvo a (Guillermo) Cabrera Infante, a Borges, a Cortázar y al arcángel San Gabriel (García Márquez) que es mi gran referente. Por eso conozco muy poco de lo nuevo.
A propósito de Borges, estamos a las puertas de conmemorar 40 años de su muerte. ¿Qué es lo que más rescata de su obra?
Más que su poesía, de Borges me fascina su prosa, sus cuentos y sus ensayos. Lo que siempre me ha maravillado de él es su tremenda inteligencia para escribir y la lucidez con la que estructuraba cada una de sus páginas. Él me enseñó a adjetivar, adjetivaba muy bien. Yo era un hincha de sus adjetivos.

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