Antonio Gil, escritor: “Chile está envenenado de adrenalina y cortisol”

Antonio Gil retratado por Alvaro Hoppe.

La reedición de su primera novela, protagonizada por Diego de Almagro, da razones de sobra para que Gil se explaye sobre diversos temas de interés nacional: aventureros derrotados, presidentes electos, huasos corraleros y comerciantes venezolanos, entre otros. No sin pesar, admite: “Los hombres estamos desapareciendo en la nada, nos estamos diluyendo en los Francos Parisi”.




“Te voy a contar una historia aparte, que es bien chora.” Antonio Gil interrumpe varias veces la entrevista para practicar el oficio que, bajo distintas identidades, ejerce a todas horas del día: contador de historias. A veces como publicista (con varias campañas electorales en el cuerpo), otras veces como cronista de prensa y en su tiempo libre como “plebeyo ilustrado” que se ha sentado a la mesa de cuanto boliche hay en Santiago. Mundanidad capitalina que también se extiende a otros hábitos: “Yo me vine a vivir acá, en parte, para estar a media cuadra de los Baños Turcos Miraflores. Voy día por medio, me encanta”.

Además de tres libros de poesía, Gil ha publicado una decena de novelas cuya pasión dominante es la historia de Chile. Hijo de mí (1992), la primera de ellas y ahora reimpresa por Ediciones UDP, hace hablar a Diego de Almagro en la cárcel del Cuzco, en la víspera de ser ejecutado por los hermanos Pizarro. El autor explica qué lo llevó a meterse en la cabeza de quien vino a encontrar en Chile su maldición, el lugar donde terminaba el oro y empezaba la nada:

Se me produjo una pequeña epifanía. Una noche, cabalgando entre los cerros de la Cordillera de la Costa, un poco emocionado con la nocturnidad, solté el caballo a la carrera. Ese caballo se llamaba Ojo de Agua, porque tenía un ojo zarco, azul. Ir galopando en medio de la oscuridad me produjo una sensación abismante, y en medio de esa sensación dije: “Alguien hizo esto por primera vez en este territorio, yo no soy el primero. ¿Y quién fue el primero que tuvo un caballo aquí? Almagro”.

Tras elogiar las cualidades de Motilla, el caballo de Almagro, prosigue:

“Descubrí que la información que había sobre Almagro era muy pobre, muy tergiversada y muy mezquina. Estos son personajes de origen muy humilde, que dejaron de ser unas pobres personas en España para convertirse en unos grandes capitanes, grandes adelantados. En la Conquista de América se replica mucho la figura del “campeón” de la guerra contra los moros, la idea del Cid: si tú conquistas este territorio, es tuyo.

Pero esto quedaba un poco más lejos. Y con todo lo que le pasa en América, lo incomprensible de Almagro es que siga avanzando.

Lope de Aguirre, también autodenominado “La ira de Dios”, “Príncipe de Chile” y “El traidor”, tenía la siguiente consigna: “Sigo”. Su bandera eran dos espadas cruzadas y la palabra Sigo. Eso estaba en el imaginario de los conquistadores: el coraje de seguir adelante sin importar en absoluto los riesgos. De hecho, Almagro venía muy enfermo en su viaje a Chile. Y lo hicieron todo mal. Se vinieron en otoño por el Paso San Francisco, que es montaña alta y fría a cagarse. Cuando se sacaban las botas les quedaban los dedos pegados adentro, a algunos los cóndores se los comían vivos. A los yanaconas que se morían les cortaban la cabeza para no tener que abrir el candado de la cadena. No, fue un horror. Pero esta idea de “sigo” era como una obediencia del destino: mi destino es aquel. Ir hacia el final del final…

Lo que más cuesta concebir, desde hoy, no es tanto la capacidad de seguir adelante sino la de ir dejando siempre la propia vida atrás. Fuera de la memoria, no hay atrás.

Es que los que pensaban en la vida de atrás no vinieron a América. Lo que trae a Almagro a Chile es la necesidad de dar a su hijo, Diego de Almagro el Mozo, y a los demás españoles que venían con él, la posibilidad de convertirse en alguien, en hijos de algo. Por eso el título, Hijo de mí. Es la idea española de la nobleza: cómo tú te haces hijo de tus logros. Y en España, estas personas no tenían posibilidad de fama ni de fortuna, dos cosas que se buscaban con absoluta legitimidad. Claro, algunos hacen las cosas nada más que por dinero, y yo creo que ese es el gran problema: cuando la codicia devora el hambre de renombre, de reconocimiento. Cuando lo único que te importa es tener oro en el bolsillo.

