El declive del viejo orden mundial
Lo sucedido en Venezuela ha dejado en evidencia la crisis del sistema internacional surgido tras 1945. Un proceso que se explica no solo porque su principal garante, Estados Unidos, dejó de serlo, sino porque las normas que lo sustentaban se fueron debilitando. La historia ofrece dramáticos ejemplos de lo que sucede cuando un orden mundial comienza a derrumbarse.

La operación militar de Estados Unidos para capturar y llevar a la justicia al dictador venezolano Nicolás Maduro así como sus posteriores repercusiones dejan claro que el orden mundial construido tras el término de la Segunda Guerra Mundial está llegando a su fin y son otras las lógicas que comienzan a imponerse. En 1945, cuando el mundo aún no se recuperaba del trauma que había devastado Europa y sacudido a todo el planeta, las potencias vencedoras, guiadas por Washington, fijaron las bases de un sistema internacional que no solo permitiera evitar que la barbarie por la que había atravesado la humanidad se repitiera, sino que fuera el respeto a las normas acordadas y no la fuerza lo que guiara la resolución de controversias.
Los principios que guiaron ese consenso mundial, resumidos en la Carta de las Naciones Unidas, fueron durante décadas la base de las relaciones internacionales. Incluso aquellos que podían no compartir plenamente los postulados que allí se establecían, no estaban dispuestos a desafiarlos abiertamente. El objetivo de “mantener la paz y la seguridad internacionales” y “lograr por medios pacíficos, y de conformidad con los principios de la justicia y del derecho internacional, el ajuste o arreglo de controversias”, fue el eje de la política internacional y EE.UU. fue su principal garante. Y si bien ello no evitó que el mundo fuera testigo de nuevos conflictos, todo esfuerzo por alcanzar una solución fue siempre guiado por los principios acordados por la comunidad internacional tras 1945.
Lo sucedido en Venezuela en estos días revela que esos compromisos ya no tienen el peso que tenían en el pasado. La principal razón es que quien fuera el principal promotor de esas normas internacionales no parece estar dispuesto a guiarse por ellas. Hoy parecen primar en Washington las lógicas transaccionales antes que la defensa de los principios que dieron pie hace 80 años a Naciones Unidas. Que el Presidente Donald Trump no hablara en ningún momento de “democracia” o “libertad” en su primera intervención tras la captura de Maduro, pero sí de petróleo, es sintomático. Así, de ser un actor, en el pasado, que aseguraba la estabilidad y daba certezas en el escenario mundial, EE.UU. se volvió uno de los principales generadores de incertidumbre global. El alza unilateral de aranceles es otro ejemplo de esa misma realidad.
Pero junto con las nuevas lógicas que guían la política de Estados Unidos, es innegable que el desgaste del orden mundial surgido tras la Segunda Guerra se debe también a que en muchos casos los compromisos asumidos y las normas aceptadas se convirtieron en letra muerta, en pro de intereses estratégicos o compromisos ideológicos. Alimentaron los discursos, pero no se tradujeron en acciones concretas. En muchos casos se dejó actuar. Se violaron los principios resumidos en la carta de Naciones Unidas sin efectos reales para quienes cometieron esas violaciones. Ello es claramente aplicable al caso de Venezuela. Como decía hace algunos años el expresidente Ricardo Lagos, “si América Latina no quiere que Estados Unidos intervenga en Venezuela, ¿qué está haciendo para restablecer la democracia y los derechos humanos en ese país?”.
Lo que está sucediendo en el mundo no es nuevo. Como recuerda la historiadora canadiense Margaret McMillan en un reciente artículo en la revista The Atlantic, la historia ofrece una larga lista de ejemplos de periodos en los que el orden mundial comienza a decaer y, eventualmente, colapsa antes de que otro pueda surgir. Estos procesos pueden ser repentinos o tomar tiempo, pero se han repetido a lo largo de los siglos. El escritor Stefan Zweig, por ejemplo, en “El Mundo de ayer” describió los años anteriores a la Primera Guerra Mundial como la era Edad Dorada de la seguridad. “Todo parecía basado en la permanencia y el estado era garante de la estabilidad (…), nadie imaginaba guerras, revoluciones o revueltas”. Sin embargo, a principios del siglo XX la solidez de ese mundo empezó a desmoronarse.
El desafío al viejo orden desembocó en 1914 en el estallido de la Gran Guerra, el conflicto más mortífero que la humanidad había visto hasta entonces. Lo mismo sucedió poco más de cien años antes cuando el Antiguo Régimen se desmoronó tras la Revolución Francesa y el mundo entró en décadas de conflicto e inestabilidad. Y volvió a pasar tras el periodo de entreguerras, luego de que los frágiles acuerdos para establecer un nuevo orden mundial acordados en 1919 en la Conferencia de París, bajo el auspicio del Presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson, también fracasaron. En esa ocasión el resultado no solo fueron seis años de guerra en Europa, sino un conflicto que sacudió al mundo entero y se extendió desde Europa hasta el Pacífico, dejando más de 80 millones de muertos.
Hoy, un escenario global donde primen esferas de influencia, como sugiere la actualización a la doctrina Monroe por parte de Trump, y se repitan episodios como la invasión de Rusia a Ucrania, violando abiertamente el principio de soberanía territorial de otro Estado, solo aumenta los riesgos de conflicto. El futuro de Taiwán depende en gran medida de ello. El mayor peligro ante esa realidad, como dice MacMillan, se da en los márgenes, allí donde esas distintas esferas interactúan. Por eso, en un momento en que el derecho internacional es desafiado y el entramado normativo que ordenó al mundo desde mediados del siglo pasado se debilita, el dilema de la comunidad internacional es si será capaz de actualizar los términos de ese consenso acordado hace 80 años o si su desgaste es definitivo. En la respuesta a esa pregunta, probablemente, radica la clave del futuro.
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