Diario Impreso

Viaje al corazón de un clásico controvertido

<P>Un libro cuenta la historia de <I>Más corazón que odio</I>, western de John Ford que figura entre lo mejor del cine.</P>

"¡LA MAYOR, LA MAS RUDA, LA MAS DURA… Y LA MAS HERMOSA PELICULA JAMAS REALIZADA!". Para el estreno de Más corazón que odio (The searchers, 1956), Warner Bros. no se ahorró epítetos ni argumentos de venta, partiendo por un afiche donde John Wayne, vaquero entre los vaqueros, cabalga bajo nubes crepusculares. Siendo popular el género y reconocidas las dotes de su director, John Ford, la película hizo lo suyo en boleterías. No fue un clásico inmediato, pero los años vieron crecer este prodigio de venganza y brutalidad, al punto de instalarlo en el canon hollywoodense y de situarla séptima de todos los tiempos en la versión 2012 de la célebre encuesta de la revista Sight & Sound.

Este western telúrico es un muestrario de la crueldad derivada del morir o matar. Una ficción que reversionó una vieja historia del Oeste como Ford sabía hacerlo: imprimiendo la leyenda. Esta vez, basado muy libremente en violentos episodios que ilustran los odios y violencias entre texanos blancos y tribus nativas durante el siglo XIX.

La reciente edición de The Searchers. The Making of an American legend aporta elementos de juicio y ayuda a distinguir entre leyenda e historia. Su autor es Glenn Frankel, periodista ganador del Pulitzer. La obra instala un recorrido biográfico que atraviesa el siglo antepasado, para luego abordar la novela de Alan Le May y rematar con el filme.

Mi nombre es John Ford

De los 300 millones de libros de bolsillo vendidos en 1956 en EEUU, una tercera parte eran novelas del Viejo Oeste. El género era rico en posibilidades, y una de ellas era basarse en historias reales, al menos en el origen. La del libro de Le May y de la película de Ford arrancó en la década de 1830, cuando unos comanches raptaron a Cynthia Ann Parker, en Fort Parker, Texas. Tenía nueve años y no volvió a relacionarse con blancos hasta que 24 años más tarde fue recapturada por el Ejército.

La ficción de Le May y de Ford escoge ambientarse en 1868, a tres años del fin de la Guerra de Secesión. También se desarrolla en Texas, aun si Ford filmó en el Monument Valley, la misma locación de clásicos como La diligencia. Hasta la casa de su hermano llega el ex soldado confederado Ethan Edwards (Wayne). Poco más tarde, en su ausencia, la casa será objeto de incendio y pillaje: a su regreso, advierte que todos han muerto horriblemente, menos su sobrina Debbie, secuestrada por el brutal jefe "Cicatriz". Durante los próximos siete años, Ethan seguirá sus pasos en compañía de Martin, hermano adoptivo de Debbie.

La película se rodó en la frontera de Utah con Arizona, donde Ford se sentía en casa, lejos de los fastidiosos productores y trabajando con un contingente que era tanto o más familia que la familia que tenía en casa (su hijo Pat, adicionalmente, figura como productor asociado). Repuesto de un alcoholismo que hizo daño en otros rodajes, ahora filmaba sólo con un ojo -el otro se lo parchó- y nadie lo molestaba: cuanto mucho por carta, el excéntrico millonario Cornelius Vandervilt Whitney pretendía torcer el rumbo fordiano de la película y convertirla en el primer jalón de una epopeya patriotera americana que se llamaría The searchers of freedom. En tanto, los aborígenes que se encontró fueron unos viejos y leales conocidos de origen navajo.

Ford, como destaca Frankel, había ya retratado en su cine a nativos americanos cuya condición de enemigo no les restaba dignidad y hasta cierta nobleza. Pero no fue el caso en Más corazón…, donde los comanches no son otra cosa que violadores y asesinos sanguinarios. Pero acaso la escena que más golpea hoy es una con visos cómicos: Martin, el hermano de Debbie (Jeffrey Hunter), ha "comprado" sin saberlo una esposa india. Una joven callada que lo sigue donde vaya. En cierto momento, el hombre se harta de su presencia y la patea cuando está acostada, enviándola cerro abajo, tras lo cual el personaje de Wayne ríe de buena gana.

"La escena es un momento cruel y racista (y no es divertida)", plantea Frankel a La Tercera. "Pienso que Ford genuinamente la creyó divertida -a él mismo le gustaba patear gente en el trasero-, pero sus instintos le fallaron. Más tarde, por supuesto, reconoce que ella ayudó a Martin y a Ethan en su búsqueda, y la muestra como víctima inocente de una masacre perpetrada por las tropas del general Custer".

Hay algo de piedra en el zapato en esta película que Spielberg, Scorsese y varios más reverencian, pero que aún hoy incomoda a izquierdas y derechas. Eso plantea Frankel, para quien es ésta una película racista acerca del racismo, cuyo protagonista es, "en el mejor de los casos, moralmente ambiguo".

John Ford murió en 1973, a los 79 años. Nunca fue de andar analizando sus propias películas y cuando un entrevistador se ponía muy docto o se iba en la profunda, decía cualquier cosa o se quedaba callado. Pero se dejó querer y homenajear. En una ocasión, cuando se reunió con colegas en la casa de uno de ellos, según lo cuenta Robert Parrish, fue conciso y directo al presentarse a los demás: "Mi nombre es John Ford y hago westerns".

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