Es que si hablamos de buscar el reconocimiento por andar en un Audi, esa búsqueda ya es errada. ¿Qué te reconoce eso? Todos los narcos andan en Audi y son los tipos más desprestigiados que existen

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¿Y qué pasa cuando el poder de bolsillo es la fuente de reconocimiento?

Es que si hablamos de buscar el reconocimiento por andar en un Audi, esa búsqueda ya es errada. ¿Qué te reconoce eso? Todos los narcos andan en Audi y son los tipos más desprestigiados que existen, salvo en su grupo de referencia. Pero Almagro se viene a Chile siendo ya muy rico, quizás de los hombres más ricos que ha habido en la historia.

Adolfo Couve decía que fue Almagro, y no Valdivia, el que trajo la poesía a Chile. Porque fue el primero en arriesgarse y además le fue mal.

¡No cabe duda! Almagro trajo la poesía porque trajo la derrota. La belleza está en la derrota, en la pérdida, eso es evidente. Y de Almagro, que había conquistado el Perú junto con Pizarro, no quedó nada en la historia. Un par de líneas sueltas, a nadie le importa. Yo me empecé a enamorar del personaje, a encontrarlo cada vez más fascinante. Y si te fijas, el que habla en la novela es un Almagro femenino, extremadamente femenino. Porque no creo que los hombres hayan sido tremendamente brutales, nunca en la historia. Todos hemos tenido un aspecto brutal y un aspecto cálido, acogedor. El anima y el animus, ¿no? El amor por su hijo tiene que ver con eso, es padre y madre al mismo tiempo. Porque él se vino al Perú viudo. Se había casado en Panamá con una india caribe, Ana Martínez, así le pusieron al bautizarla, pero Ana había muerto y él se viene con el hijo, que años después va a vengar a su padre matando a Pizarro, que era un cabronazo.

¿Tan femenino es el personaje? Más se parece a los héroes golpeados de Clint Eastwood.

Puede que sea una fantasía mía también, ¿ah? Pero creo que está escrito desde su ternura. También desde su odio, sí. Pero hay ahí una sensibilidad que siempre se la han negado a los conquistadores españoles, por la leyenda negra que hay respecto de ellos y de España, fomentada principalmente por los ingleses.

De que Almagro se hizo rico despojando indios…

Bueno, pero esa es la historia de las conquistas en todas partes. También es la historia de Chile en la Guerra del Pacífico, donde ni siquiera nos hicimos ricos, hicimos ricos a los ingleses y en particular a Mr. North. Lo que pasa es que no podemos juzgar el pasado con las ideas del presente. Los incas también colonizaban, los aztecas, todos colonizaban y las conquistas en todas partes eran “te sometes o te corto la cabeza”. Almagro, por ejemplo, después de cruzar la cordillera, se encuentra con que un cacique desbancó a otro. ¿Entonces qué hace? Agarra al usurpador y lo quema en la hoguera delante de los otros. O sea, terrorismo, para inhibir. Y repone en su lugar al cacique depuesto y él le devuelve el favor con una cantidad de corontas y de mazorcas y de porquerías que tendría ahí. Era otro mundo, extremadamente rudo. Vivías rodeado de gente que te quería matar, incluidos los de tu bando.

Como sea, la identificación con los pueblos originarios está dejando a la hispanidad en el lugar del verdugo innoble, ya indigno de admiración.

Todo el reconocimiento de los pueblos originarios me parece irrebatible. Pero si te interesa comprender al otro, ¡un huevón de hace 500 años también es otro! Es más, si nos situamos en la perspectiva de ese tiempo, la exaltación que los poetas españoles hacen del pueblo mapuche, los cantos de loa reconociendo su coraje, son una cosa bien notable. Y hay escritos posteriores que nos muestran un pueblo mapuche con un nivel de sabiduría extremo. Ten en cuenta que allá en el sur se perdieron partidas completas de españoles, que nunca más aparecieron. Incluso la mitología dice que muchos se perdieron en algo que es un gran mito y que a mí de chico me producía horror, que es la arena movediza.

