Diario Impreso

El terremoto que sacude a la Trienal de Chile

<P>Eugenio Dittborn, Premio Nacional y principal figura homenajeada por la Trienal en esta primera versión, se margina del encuentro estatal a 60 días de su inauguración. Su renuncia se une a la reciente salida de Carlos Leppe, otra figura clave de la escena artística local.</P>

En el entorno del Premio Nacional Eugenio Dittborn dicen que cuando supo quiénes estaban a cargo de la producción de la Trienal de Chile, no hizo más que suspirar preocupado. Carlos Leppe, el hombre que introdujo la performance al país en 1974, ya no es la única figura clave de la llamada "Escena de Avanzada" que se baja de la Trienal de Chile, uno de los proyectos estatales emblemáticos del Bicentenario y que se inaugurará en 60 días más, en una fecha simbólica para la Concertación: el 5 de octubre. Dittborn, nada menos que el artista homenajeado por el encuentro, también renunció. Pero no por solidaridad con Leppe, como se podría pensar.

Dittborn, autor de las célebres pinturas aeropostales que ya forman parte de las colecciones de la Tate de Londres y el MoMA de Nueva York, escribió una carta a Ticio Escobar, curador de la Trienal, donde plantea su renuncia "irrevocable" al no cumplirse los requerimientos mínimos y plazos estipulados para el montaje de la retrospectiva de su obra.

Aunque la misiva no se ha hecho pública, ha trascendido que Dittborn subraya que la Trienal se ha comportado en forma mezquina con su muestra: no se calcularon bien los tiempos de montaje y no se aseguraron detalles básicos para la eficaz exhibición de sus obras. Dittborn siente que la Trienal no le ha entregado ningún tipo de garantías para un eficaz montaje de la exposición. Así, consciente del lugar que ocupa en la escena chilena e internacional, exige que lo que en un comienzo era un homenaje a su figura, no se convierta en una pesadilla.

La respuesta de la Trienal a estas importantes mermas no se hizo esperar. "Lamentamos que estos artistas se hayan marginado. Como organización, les hemos ofrecido, y lo seguimos haciendo, total disponibilidad para que reconsideren su participación", señala la directora ejecutiva de la Trienal, María José Fontecilla. "Todo lo que Eugenio Dittborn plantea es totalmente subsanable por la organización. Pero si él ya ha tomado una decisión, la respetamos y lo lamentamos mucho. Siempre se le han dado todas las garantías, al igual que a los otros proyectos curatoriales de altísima complejidad, superando grandes dificultades. La figura del artista homenajeado nos hubiese gustado que fuera un éxito, es irreemplazable, ninguna bienal en el mundo tiene esa figura, perdimos una gran oportunidad".

Al ser contactado por La Tercera, Dittborn prefirió no referirse al tema. Sin embargo, es sabido que ya había tenido roces con María José Fontecilla, hija de la galerista Carmen Waugh y cuñada del senador Ricardo Núñez. La gestora en 1997 de la muestra de Fernando Botero en Chile, estuvo involucrada en la producción de la primera versión de Mundana, retrospectiva de pinturas aeropostales en el Museo de Bellas Artes de la que Dittborn se bajó y finalmente realizó con otro equipo, en 1998.

"No me sorprende que la Trienal tambalee", señala el teórico Guillermo Machuca. "El Estado no es competente en arte. Hay mucha gente que entra a organizar estos eventos por razones familiares o políticas. Así, Dittborn o Leppe, quienes han demostrado ser artistas serios, perfeccionistas y muy exigentes, se topan con esta falta de experticie".

Asimismo, el crítico y artista Carlos Navarrete, quien el año pasado representó a Chile en la Bienal de Sao Paulo, considera que el origen de estos problemas radica en la improvisación. La Trienal, que nació como parte del programa de gobierno de Michelle Bachelet el año 2005, no sólo sufrió en julio de 2008 el cambio del curador original (la puertorriqueña Mari Carmen Ramírez renunció y fue reemplazada por el paraguayo Ticio Escobar), también se cambiaron el proyecto y el formato expositivo: de una trienal de arte en las calles de Santiago se pasó a una trienal a nivel nacional, con exposiciones en museos. "Una trienal o una bienal de arte no se improvisa en un año", apunta Navarrete. "No basta con un curador de renombre y reconocido por sus pares. Necesitas una contraparte, que es el comité organizador y de producción, que tiene que estar a la altura de ese curador y de las obras de artistas como Leppe y Dittborn".

