Por Carlos González LucayEl milagro de Trinidad Espinal, la promisoria estrella chilena del esquí náutico
El 2 de octubre, la deportista de 18 años se sometió a una cirugía para extraer un tumor de más de medio kilo en la mama derecha. Pese a los malos pronósticos, hoy está sana.
Trinidad Espinal es una de las figuras más promisorias del esquí náutico. Con apenas 18 años, la deportista es dueña de diversos récords y ostenta el número uno del mundo junior. Sin embargo, esa deslumbrante carrera tuvo un estremecedor punto suspensivo que la sacó de las pistas en el último tiempo. Por primera vez revela la razón y los angustiosos momentos que vivió.
“Desde los 12 años tenía un fibroadenoma en la pechuga derecha, era pequeño y con el tiempo fue creciendo, pero muy regularmente. Lo tenía controlado y no era malo; no me lo quería sacar porque iba a perder un par de meses como deportista, pero como en marzo comenzó a crecer mucho y en junio o julio ya estaba muy grande y no sabía qué hacer. Además, yo estaba afuera y tenía la presión de rendir en los campeonatos. Tampoco estaba bien emocionalmente”, reconoce.
A su regreso al país, en septiembre, acudió a una especialista: “Me bajé del avión y fui a la doctora. Ella me dijo que no estaba bien y nos dejó súper asustadas. Yo sabía que era grave, pero cuando te lo dice una doctora, te deja para adentro. Más encima me inscribieron en el GES en nivel 4, el más alto, y en este caso era una solicitud por cáncer de mama. Eso es algo terrible”.
En esas horas frenéticas se multiplicaron los exámenes para un tumor que era enorme y superaba el medio kilo. “Me hicieron ecos, biopsias, resonancias, algunas muy dolorosas. Fuimos con mi mamá y mi papá a visitar a la doctora Marcela Amar, de la Clínica Universidad de los Andes y ahí ella nos contó que podía ser cáncer y había muchas posibilidades de que perdiera la pechuga, un 80%, y que era muy posible que pasara a llevar todos los conductos de lactancia. De hecho, ella nos dijo que nunca había visto algo así”, recuerda.
Los resultados de la biopsia tardaron por las fiestas patrias: “Se demoraron un montón porque para el 18 todo funciona más lento. Hubo semanas desesperadas, fue terrible esperar el resultado. De hecho, con mi papá nos fuimos a Mendoza a pasar unos días y de ahí llegó la primera biopsia, que fue benigna, pero la doctora nos dijo que no nos confiáramos, porque habíamos revisado solo un cuarto del tumor y nos faltaban los otros tres cuartos”.
El 2 de octubre se sometió a la cirugía más importante de su vida, a cargo de la doctora Amar y de la cirujana plástica Andrea Hasbún. “Antes de entrar me dijeron, ‘tenemos estos planes: vamos a sacarte el tumor y voy a hacer lo mejor que pueda, pero probablemente vas a perder la pechuga. Ahí vamos a ver si te ponemos un implante, y vamos a poner una malla porque tu piel está muy delgada y puede que se infecte. Ahora, si está muy mala, te la vamos a poner debajo del pectoral...’. Y yo, resignada, entregada”, relata.
Su madre Gabriela Palma se emociona hasta las lágrimas al recordar este duro periodo: “Es algo que creció demasiado, llegó a pesar 540 gramos, más de medio kilo. Cuando vimos a la doctora, nos empezó a dibujar qué iba a pasar. Ella nos decía que iba a perder la pechuga, porque estaba muy grande el tumor. Me lo lloré todo”.
“Es terrible cuando te miran con esa cara de ‘no te lo quiero decir, pero te lo tengo que decir igual’. Y en mi caso fue que iba a perder la pechuga”, apunta la deportista. “Claro, siempre fue la única posibilidad, no había opción de que la Trini no la perdiera. Andrea, la cirujana, a quien conocía del colegio, me decía: ‘Gabriela, vamos a hacer lo mejor que podamos”, complementa su madre.
El milagro
La cirugía se realizó el 2 de octubre y esta fue la primera imagen que tuvo tras la operación: “Cuando desperté, me toqué una pechuga y dije ‘me operaron solo una’. Estaba con la anestesia y le pregunto a la enfermera qué me hicieron. Ella me dice que no me pusieron implantes. Y como las doctoras me habían dicho que no iba a ser fácil ponerme implantes, ahí me vino una crisis de pánico. No me salían lágrimas, ¡me salía agua de los ojos! Me empecé a desesperar y llamaron a las doctoras”.
Lo que vino después es algo que describe como un milagro. “No entendía nada, tenía unos parches en la guata. Entonces, ahí me dijeron que la operación salió increíble, no tocaron las vías de lactancia estaban súper bien. La doctora no pasó a llevar nada, porque el tumor se desplazó hacia la derecha, entonces reacomodaron sacándome 100 gramos de grasa de la guata para rellenar y quedó perfecto. Quedó igual a la otra. Fue una idea que se les ocurrió cuando me estaban operando. Yo creo que fue Dios, porque tenía todo para que saliera pésimo”, afirma.
La confirmación de que la pesadilla llegó a su fin se dio hace pocas semanas, con el resultado de la biopsia que descartó la existencia de cáncer. Esto le permitió regresar a los entrenamientos, casi un año después de haber obtenido el récord mundial juvenil de slalom.
“Volví hace dos semanas. Antes de esto lo estaba pasando mal, pero ahora volví a esquiar y me siento tan tranquila, tan en paz... Ahora lo disfruto y se siente muy distinto”, reflexiona. Y admite: “A mí de verdad esto me enseñó a priorizarme en todo sentido. Siempre he sido como súper bruta; si hay un dolor, lo aguanto, pero de verdad que con la salud no se juega. Es algo muy importante”.
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