Mónica Rubio, astrónoma: “Hasta hace no mucho, el cielo estaba mucho más cerca de la experiencia humana”

30.01.2022 MÓNICA RUBIO, ASTRÓNOMA. FOTO : FRANCISCO PAREDES

La científica chilena, autoridad mundial en el campo de la maternidad estelar y Premio Nacional de Ciencias Exactas 2021, se explaya a gusto sobre su larga experiencia persiguiendo las luces y sombras del universo. También aborda el lugar de la mujer en las ciencias, los discutidos proyectos de Elon Musk y la posibilidad, cada vez menos remota, de encontrar indicios de vida en otra parte.


“Yo estudio la región donde va a nacer una estrella.” Para poder presentarse en esos términos, Mónica Rubio ha tenido que pasarse la vida buscando moléculas a millones de años luz de la Tierra; las tiene que buscar, además, en lugares invisibles. Los cielos del desierto de Atacama y el radiotelescopio ALMA le permitieron realizar su mayor descubrimiento hasta la fecha, publicado por Nature en 2015 con inmediato eco internacional. A saber: Rubio encontró monóxido de carbono en una “incubadora de estrellas” ubicada en la galaxia enana WLM. Ya explicará por qué eso importa. Primero, cómo llegó a importarle a ella:

“Con mi familia veraneábamos en un lugar muy oscuro en el campo, cerca de la playa Matanzas, que ahora es famosa por los surfistas. Y en las noches salíamos con mis hermanos a mirar las luciérnagas, a jugar a las escondidas, y en esas salidas yo siempre miraba el cielo. Veía esos puntitos brillantes, unos más brillantes que otros, y me preguntaba qué serían. Todos me decían ‘no, son las estrellas’. ‘Ya, pero qué son las estrellas’, decía yo”.

Al rescate de esa inquietud apareció una asociación de astrónomos aficionados, Achaya, que funciona hasta hoy en el Cerro Pochoco. “Me pasé toda la enseñanza media yendo los sábados al Pochoco. Tomaba una liebre que llegaba hasta El Arrayán y desde ahí subía a pie. Durante la tarde ayudábamos a construir el observatorio, pero apenas oscurecía nos poníamos a mirar el cielo y uno de los socios nos describía las constelaciones. Mis compañeras de colegio se reían, porque ellas partían a carretear y yo me iba a mirar las estrellas. Debo haber sido un poco nerd”.

Estuvo a punto de estudiar Medicina, pero el libro El universo, de Isaac Asimov, terminó de convencerla. Entró al plan común de Ingeniería en la U. de Chile, el único camino que existía en el país para licenciarse en Astronomía. Recuerda que ese año había 800 vacantes en Beauchef y entraron 20 mujeres. “Y debo reconocer que nunca me sentí discriminada por mis compañeros, pero sí por la infraestructura: había un solo baño de mujeres en todo el campus. Si uno estaba en otra parte, tenía que ir y volver corriendo”. Tiempo después se doctoró en Astrofísica en la Universidad de París VII y fue académica visitante en Yale, Harvard, el Instituto Max Planck y un largo etcétera; le importa aclarar, sin embargo, que ha hecho toda su carrera desde la U. de Chile. Y que es una astrónoma observacional:

“A mí lo que me gusta es ir a los observatorios, estar en la punta de los cerros y pasar toda la noche tomando mis datos. Me encanta el silencio de esos lugares aislados, la cordillera, ver los colores. El hecho de observar me provoca mucho placer y paz. Y de todas esas noches, que han sido más de 700, no me he perdido nunca una puesta de sol. A veces la observación empieza justo después, pero igual salgo a verla y me vuelvo corriendo a la cúpula”.

¿Se ha pasado más de 700 noches en observatorios? Son casi dos años enteros.

Sí, pero todavía no me aburro. Y como me gustaba tanto, ganaba muchos tiempos de observación.

¿Es muy difícil ganarse una noche en los observatorios grandes?

Sí, es muy competitivo. En los observatorios que están en Chile hay una cuota del 10% para astrónomos chilenos, pero igual hay muchos más proyectos que noches disponibles. Por lo tanto, hay comités internacionales que ranquean los proyectos y no es para nada obvio que te den el tiempo. Y si te dan noches de invierno, todavía tienes el riesgo de que te toquen nubladas.

¿Y esa noche se la devuelven?

No, olvídate. Tienes que volver a postular el otro año. ¡A mí me han tocado noches nubladas en pleno diciembre! Esa vez estuve tres noches en Cerro Tololo sin poder hacer nada, no lo podía creer. Las nubes no se disiparon nunca.