Leppe, la primera baja del encuentro, considera que la Trienal es un caos: "A la fecha, hay personas que conozco y equipos que no han recibido sus salarios desde hace tres meses", señala a La Tercera. "Y eso no es nada: estamos a 60 días de la inauguración y la Trienal carece de estructuras profesionales que les permitan asegurar el arribo a Chile de obras de tres exposiciones clave".

Las exposiciones a las que se refiere Leppe son la muestra de archivo y arte latinoamericano Estado de sitio, de Valparaíso; la del Micromuseo de Lima, en el MAC, y la del Museo del Barro de Paraguay, en el Centro Cultural La Moneda. Según Leppe, todavía no se han iniciado los trámites de internación de obras que provienen del extranjero. No es un problema de dinero, sino de desconocimiento de los procedimientos profesionales que requiere montar una exposición internacional y que la Trienal no dimensionó a tiempo. El curador Justo Pastor Mellado, ex integrante del equipo de la Trienal, asegura que "hay que cruzar los dedos para que las obras alcancen a llegar".

Frente a estas denuncias, la directora ejecutiva de la Trienal señala que "no hay ningún problema ni retraso en estas materias".

Una roca en el camino

Leppe quería exhibir en la Trienal una roca gigante dentro de una sala del Museo de Bellas Artes. Era una nueva versión de su obra de 1984, Proyecto de demolición de la cordillera de los Andes, para la muestra Territorios de Estado, a cargo del curador argentino Roberto Amigo, quien rechazó el proyecto.

Consultado por La Tercera el lunes pasado, Amigo señaló que la roca gigante de Leppe era inviable económicamente y que su peso no sería soportado por el piso del Museo. Además la calificó de pieza "decorativa". Ese adjetivo encendió los ánimos de Leppe.

El artista no conocía al curador argentino. Se vieron las caras por primera vez en una reunión que duró 45 minutos en una informal mesa del café del Museo de Bellas Artes. En ese encuentro, Amigo alabó la idea de introducir el paisaje (es decir, la roca gigante) al museo. El artista aún conserva los emails donde Amigo le manifestó su aprobación y la fascinación que le provocaba la obra.

Sin embargo, pasaron los meses y recién hace unas semanas Leppe se enteró de que el Museo ha evaluado técnicamente la viabilidad de la pieza. "¿Por qué se demoraron tanto? La Trienal debió comunicarse conmigo de inmediato para replantear la pieza. Algo que Amigo no hizo. Dejó pasar el tiempo. ¿Qué le ocurrió a Amigo, entre el momento en que aplaudió mi obra y el momento en que desestimó la obra porque la encontró decorativa?", se pregunta el artista.

"Lo más increíble es que la Trienal diga que mi renuncia es un asunto entre Roberto Amigo y yo", agrega Leppe. "Es como cuando en el Gobierno, para lavarse las manos en un conflicto, se dice que es un asunto entre privados. Lo terrible de esto es que la propia Trienal se revela como un campo sin control ni jerarquía".

Leppe señala que el historiador del arte argentino no entendió la versión 2009 de su obra que en 1984 planteaba la desaparición de los límites entre Chile y Argentina, justo cuando los países negociaban tratados limítrofes: "El no sabe de instalaciones. En una cosa tenía razón Amigo: sólo la presencia de mi obra le daba a su exposición la tensión necesaria para evitar que la muestra se pareciera a otras muestras similares a las que nos han montado durante décadas el Cultural de Las Condes y el Museo Naval. Amigo quiso convertirme en un objeto documentario, ilustrativo de un guión. No, no, no estoy para eso".

La Trienal no es el único ejemplo de esta tensa y compleja relación entre Estado y arte. En 1910, para la exposición internacional que inauguró el Museo de Bellas Artes, Juan Francisco González fue excluido por ser considerado un artista de vanguardia por los conservadores comisarios. En su reemplazo, se optó por pintores academicistas que no trascendieron a su época. Cien años después, las cosas parecen no haber cambiado y los actos celebratorios del Bicentenario desde el arte muestran los mismos signos de precariedad.

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