Diario Impreso

Sufrir en voz baja

<P>Muerte, destierro, miedo y privaciones. Ese fue el destino de millones de personas bajo el régimen de Stalin en la Unión Soviética. Sus testimonios dan vida a <I>Los que susurran</I>, un sobrecogedor rompecabezas que el historiador británico Orlando Figes reconstruyó a través de 450 entrevistas realizadas entre 2003 y 2006, análisis de archivos privados y públicos, memorias y documentación. Se trata de un libro insoslayable para conocer en carne viva el poder destructor del totalitarismo.</P>

La foto que ilustra la portada de Los que susurran fue tomada a las hermanas Angelina y Nelli Bushueva en 1937, un año antes del acontecimiento que cambiaría sus vidas: el envío de su madre, Zinaida, al Campo de Trabajo para Esposas de Traidores a la Patria por no haber delatado a su marido, acusado a su vez de ser un kulak (propietario agrícola).

Las niñas quedaron al cuidado de su abuela. "Nos acostumbramos a comer cualquier cosa. Los brotes tiernos de los tilos, pasto y hasta musgo", relataría décadas después Angelina, quien finalmente se reunió, junto a su hermana, con su madre en el campo de trabajo. Después de que las mujeres retornaran a su hogar en 1946, Angelina llegaría a ser una leal militante del Partido Comunista. Siempre evitó mencionar el nombre de su padre, fusilado en 1938 como "enemigo del pueblo": "Nunca le hablé a nadie de mi padre, al menos hasta que me jubilé y cobré mi pensión en 1991".

Millones de personas sufrieron experiencias similares en la Unión Soviética de Stalin. Fueron perseguidas por un Estado todopoderoso liderado por el más sanguinario de los paranoicos. El resultado: muerte, destierro, miedo, privaciones y, en algunos casos, la gloria. Sus historias construyen el mosaico del estalinismo, un sobrecogedor rompecabezas que el historiador británico Orlando Figes reconstruyó a través de 450 entrevistas realizadas entre 2003 y 2006, análisis de archivos privados y públicos, memorias y documentación, y se traducen en un libro imprescindible para conocer en carne viva el poder destructor de la utopía y el totalitarismo.

En 1939, Winston Churchill calificó a la Unión Soviética como "un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma". Figes consigue descifrar la incógnita. "Muchos libros describen las características externas del terror de Stalin, pero Los que susurran es el primero que explora en profundidad su incidencia en la vida personal y familiar", escribe el autor. La idea es mostrar "la manera en que el estalinismo penetró en la mente y en las emociones de la gente, en que condicionó todos sus valores y relaciones", añade.

Vidas comunes

La Revolución Rusa echó a andar un ambicioso proyecto de ingeniería social que involucraba no sólo un cambio de gobierno, sino también la creación de una sociedad distinta y un hombre nuevo. Partió por la vida privada y la familia burguesa. Era necesario instaurar una "familia social" y entregar al Estado la labor formadora que tradicionalmente había desempeñado aquella.

Los niños eran alentados a convertirse en "pioneros", donde se les instruía en la disciplina y los valores socialistas, para luego pasar al komsomol (la juventud del PC). Ya adultos, se integraban al Partido. Se exigía adhesión total: "Un verdadero bolchevique debería entregarse por completo al Partido", decía Stalin.

El caso de Pavlik Morozov es ilustrativo de esa entrega. En 1932, el muchacho de 15 años fue asesinado, aparentemente por miembros de su propio clan, en represalia por haber delatado unos meses antes a su padre, acusándolo de ser un kulak. "No me estoy comportando como un hijo, sino como un pionero", se justificó Pavlik, a quien, tras su muerte, la propaganda transformó en un héroe. Proliferaron relatos, películas, poemas, obras de teatro, biografías y canciones exaltando al joven mártir. Su ejemplo inspiró a miles de niños: el Partido estaba primero.

Quien no lo entendiera corría peligro. En el campo, Stalin había dispuesto en 1929 que era urgente colectivizar la agricultura y acabar con los kulaks. La decisión provocó desplazamientos masivos debido a la hambruna y el destierro. En la ciudad, la industrialización multiplicó la población, obligando a la gente a vivir hacinada en departamentos comunitarios. Allí la delación era cosa de todos los días y podía costar una condena en los campos de trabajo o, incluso, la muerte.

Terror indiscriminado

Figes calcula que unos 25 millones de individuos (uno de cada ocho habitantes de la URSS) sufrieron directamente la represión entre 1928, cuando Stalin asumió en propiedad la dirección del partido, y 1953, el año en que murió. Estas personas fueron explotadas hasta el agotamiento: fusiladas, deportadas, enviadas a colonias especiales o a campos de trabajo forzado o esclavo.