30.01.2022 MÓNICA RUBIO, ASTRÓNOMA. FOTO : FRANCISCO PAREDES

Cuando el telescopio encuentra algo, ¿usted se da cuenta ahí mismo o los datos son tan complejos que en ese momento no entiende nada?

En algunos casos, sí te das cuenta en el momento. Y a veces ha sido súper emocionante, porque uno busca cosas que no sabe si van a estar ahí o no. Y los objetos que yo busco son débiles, entonces tengo que estar una hora en el mismo objeto y después sumar todos esos datos. De repente empieza a aparecer algo y uno dice “¡ah, aquí parece que hay, démosle más tiempo!”. Y la señal desaparece. Buuu, frustración. Pero otras veces es “¡sí, está ahí, está ahí!”.

¿Recuerda alguno de esos momentos en particular?

Sí. Cuando se trajo el primer radiotelescopio al hemisferio sur, en Cerro Tololo, participé de una larga exploración que estudió la emisión de monóxido de carbono en dos regiones: la zona sur de la Vía Láctea y las Nubes de Magallanes. Yo elegí el turno de las Nubes de Magallanes. Y mis colegas que observaban la Vía Láctea me mostraban todas las noches: “¡Mira, aquí se detectó monóxido!”. Y yo llevaba meses sin encontrar nada, pero nada. Estaba tan frustrada… Y una noche, de repente, empieza a aparecer una pequeña señal. ¿Será?, dije yo. Le di más tiempo a esa posición para ver si era algo real o espurio. Y me acuerdo patente, ¡pero patente!, cuando apareció la línea en el gráfico. Esa línea era lo máximo que me podía pasar.

¿Qué significaba pillar monóxido de carbono en ese lugar?

Lo que pasa es que el proceso de nacimiento de las estrellas ocurre en zonas que no emiten luz. Por eso la astronomía se demoró en encontrarlas: con los telescopios ópticos no se podían ver. Son grandes nubes de gas y polvo en cuyo interior, por efecto de la gravedad, la materia se está comprimiendo. Pero ese proceso sí genera temperatura. Por lo tanto, los astrónomos empezaron a buscar zonas que emitieran temperatura, pero no luz. Para eso usaron telescopios infrarrojos, que funcionan igual que los termómetros que te marcan la temperatura cuando entras a un lugar.

Con el termómetro un poco más lejos, en este caso.

Bastante más lejos, pero aun así se encontraron esas zonas oscuras y esa fue una primera gran cosa. La siguiente pregunta era qué pasaba ahí adentro. Si se estaban formando estrellas, tenía que haber átomos de hidrógeno −el elemento más común en el universo− formando moléculas al compactarse. ¿Podíamos detectar una molécula de hidrógeno? No, porque no emite nada. Pero el universo también tiene una fracción de carbón y de oxígeno, que al combinarse forman monóxido de carbono, CO, la misma molécula del smog de Santiago. Y esa molécula sí emite una radiación cuando se rompe. En los años 70 se construyeron los primeros radiotelescopios capaces detectar esa emisión en estas zonas oscuras.

Detectar ese CO, entonces, significa que ahí se están incubando estrellas.

Claro, es como el trazador de que ahí están los objetos colapsando y van a terminar generando energía hasta encenderse. Ahora, ¿cuál era la gracia de detectar CO en las Nubes de Magallanes? Que tienen mucho menos carbón y oxígeno que nuestra galaxia. Y yo después estudié la galaxia WLM que tiene mucho menos aún. La importancia de eso es que las primeras estrellas del universo tenían muy poco carbón y oxígeno, porque esos elementos sólo se forman cuando una estrella los produce y al morir contamina el medio. Entonces, al entender cómo se forman estrellas en galaxias con muy poquitos ingredientes, nos vamos acercando a entender cómo se formaron las primeras. Las nubes moleculares que yo estudié en WLM eran muy pequeñitas, tenían máximo mil veces la masa del sol. En nuestra galaxia pueden tener hasta un millón de masas solares.

¿Un millón de soles en una nube de gas?

Sí, pero la eficiencia no es del 100%, es de entre 1 y 3%. O sea, una nube de mil soles sólo va a formar entre 10 y 30 estrellas como el sol. Pero ya es notable saber que pueden formarlas con tan poco CO. Ahora han tratado de detectar CO en galaxias que tienen menos carbón y oxígeno que WLM y hasta el momento no se ha podido.

O sea que a usted todavía nadie le gana.

Sí, me queda cuerda. El problema es que esa señal sería muy débil y no tenemos aún la sensibilidad para detectarla.