¿No hay tal cosa?

Que te caes en la arena y te empiezas a hundir, eso no existe en ninguna parte del mundo. Quedas entrampado en la arena, pero no te sigue chupando.

Al final, ¿qué has estado buscando al hacer literatura con la historia de Chile?

Yo creo que, detrás de las anécdotas, hay una búsqueda de Chile visto por el otro. Porque estoy convencido de que nosotros no habitamos Chile, habitamos una abstracción. Nadie sabe de qué se trata el valle central y los valles transversales, ni los cerros que están frente a nosotros. Porque le tenemos un terror cultural a ser andinos, que sería igual a ser indios. Indios son los ecuatorianos, los peruanos de la sierra, nosotros somos más bien argentinos y uruguayos. ¡Y no es cierto! Entonces vivimos con este museo francés de Bellas Artes enfrentado al cerro El Plomo, una cosa psicótica. Yo traté de aprender quechua, tuve un profesor particular, porque después de todos estos acercamientos que hice desde el lenguaje, llegué a la conclusión de que en español no se comprenden estos valles, no se comprende la cosmogonía de Chile. Chilli en quechua significa médula, tuétano, ese es el verdadero origen del nombre. Porque entremedio de estas rocas óseas, de estos cerros que nos envuelven, están estos valles fértiles donde se puede cultivar la tierra.

¿Crees que la identidad cultural chilena sigue existiendo? ¿O ya sirve para hacer metáforas, nomás?

Hay un conjunto de identidades que son todas ficticias, son constructos, artilugios, pero que aún funcionan. Justo hoy, por ejemplo, un cuñado me mandó una película con un gran movimiento de huasos a caballo. Ponte tú que en Maipú, no me dice dónde, pero eran muchos. Y me di cuenta de que bastaba la presencia de estos huasos corraleros para disparar una serie de sentimientos. Este ataque frontal que hay contra el rodeo es un error gravísimo, porque estás atacando todo un campo semántico que le permite a un sector de la élite decir: “Mira, quieren terminar con esto que nos representa”. Y eso funciona, rebalsa a mucho pueblo. Me estoy poniendo medio gramsciano, pero me parece un gran error estratégico. Si tampoco sufren tanto los animales.

Este ataque frontal que hay contra el rodeo es un error gravísimo, porque estás atacando todo un campo semántico que le permite a un sector de la élite decir: “Mira, quieren terminar con esto que nos representa”. Y eso funciona, rebalsa a mucho pueblo.

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Sería una identidad que sobrevive en símbolos, entonces, más que en maneras de ser.

Yo creo que todavía se encuentra una mansedumbre, una nobleza, en el chileno viejo del pueblo, que llegó con eso del campo. Porque hay grandes bloques de la sociedad chilena que han rodado hacia una cosa más bien aviesa, corrompida por el culto a la facilidad, a la ganancia fácil, que es el vicio que adoptó de la élite. O sea, no veo ninguna diferencia entre un portonazo y las colusiones, es el mismo principio: cómo me hago de un turro rápidamente. Toda esa gente está muy corrompida, pero sigue habiendo viejos correctos. Me acuerdo de uno muy corralero que se llamaba don Pedro Juan Espinoza: ese era el prototipo del chileno en el que tú puedes confiar. Le puedes pasar tu guagua y el viejo te la va a cuidar, te la va a devolver bien comida.

Porque hay grandes bloques de la sociedad chilena que han rodado hacia una cosa más bien aviesa, corrompida por el culto a la facilidad, a la ganancia fácil, que es el vicio que adoptó de la élite. O sea, no veo ninguna diferencia entre un portonazo y las colusiones

¿Y qué lo hacía ser así?

En el fondo, la falta de ansiedad. Porque el chileno urbano entró en una dinámica de ansiedad demasiado grande. Esto ya no es un problema moral, es químico: Chile está envenenado de adrenalina y de cortisol, que es la hormona del estrés. Esa intoxicación es la que te tiene en un estado permanente de fuga o combate, así histérico, sin saber por qué, no sabes qué chucha pasa, pero hay un enemigo, algo pasa, las pupilas dilatadas… Y métale pastillas o pasta base para apaciguar, porque una cerveza ya no te hace nada. Unos siete schops te dejan tranquilo. Adrenalina y cortisol, ese es el cóctel fatal que nos tiene así. Y el campo está más tranquilo pero también ha recibido el impacto de esta urgencia de subir, la falsa promesa de una subida rápida que te hacen las campañas de las universidades y los institutos. Otra cosa que genera mucha angustia en el Chile urbano es este culto frenético al capital financiero.

