Diario Impreso

A la sombra de Faulkner

<P>La publicación de <I>Cuentos reunidos</I>, un volumen que aglutina un tercio de la obra cuentística del autor de <I>El ruido y la furia </I>y <I>Las palmeras salvajes</I>, obliga a repasar la vida de un hombre que, antes de alcanzar la gloria, fue visto como un borracho irredento y un mercenario de las letras. Con todo, decenas de autores -Onetti, García Márquez, Rulfo- crecieron bajo su influjo y se hicieron grandes al amparo de sus textos.</P>

Los asistentes a la ceremonia, vestidos con sus mejores galas, no entendían nada de lo que ese hombre de estatura breve y nariz aguileña decía. La amplificación se acoplaba y su acento sureño no hacía más que enrarecer sus palabras. El mito agrega que esa noche de octubre de 1949 en Estocolmo, William Faulkner, 52 años, recibió el Premio Nobel de Literatura con media botella de whisky entre pecho y espalda. Los aplausos irrumpieron automáticos una vez terminado el discurso, pero sólo al día siguiente, al leer los diarios, la gente se enteró de lo que había dicho. Faulkner habló del sentido de la escritura como vehículo de la trascendencia humana y, quizá previendo su propia trascendencia, le habló a los jóvenes escritores, "entre los cuales ya hay uno que algún día se parará aquí donde yo estoy".

Más allá de que esa profecía se cumpliera (porque García Márquez, deudor suyo como muchos otros, conquistó el mismo trono literario 32 años después), 1949 debió ser el mejor año en la vida de Faulkner: le dio el reconocimiento que en su país no tenía, la tranquilidad económica que siempre persiguió y una amante sueca por la que enloqueció. Pocos meses después, ya en 1950, publicó la mejor antología de sus relatos. La armó él mismo y hoy vuelve a aparecer bajo el mismo nombre: Cuentos reunidos.

Aunque en él sólo hay un tercio de la obra completa del escritor nacido en 1897 en Mississippi, se trata, como dice en la introducción el traductor Miguel Martínez-Lage, de una "puerta de acceso perfecta al universo Faulkner". No sólo están sus miedos, sus sueños, sus obsesiones. Con más o menos velos, también los entresijos de su propia vida irrumpen en diferentes piezas que, en muchos casos, son la simiente de novelas como Los invictos, El villorrio y La ciudad.

Faulkner no pasó por la academia. Creció oyendo historias de esclavos y el eco no tan remoto de las balas de la Guerra de Secesión (1861-1864). Se hizo hombre en una sociedad infectada de odio y miedo en la que el color de la piel era determinante. Cuando da forma al condado imaginario de Yoknapatawpha lo hace casi a imagen y semejanza del Oxford que habitaba. La cuestión racial es la piedra angular de ese universo y se desovilla con maestría en el relato Incendiar establos: "Son como los caballos y los perros", dice un personaje en relación con los negros; "No son nada en este mundo si el mundo es sensato, que lo es. No se contentan sino con sudar", dice otro.

En las páginas de Cuentos Reunidos, Faulkner recoge esa tensión cotidiana que se vivía en los estados sureños de Norteamérica. Pero en ninguno esa tensión es más viva que en Sequía en septiembre, donde linchan a un negro sin más argumento que los dichos de una mujer blanca.

De acuerdo con una información publicada esta semana en The New York Times, ese fresco social no sólo habría sido fruto de la observación. La revelación de que Faulkner se habría "inspirado" en un minucioso diario que llevaba un rico algodonero de Mississippi, a mediados del siglo XIX, ha puesto en tela de juicio su originalidad. Edgar Wiggin Francisco III, bisnieto de Francis Terry Leak, el algodonero en cuestión, dijo que Faulkner tomó copiosas notas del manuscrito en sus visitas a la casa familiar de Holly Springs y que estaba fascinado con los diferentes volúmenes del diario. Incluso, muchos de los nombres que se registran en varios de sus relatos y novelas, como Desciende, Moisés, habrían sido tomados de una lista de las familias de esclavos que vivían en la plantación apuntada por el propio Terry. La acusación está lanzada, pero, como se dice comúnmente, aún hay mucho paño por cortar.