El terror indiscriminado afectó a campesinos, obreros, militares y burócratas. Ni siquiera los altos dignatarios del partido se libraron. Osip Piatnitski, bolchevique leal y cercano a Stalin, fue torturado y fusilado por orden expresa de éste, tras ser encontrado culpable de ser un espía fascista, trotskista y derechista.

Tampoco se salvaron sus parientes: Julia, la mujer de Piatnitski, fue enviada a un campo de concentración, donde murió en 1940. El hijo de ambos, Igor, sufrió tres condenas consecutivas por "agitación contrarrevolucionaria" y cumplió en total 18 años de condena en diversos campos de trabajo.

Cualquier palabra no apropiada podía terminar en tragedia. La gente se acostumbró a pensar una cosa y decir exactamente lo contrario. En 1932, el ucraniano Stepan Podlubni se lamentaba en su diario: "No puedo expresarme abierta o libremente ni revelar mis pensamientos. Estoy adquiriendo el carácter de un servil adulador, de un perro artero y complaciente". Figes explica que "la gente escondía su verdadera personalidad tras una máscara pública".

Antonina Golovina, por ejemplo, nunca les contó a sus dos maridos sobre sus orígenes kulak. Apenas en 1987 supo que el primero (muerto hacía mucho) había sido hijo de un oficial zarista. Y recién en 1991 su segundo esposo le confesó que en la familia de él también había "enemigos del pueblo".

Quienes se atrevían a hablar lo hacían en voz baja. Liuba Tetiuev, hija de un clérigo ortodoxo al cual la policía secreta trató sin éxito de convertir en informante, contó que "crecimos en una casa llena de susurros".

Los pequeños tornillos

Pese a este ambiente envenenado, la URSS de Stalin superó su mayor desafío: la invasión alemana iniciada en junio de 1941. Figes sugiere que la voluntad de resistir se debió al terror que aplicó Stalin, a las apelaciones al patriotismo, a la barbarie germana en las zonas ocupadas y, principalmente, a la predisposición al sacrificio de una generación dispuesta a seguir el ejemplo de sus antecesoras directas. El poeta David Samoilov lo puso muy claro al sostener que "la Guerra Civil fue de nuestros padres; el Plan Quinquenal fue de nuestros hermanos mayores. Pero la Gran Guerra Patriótica… ésa es nuestra".

A cambio de su resistencia heroica, los nacidos entre 1910 y comienzos de los 1920 esperaban reformas. Por un momento pareció que las conseguirían: Stalin hizo concesiones y algunos pensaron que éstas podrían consolidarse tras la victoria definitiva. En 1944, el propagandista Vsevolod Vishneski aseguraba que "cuando acabe la guerra, la vida se hará muy placentera. Habrá muchos viajes y mucho contacto con Occidente. Todo el mundo será autorizado a leer lo que prefiera".

La actitud de Stalin quedó clara en un brindis por la victoria en junio de 1945. Agradeció allí a la "gente sencilla, común, modesta que son los pequeños tornillos de la gran maquinaria del Estado". No habría, en todo caso, descanso para los "pequeños tornillos". Después de la guerra, el dictador volvió a cerrar su puño de hierro. Moriría ocho años más tarde, mientras impulsaba una purga contra médicos judíos.

Redención

El gobierno de Stalin marcó a los que lo vivieron. Abundaron en él los abusos y los excesos, pero tampoco faltaron ejemplos de redención y resiliencia. Como han escrito Mijaíl Heller y Aleksandr Nekrich, "la historia de la Unión Soviética es la de una sociedad y un Estado subyugados a un partido, la de un Estado que esclavizó a la sociedad y la de un partido que tomó el poder estatal para crear un tipo humano que le permitiría mantener el poder para siempre. Es también, sin embargo, la historia de una elocuente resistencia humana a esa esclavización".

Los ciudadanos sacaron fuerzas para mantenerse a flote. Las encontraron en su núcleo más íntimo: la familia. Pese a los ataques que recibieron desde el Estado, dice el autor, las familias emergieron "como la única institución estable de una sociedad en la que casi todos los puntales tradicionales de la existencia humana se habían debilitado o habían sido destruidos".

Les ocurrió a los Streletski, que sobrevivieron gracias a que podían beber sangre de animal; a los Okorokov, que, pese a ser deportados y separados una y otra vez, lograron reunirse y vivir en unas trincheras cavadas al lado de la fundición en que trabajaban; a los Ozemblorski, quienes pudieron juntarse en 1937 tras vivir una odisea de siete años.

El sufrimiento fue enorme y los costos, incalculables. Sin embargo, en última instancia, un pueblo estoico venció a un Estado que intentó doblegarlo. Esa historia de heroísmo es la que relatan las voces que susurran en la espléndida y desgarradora obra de Figes.

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