¿Por qué?

Porque es un pueblo que trabaja todos los días pero no se siente produciendo cosas útiles. Te puedo asegurar que los panaderos son los más pacíficos, porque se levantan temprano y se sacan la cresta, pero hacen pan. En cambio, ¿qué está haciendo el vendedor de un retail? Endeudando gente, poh. Si juntaron tanta plata vendiendo objetos que ya prefieren vender la plata. Te vendo $500 en $1.200, ¿cachai? Entonces lo que queda de identidad chilena es lo que puede persistir por debajo. El mito de que somos solidarios, por ejemplo, en las clases populares todavía funciona. Yo me fui a vivir un tiempo a una población, en la casa de un cuidador de autos, y de repente la dueña de casa me decía “acompáñeme a llevarle esta ollita a la vecina que está sin comida”. “¿Y es amiga suya?”. “No, no la conozco porque llegó hace poco, pero sé que no tienen comida”. Eso es instintivo. Pero claro, hay como una ausencia en la sociedad… Más que la identidad, lo que está ausente es el poder del espíritu. Un dato importante aquí es que la Iglesia desapareció.

O por lo menos se calló.

O sea, les queman los templos y no abren la boca. Eso impone una profunda necesidad, a mi juicio, de que surja desde el mundo laico algún tipo de ritualismo que cargue de sentido ciertas cosas. Hay ciertos elementos mágicos que no pueden estar ausentes y que antes los ponía la Iglesia, con todas esas bendiciones y cosas misteriosas que hacían los curas. Inconscientemente, uno dice “se está muriendo Fulanito, vamos a buscar un cura”. Yo lo he hecho mil veces, se estaba muriendo mi papá y salí a buscar un cura en la lluvia. Porque ese elemento mágico es el que cierra y abre. Me ha tocado ir a funerales que son una bolsa de gatos, porque no hay un cura que dirija. Aparece la Garra Blanca por un lado, el grupo Mazapán por el otro y se arma una especie de pesadilla cocaínica. Esta necesidad se empieza a vislumbrar en el vestuario de los constituyentes. Elisa Loncón se ponía sus trajes especiales, Chinga se pone sus cosas, la que viene de Rapa Nui se pone su tocado. Es una cosa identitaria, pero también es la sociedad entera que lo ve como una urgencia, que vengan estos magos, estos brujos con sus conocimientos y poderes, porque no tenemos a los curas.

Pero nos dura poco esa inspiración.

Es que estas cosas tienen que ir pasando solas, no pueden ser inventadas. Pero ese poder existe, yo lo vi en acción. En la Iglesia de Silva Henríquez, que se hizo cargo de un dolor enorme, tú veías el poder del espíritu enfrentado al poder de las armas. Cuando mataron al cura Jarlan, se pusieron en el frente de la Catedral, donde hay unas ventanas que están tapiadas, pegadas con caca de paloma. Las abrieron, se puso un vicario en cada ventana y repetían solamente esto: “Perdónalos, Señor, no saben lo que hacen”. Se te paraban los pelos, yo me puse a llorar y nunca lloro. Sentí que con ese rito, con ese gesto, le estaban pegando al viejo una puñalada con un estilete, que lo podía dejar sangrado un tiempo, pero al final lo iba a matar. “Esto lo va a matar”, dije. La venida del Papa fue otro callampazo.

Sigues siendo maestro masón, ¿no?

Ahora estoy en sueño, lo que significa que no estoy trabajando en ninguna logia. Lo que pasa es que me fui un tiempo a una masonería cristiana, que estaba considerada irregular, lo que llaman “masonería salvaje”. Quizás podría volver, pero no sé, partir para allá con ese traje negro… Es precioso, en realidad. La masonería es preciosa como concepto.

¿Qué se encuentra en la masonería que está faltando afuera?

