Columna de Daniel Matamala: La isla de la fantasía

An electoral official holds a ballot at a polling station during a referendum to decide whether the country should replace its 40-year-old constitution, written during the dictatorship of Augusto Pinochet, in Santiago, Chile, Sunday, Oct. 25, 2020. (AP Photo/Luis Hidalgo)



85% para el Rechazo, 15% para el Apruebo. Ese fue el voto del dinero en este plebiscito. Los donantes de la política entregaron $ 427 millones para financiar la campaña del Rechazo, y sólo $ 76 millones para el Apruebo. Es una prueba más de la fractura que expuso el plebiscito. El mapa del Gran Santiago luce como una isla de la fantasía de tres comunas, separada del resto de la población. A mayor ingreso per cápita, a menos muertes por Covid, a mayor esperanza de vida (elija la variable que quiera), más votos para el Rechazo.

Hace ya años que en esta columna se insiste majaderamente en el punto. De tanto vivir en lugares segregados, tener educación y salud separadas, y recibir trato diferenciado de la justicia y la policía, la élite y el resto de Chile han terminado por habitar en países mentales distintos. Para el 68% de los directores y gerentes de empresas, la primera urgencia del país es “restituir el orden público”. Sólo el 22% de los ciudadanos coincide. El 67% de los chilenos espera que la crisis traiga un país mejor. Apenas el 37% de la élite económica lo cree (Cadem).

La clase dirigente se niega a entender que enfrenta un radical cuestionamiento a su legitimidad, impunidad y privilegios. Ya antes del estallido social, el 67% de los chilenos veía “un gran conflicto” entre ricos y pobres. En 2020 la cifra subió a 77% (Encuesta Bicentenario UC).

La marcha del millón, el 25 de octubre de 2019, lo expresó. Y la marcha de seis millones a las urnas para marcar Apruebo, el 25 de octubre de 2020, lo reafirmó. Fuera de la isla de la fantasía, los chilenos no están divididos: están unidos en pedir cambios profundos, pero pacíficos; estructurales, pero consensuados.

Algunos habitantes de la isla, sin embargo, siguen fantaseando con un país de ficción, creyendo a pies juntillas los cuentos de sus analistas favoritos, esos que copan segundos pisos, foros empresariales y columnas de los diarios. En 2014 y 2015 los convencieron de que escándalos como Penta, SQM y las colusiones no eran corrupción. Hasta el 17 de octubre minimizaron el malestar; el 18 atribuyeron todo a guerrilleros infiltrados y conspiraciones paranoides, y luego describieron un Chile polarizado entre izquierda y derecha; entre pacíficos y violentos; o entre jóvenes y viejos. Como dijo Óscar Contardo: “Si yo cobrara por hacer diagnósticos y hubiera vendido diagnósticos totalmente equivocados durante años, tendría algo de pudor en aparecer haciendo como si nada”.

Pero siguen ahí, vendiendo negación. Ignorando este momento populista, uno en que, nos guste o no, la ciudadanía se une en oposición a las élites. Los datos, dice Ramón Cavieres, director de Activa Research, muestran “pérdida de credibilidad y confianza de las élites políticas, económicas, y todo aquello que implique privilegios. La población no está ideologizada políticamente, las élites sí, y eso genera desconexión”. Apenas el 20,9% de los chilenos cree que la polarización ha aumentado (Pulso Ciudadano).

¿Cómo ignorar esta realidad? ¿Cómo negar toda la evidencia de las urnas, las calles y las encuestas? Inventando fantasías, como el tongo de Numen, una empresa argentina de marketing digital pagada por la campaña del Rechazo, que publicó un supuesto análisis que dividía a Chile en dos: 53% para sus financistas contra 47% para el Apruebo. Medios como El Mercurio y El Líbero dieron amplia cobertura a esta paparruchada, con detallados gráficos, entrevistas y reacciones. Tras el plebiscito (y tras haberse embolsado el dinero), el CEO de la empresa sinceró que “nosotros no somos una encuestadora”.

Mientras algunos (no todos, por cierto) en la isla de la fantasía se entretienen en estas ficciones, el Chile real se transforma. El Apruebo marcó máximos en comunas en conflicto ambiental como Freirina (92%), María Elena (91%) y Mejillones (89%). Esas comunidades han rehecho el tejido social para defender sus vidas, y eso se expresó ahora en las urnas. También en las comunas populares urbanas la participación se disparó a niveles récord desde que existe el voto voluntario. En la más pobre de Santiago (La Pintana), pasó del 37% en 2017 al 52% en 2020. Lo mismo ocurrió en Lo Espejo y Cerro Navia, con más de la mitad de la población votando, y el Apruebo ganando con entre 88% y 89%.

El plebiscito logró encauzar la energía social en un proceso constructivo, con una ciudadanía esperanzada en empujar cambios mediante la democracia, y jóvenes votando por primera vez. Es un avance al que la clase dirigente debe abrir paso. Como advierte la cientista política Claudia Heiss: “El peligro principal de este proceso es que las élites traten de cooptarlo”.

Porque tras el día del plebiscito en que todos contamos igual, ya el lunes volvimos a sobrerrepresentar una pequeña minoría en los espacios de influencia y poder. El conflicto élite-ciudadanos se niega, o se explica desde un discurso paternalista en que, como dice Juan Carlos Eichholz, “los padres se alejan emocionalmente de sus hijos”.

El horno ya no está para esos bollos. La isla de la fantasía debe tender puentes para reconectarse con Chile desde la igualdad, no desde el paternalismo.

Y tampoco desde la amenaza. El rotundo fracaso de las campañas del terror en el plebiscito recuerda la sentencia que se atribuye a Séneca, enfrentado a Nerón: “Tu poder radica en mi miedo. Ya no tengo miedo. Tú ya no tienes poder”.

Esa es la realidad. Chile votó por construir un futuro común en paz. Ya basta de fantasías.

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