Chile: una geografía viva
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A CUALQUIER chileno que se le pregunte por fenómenos de la naturaleza que constituyan desastres, seguro que mencionará inundaciones, terremotos, maremotos y erupciones volcánicas, entre otras manifestaciones de nuestra dinámica geografía. Prácticamente, podemos afirmar que son parte de nuestro inconsciente colectivo, que hemos nacido y vivido en eso.
Pero ¿hemos aprendido a vivir con esta naturaleza activa? ¿Incorporamos en nuestras decisiones de localización el comportamiento de los ríos, mares y volcanes? ¿Forma parte de nuestra educación formal? Los últimos años hemos presenciado una sucesión de acontecimientos vinculados directamente con la actividad de nuestra geografía particular, que se ha preocupado de recordarnos que aún está activa y que somos un país en formación en términos de paisajes y configuración territorial.
Sin buscar muy atrás recordamos el volcán Chaitén en el año 2008, que fuera denominado "cerro" en términos populares; si bien no existían registros históricos de actividad, se señala que hace unos 300 años ocurrió algo parecido a lo que se inició ese 2 de mayo, que nos sorprendió a todos y obligó al país a desarrollar un plan de emergencia para proteger a la población que residía en la ciudad del mismo nombre.
Hacia fines del invierno del 2009, una intensa precipitación desencadenó un conjunto de aluviones en la precordillera de Santiago, dejando víctimas y pérdida de hogares y bienes, recordándonos a todos que estos sucesos ocurren de manera regular en sectores de quebradas, por lo que la ocupación y modificación de éstas deben ser cuidadosamente reguladas.
No pasó un año y nos despertó ese fatídico terremoto del 27 de febrero de 2010, con el maremoto asociado y las lamentables pérdidas de vidas humanas fruto de ambos fenómenos de la naturaleza. Lo que nos sorprendió a todos es el caos tanto a nivel de infraestructura como en la toma de decisiones que se adoptaron.
Este año, producto del lamentable terremoto ocurrido en Japón, nos enfrentamos nuevamente a la amenaza de un maremoto, justo cuando empezábamos a relajar las normativas y regulaciones que habían surgido con fuerza respecto de dónde ubicar los emplazamientos, pero gracias a este recordatorio la amenaza fue tomada con seriedad y se dispuso una masiva evacuación. Tal vez estamos aprendiendo que la naturaleza no discrimina.
Por último, en abril de este año se comenzó a monitorear de manera sistemática el Cordón Caulle, ya que presentaba una actividad sísmica anómala. Dado que hemos ido aprendiendo que el tema es serio, había instrumental disponible y presupuesto para operarlos, lo que permitió anticipar la erupción y tomar las medidas para reducir el riesgo de la población. Nos ha costado aprender como sociedad, pero vamos bien encaminados, estamos tomando en serio la naturaleza y su comportamiento.
Ya sabemos que el riesgo es real, pero queda pendiente el tema de dónde y cómo localizamos determinados emplazamientos humanos para que después no tengamos que lamentar tragedias.
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