Bibliotecas personales de Isidora Aguirre y Alejandro Sieveking son donadas a GAM
<P>El lunes, la hija de la autora de <I>La pérgola de las flores</I> entregó más de 10 cajas con libros de su madre. </P>

El departamento que habitó por 60 años, en la esquina de Rengo con Salvador, luce casi intacto. Y su habitación, donde pasó sus últimos días, se convirtió en un escritorio habitado por libros después de su muerte, el 25 de febrero de 2011. Porque además de dejar cinco novelas -entre ellas Doy por vivido todo lo soñado (1987) y la póstuma Guerreros del sur, de 2011- y un puñado de obras, como La pérgola de las flores (1960) y Lautaro (1982), Isidora Aguirre vivió 91 años rodeada de letras, sumergida en universos imaginarios.
Hija de Fernando Aguirre y la pintora María Tupper, la escritora siguió sus impulsos como golpe de corriente: estudió Trabajo social y Literatura. Tomó clases de piano, ballet moderno y dibujo. Finalmente, lo volcó todo en la escritura para el escenario. Mientras, y solo hasta cuando ya no pudo hacerlo luego de los infartos cerebrales que sufrió en 2010, leyó todo lo que llegó a sus manos. "Creo que nunca vi a un dramaturgo que investigara tanto como ella", dice Andrea Jeftanovic, autora de Conversaciones con Isidora Aguirre (2009), y responsable de que parte de su biblioteca personal llegara este lunes a la del GAM.
Viejos tomos de historia del teatro universal y chileno, obras de Samuel Beckett y Tennessee Williams, y varias publicaciones de Casa de las Américas, institución que Aguirre integró desde sus inicios en La Habana, en 1958, llegaron distribuidas en una docena de cajas en manos de Carole Sinclair, una de sus cuatro hijos. "Son casi 600 volúmenes, entre libros, revistas y otros archivos. Los mantenía estrictamente ordenados en un mueble en el living, junto a su piano y la máquina de escribir. Era muy organizada, obsesiva además: nos corregía al hablar y sus palabras siempre eran las precisas", afirma Sinclair, arqueóloga e hija del segundo esposo de Aguirre, Peter, un inglés que trabajaba como ilustrador para Editorial Nascimiento. "Su cercanía con los libros venía de antes. Su primer marido, Gerardo Carmona, fue un español refugiado en Chile que se dedicaba a importarlos", cuenta.
Aguirre, quien plasmó en su trabajo la lucha de los pueblos oprimidos, y dio voz a pergoleras, mapuches y familias que vivían en basurales, devoraba obras de autores latinoamericanos, como el peruano Antonio Cisneros y el argentino Osvaldo Dragún. Pero sus colecciones más preciadas, como las de Harold Pinter y Shakespeare, serán parte del Archivo Isidora Aguirre, que en los próximos meses llegará a la Universidad de Santiago, donde ella trabajó previo al Golpe de Estado de 1973.
"Ahí quedarán sus manuscritos con anotaciones al margen, con cosas muy domésticas, como que le faltaba gas o las compras que debía hacer. También diarios personales, cartas que recibía de amigos y gente del medio, como Eugenio Guzmán, y sus libros de cabecera", dice Jeftanovic, académica de aquella casa de estudios y gestora del proyecto. "Queda por definir cuándo será la entrega del archivo. El primer paso, pienso, será catalogar y digitalizar todo el material", agrega. "Mi madre siempre se negó a hablar de su muerte", dice Sinclair, "pero creo estar haciendo lo que ella habría hecho, que es compartir su trabajo con la gente. Esta donación implica dejarla ir en algún sentido, y no ha sido fácil soltarla".
Desprenderse en vida
Su primer acercamiento con la lectura fue por accidente: Alejandro Sieveking tenía 16 años, y su padre trabajaba en el Volcán Llaima. Una mañana, junto a su hermano mayor, subían una colina nevada cuando la superficie se deslizó varios metros hasta cubrirlo por completo. Pescó una sinusitis feroz y una infección a los riñones. Fue desahuciado por un médico pesimista, y ya de regreso en Santiago, al cuidado de su madre, pasó medio año en cama. El supuesto lecho de muerte duró cuatro meses.
Hoy, a sus 80 años, el dramaturgo reconoce que de no ser por aquel episodio, jamás habría descubierto en los libros su mayor fetiche. "Era muy desordenado, flojo e infantil. Sí me gustaban las historietas. Mi padre me regalaba tantas que hoy soy un coleccionista de ellas. Superman es mi favorita", dice. "Pero mientras estuve en cama tuve en frente una biblioteca exquisita donde encontré por primera vez a Thomas Mann y autores maulinos como Mariano Latorre o Juan Marín. Desde entonces, no he parado de leer ni escribir", agrega.
Hace dos años, el autor de Animas de día claro, quien es uno de los protagonistas de la aplaudida cinta de Pablo Larraín, El club, que se estrena el 28 de mayo, comenzó a donar parte de su biblioteca a la del GAM. "Es una donación pausada, aún no termina. Hay libros de consulta, textos míos y revistas de cine y teatro, como Theater Houte y La Revue Theatrale, pues me fascinan", cuenta el marido de la actriz Bélgica Castro. "Ha sido como desprenderme de mi pasado, pero creo que allí tendrá buen futuro. Quiero donar a distintos lugares, dependiendo de su utilidad, pero como aún escribo, no soltaría jamás a Proust, Bolaño ni a Pinter. Hacerlo sería meter una pata en el cajón y, por ahora, me niego a hacerlo".
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