Como fuere, y luego de probar diferentes oficios, Faulkner encontró en la invención de relatos una forma de ganarse la vida. Es más: si Faulkner amó la escritura de sus novelas, con la misma fuerza necesitó de la escritura de sus cuentos.

J.M. Coetzee, en Mecanismos Internos, apunta unas líneas sobre esto: "Al elegir casarse con Estelle, al elegir que formaría su hogar en Oxford en medio del clan Falkner (su verdadero apellido), Faulkner se enfrentó a un desafío formidable: cómo ser patrón y sostén y paterfamilias de lo que él, en privado, llamaba 'toda una tribu (…) planeando como buitres sobre cada penique que gano'. Para alimentar a los buitres, el único genio resplandeciente de la literatura norteamericana de la década de 1930 debió dejar a un lado sus novelas, que era lo único que en verdad le importaba, primero para producir cuentos para revistas populares, luego para escribir guiones para Hollywood".

Calvario puertas adentro

En realidad, Faulkner nunca fue un hombre de gran fortuna, lo que no fue una preocupación hasta que se casó con Estelle Oldham, en 1929: "Estelle era una mujer inteligente, pero estaba acostumbrada a gastar dinero sin límites y a tener sirvientes que obedecían todos sus deseos", agrega Coetzee. La casa derruida corresponde a Rowan Oak, la propiedad que él compró para vivir con su mujer. Esa rutina, de la que también participaba su madre que compartía el mismo techo, está retratada en El broche, uno de los 42 cuentos del volumen, en la que la protagonista está casada con una mujer odiada por su suegra, que gusta de salir a bailar y llegar de madrugada, mientras él la espera paciente.

Sobra decir que su matrimonio con Estelle Oldham fue infeliz. Eran incompatibles. Lo único que compartían era su afición por el alcohol, costumbre que ella abandonó pero que Faulkner no pudo dejar hasta el último de sus días. Sus ingresos al hospital siquiátrico de Memphis, a causa de un "alcoholismo agudo y crónico", fueron recurrentes. Su editor Saxe Commins escribió en 1952: "La desintegración de este hombre es algo trágico de presenciar". En el cuento Tierra del oro ya se vislumbran los estragos de su adicción: "De haber tenido 30 años no habría necesitado atizarse las dos aspirinas y el vaso mediado de ginebra a palo seco antes de sentirse en condiciones de aguantar los alfilerazos de la ducha en todo el cuerpo y de dominar el temblor de las manos para afeitarse".

Hay consenso en que el período dorado en sus novelas va desde 1929, cuando publica El ruido y la furia, a 1942, año en que aparece Desciende, Moisés. Lo mismo ocurre en los cuentos, entre los que se hallan piezas tan impresionantes como Una rosa para Emily (1930): "En vida, la señorita Emily fue una tradición, un deber, una devoción, una suerte de obligación hereditaria que el pueblo había asumido (…) Su esqueleto era menudo y cenceño; tal vez por eso, lo que hubiera sido mera gordura en otra persona era en ella obesidad. Parecía hinchada, como un cuerpo que llevara mucho tiempo sumergido en agua estancada, y era de esa misma tonalidad pálida".

Es Faulkner en estado puro. Aquel del que se ha nutrido una buena generación de escritores. Hablo del uruguayo Juan Carlos Onetti, hablo de Gabriel García Márquez, quien reconoció en él a su maestro; hablo de Manuel Rojas, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, Julio Cortázar. Una ascendencia que Mario Vargas Llosa sintetizó en una frase que lo explica todo: "Sin la influencia de Faulkner no hubiera habido novela moderna en América Latina".

No es casualidad que Faulkner haya hecho su literatura con los dos pies puestos en el ayer. Ahí están las historias que le interesaban, sus obsesiones, sus sueños y sus miedos. Como dijo en el discurso en Suecia, en un párrafo que quizá estaba hecho para sí mismo: "Es privilegio del escritor ayudar al hombre a resistir mediante el enaltecimiento de su corazón, recordándole la valentía y el honor y la esperanza y el orgullo y la compasión y la piedad y el sacrificio que han sido gloria de su pasado".

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