Fraternidad. La fraternidad masónica es una cosa muy poderosa. Habiendo rivalidades y todo, se produce una relación de hermandad, de amor entre los hermanos de una logia. Han tenido también elementos muy negativos, como la homofobia. Y con Pinochet fueron tremendamente obsecuentes. Pero en la logia Salvador Allende, por ejemplo, hay cuatro hermanos UDI. Eso es una prueba de que se puede pensar y coexistir y tener afecto por encima de esas discrepancias; y más todavía, construir una red de solidaridades y acuerdos. Porque la masonería tiene un elemento bastante patriótico, también. Pero lo fundamental es el valor de la tolerancia, que está por encima de los demás. Junto con la caridad, que es el valor masónico más apreciado de todos. O sea, tú no puedes permitir que una viuda pase zozobras o que un huérfano se vaya a la chucha. Tienes que hacer llegar la ayuda y en silencio, sin que tu mano derecha sepa lo que hace la izquierda.

Caridad no es una palabra de buen tono en la izquierda…

Sí, para la izquierda es paternalismo.

O la excusa de los ricos para no pagar más impuestos.

Pero la caridad masónica tiene que ver con la urgencia. O sea, si un cabro chico tiene hambre, entre esperar que llegue la revolución a expropiar las vacas de Colún para que a él le toque medio litro de leche, es más corto llevarle el medio litro de regalo. Son tiempos distintos, no es ideológico. Y en todo caso, si tú analizas las actuales fuerzas transformadoras, izquierda y derecha son cada vez más un falso dilema. ¿Los que se levantaron para el estallido eran todos de izquierda? Son múltiples demandas, infinitas. Anda a leer las paredes, hay un grupo que se denomina Otaku Antiyuta, hay otros que son punks célibes, que no tiran… Y las mujeres van a la punta. Esta es la revolución de las mujeres, que llega con muchos años de retraso. En el mundo entero son ellas las que mantienen los hogares, que es una cosa terrible. Los hombres estamos desapareciendo en la nada, nos estamos diluyendo en los Francos Parisi.

Estaría comenzando, según se dice, la era del macho inútil.

Hay mucho pelafustán que quedó en esa. Porque el hombre chileno está muy marcado por la madre sobreprotectora, que te hace pedirle a tu mujer que te cuide igual que ella. Y eso ya no corre. Y mientras el hombre se quiebra rápido, la mujer no se quiebra nunca. Por los hijos es capaz de cualquier cosa, no tiene límite. Esa fortaleza le da el triunfo, con eso se lleva la baza. A mí me encanta mirar a las mujeres que cocinan acá a la vuelta, unas gordas dicharacheras, las encuentro súper sexys. Y hacen su pega bien, son simpáticas, no te ponen problemas, son formidables. Todas esas mujeres mantienen sus casas. Por algo en la campaña de Boric la llevó la Izkia Siches, más que los memes y más que esos videos ochenteros de famosos de otros países.

El hombre chileno está muy marcado por la madre sobreprotectora, que te hace pedirle a tu mujer que te cuide igual que ella. Y eso ya no corre. Y mientras el hombre se quiebra rápido, la mujer no se quiebra nunca.

¿Cómo crees que le va a ir al gobierno de Boric?

Tengo mucha esperanza. Creo que va a estar muy bien asesorado, con gente de todos lados. Al final va a tomar las decisiones él, no te quepa duda, pero antes va a preguntar, eso sabe hacerlo. Y creo que también va a recibir apoyo de gente de todas partes. Porque apoyar a Gabriel Boric hoy día es una cosa patriótica. Estamos caminando sobre hielo muy delgado y la élite tiene que pegarse la cachada, porque el nivel de abuso ha sido enorme. Y los demás tenemos que cuadrarnos con el nuevo gobierno. Digo esto porque es muy posible que Boric tenga su principal dificultad en los grupos cercanos a él, no en la vereda de enfrente.

¿Por qué?

Porque en esos grupos hay mucha gente que va a tratar de apurarlo, porque es voluntarista, no toma en cuenta lo que el camarada Lenin llamaba los porfiados hechos. Hoy los porfiados hechos dicen que los años son cuatro y las demandas son infinitas. Yo ya no me acuerdo qué es lo que tiene ser gratuito y de calidad, son demasiadas cosas. Así que la tarea de Boric será ver dónde están los grandes dilemas y pegarles una peinada, ir recomponiendo el entramado. Pero va a tener a estos compañeritos que son buenos pal parle, que le van a hacer 40 análisis y se va a volver loco, porque él no es así. Él hace análisis político, pero los otros son manflinfleros, les gusta lucirse, te hacen una clase y no se les está pidiendo eso, se les ha solicitado otra huevá. La suerte de este gobierno va a depender mucho de que la buena voluntad de las personas entre a funcionar.

Decías que seguimos necesitando a los magos. ¿Crees que también vamos a seguir necesitando héroes? Para muchos, esa figura se extinguió.

Me parece un juicio prematuro. Al menos desde la Ilíada, siempre ha hecho falta la figura heroica en la construcción de un pueblo. El caso de Prat es formidable: un país que comienza a existir como tal porque alguien da la vida por una bandera que hasta ese momento era un trapo. Tú sabes que en Japón lo tienen considerado como un samurái, está en un panteón de los samuráis mundiales. De ahí viene también ese patriotismo barato y tan fácil de exacerbar, pero bueno, todo tiene su extremo.

De un tiempo a esta parte, en todo caso, Prat está quedando como el héroe histórico que reivindica la derecha.

Nooo…

La izquierda no lo impugna, pero andarlo admirando ya se ve como “de facho”.

¡Pero es que están equivocados! A ver, yo comprendo que una serie de héroes estén desactivados por los desafíos de la actualidad. Pero el sentimiento nacional chileno, nos guste o no, surge cuando Prat se inmola ante esa estrella solitaria y la carga de sentido. Lo que pasa es que algunos grupos están tratando de imponer ciertos criterios. También te dicen facho, por ejemplo, si no usas el lenguaje inclusivo. Y yo sigo creyendo que si me fundamento en lo esencial, que es el respeto, no necesito deconstruirme para entender a los transgéneros, ni decir nosotres para reconocerlos. Soy un viejo, sin duda. Y vivo rodeado de jóvenes que son muy partidarios de todo esto, que dicen “la cuerpa”, que para mí es una ridiculez. Y me amenazan, me dicen que me voy a quedar abajo de la micro. Pero si son tantos los precios que voy a tener que pagar por envejecer y enfermarme y deteriorarme y morir, ¿uno más? Me la suda, yo no he sido ningún santo.

Lo que pasa es que algunos grupos están tratando de imponer ciertos criterios. También te dicen facho, por ejemplo, si no usas el lenguaje inclusivo. Y yo sigo creyendo que si me fundamento en lo esencial, que es el respeto, no necesito deconstruirme para entender a los transgéneros, ni decir nosotres para reconocerlos.

Hace algunos años decías: “Hay un Chile más recatado y más heroico que se ha ido erosionando”. ¿Cómo se combinan esos dos adjetivos?

Es que recatado y heroico no es el héroe de epopeya, sino el de la pequeña épica. Es la actitud del chileno que se levanta oscuro y, sin hacer ningún aspaviento, se va a la construcción y se compra un café y un sándwich de mortadela a la pasada. Ese Chile está empezando a sufrir un embate, a ser muy castigado por la presión de este otro Chile que exige y exige y siempre se está quejando. Porque ese otro chileno no se queja, entonces el quejicoso triunfa sobre él. El chileno hipocondríaco, enfermo de la vesícula. ¿Te has fijado que ahora el chileno es verde? Es un pueblo enfermo de la vesícula porque come mucha fritanga en la calle. Y el chileno verde es un huevón bilioso, quejicoso, pedigüeño, y en parte tiene razón, porque se enfrenta a unos patrones que son unos vampiros. ¡Pero un país con ese contingente no va a ninguna parte! Por eso los venezolanos los desplazan. En las mañanas voy a tomar desayuno a la Plaza de Armas y el factor venezolano es cosa seria, no paran. Aquí a la vuelta hay un supermercado que se ve chico por fuera, pero adentro tiene de todo. Es pillo el huevón, un gallo grande, te cuesta cachar si es barato o es caro. Pero siempre tiene abierto. Para Año Nuevo cerró a las 12, pero avisó: “Vuelvo a la 1.30 am”. ¡Y a la 1.30 abrió de nuevo! Y con los haitianos viene otro chorro de sangre fresca, con una negritud que nos hacía mucha falta volver a tener. Porque Chile tuvo un componente negro, pero se diluyó por la envidia del mestizo, que cuando libertaron a los negros los hueveó y los hueveó hasta que se tuvieron que ir al Perú.

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