Podríamos decir que usted se interesó tanto en los puntitos de luz que terminó estudiando las puras tinieblas.

El universo oscuro, sí. Porque lo que me motivó era saber cómo nacen las estrellas.

¿Por qué se fijó en eso?

Por el ciclo de la naturaleza. Veía que todo en la naturaleza tiene un ciclo en que nace, vive y muere, por lo tanto esos puntitos blancos tenían que nacer también. Y antes de nacer las estrellas, el universo efectivamente era oscuro, no había luz. Primero fue pura energía. Luego se empezaron a forman átomos, que son sólo de hidrógeno, algo de helio y un poquito de litio. Hasta que una nube de hidrógeno se enciende como estrella y entonces el universo se ilumina. Tomar imágenes de esas primeras estrellas es uno de los objetivos del telescopio James Webb que acaba de salir al espacio.

¿Eso significa apuntar el telescopio hacia una zona donde el universo empezó, o no existe tal lugar?

No. Este es un concepto muy difícil de visualizar, pero el universo nació y se empezó a expandir por igual en todas las direcciones, no fue “desde un centro hacia afuera”. Entonces en cualquier lugar al que apunte el telescopio debería encontrar primeras estrellas.

Es sólo apuntar más lejos, entonces.

Exacto, se apunta a un lugar muy chiquitito del cielo pero a miles de millones de años luz. Ya el Hubble pudo observar galaxias muy cercanas a la infancia del universo, pero se espera que el James Webb pueda llegar a la primera generación. Los modelos dicen que esas estrellas eran sumamente grandes pero vivieron muy poco tiempo.

¿Le sigue abismando la inmensidad del cosmos o ya se acostumbró?

No, eso no se pasa. Porque son dimensiones que uno no se puede imaginar. Y uno se siente tan pequeña, ¿no? O sea, uno es nada dentro del universo.

¿Hace bien darnos cuenta de eso?

Por supuesto, nos pone los límites, nos ubica. Pero es más bien un contrapunto: somos nada, pero dentro de esa nada se desarrolló una capacidad que permite conocer el universo y comprender lo extraordinario que es. A mí me asombran las dos cosas, que en realidad van juntas. Por eso siempre le digo a la gente que vuelva a mirar el cielo. ¡Si la fascinación por el cielo no era cosa de astrónomos! Lo que pasa es que ahora no lo vemos, por tanta luz que hay en las ciudades. Pero hasta hace no mucho, el cielo estaba mucho más cerca de la experiencia humana, siempre lo estuvo. Desde los inicios de la humanidad fue nuestra orientación.

¿Es de los científicos que, después de darse toda la vuelta por la materia, concluye que tiene que existir Dios?

No, porque el concepto de Dios tiene que ver con creencias, no con la evidencia medible. Hay personas en las cuales la creencia y la racionalidad convergen, pero eso no implica, en mi opinión, que una pueda explicarse a partir de la otra. La ciencia no se pronuncia sobre lo que no puede conocer. Por ejemplo, hoy no podemos descartar que se hayan formado muchos universos como el nuestro, pero eso no significa “ah, entonces sí”. Significa “no tenemos idea”. Lo que uno sabe es que este universo, donde estamos nosotros, partió con una explosión.

Ciencia chilena

Cuando ganó el Premio Nacional, su frase de batalla en las entrevistas fue “el talento y las capacidades no tienen género”.

Sí, es algo que siempre trato de transmitir a las niñas y a las jóvenes: si tienen pasión por algo, no se limiten, sigan adelante, porque su capacidad no es menor.

¿A usted le costó creérsela?

No, porque era tan apasionada que sólo quería ser astrónoma y ser mujer no me complicó para eso. Después, cuando tienes que tomar cargos de responsabilidad, entras en otro mundo donde sí es más difícil.

¿Qué lo hace más difícil?

Que hay menos mujeres y las redes son masculinas. Y esto es cultural, no es que los hombres quieran expresamente excluir a las mujeres. Si te fijas, los juegos entre los niños son todos de grupo, mientras los de las niñas son individuales o de a dos; entonces ya hay, desde la partida, una diferencia en la manera en que tú socializas. Y eso forma un hábito. “Oye, falló uno para el equipo de fútbol, ¿tú te podís conseguir a alguien?”. Tú tomas el teléfono y llamas a un amigo. “Oye, necesitamos contratar a alguien en esta empresa”. ¿Qué haces? Lo mismo. Por eso digo que es cultural. Y la única manera de romperlo es que haya más mujeres que digan “oye, llamemos a una persona que conozco y que es una mujer”. Otro tema que para mí fue sensible, como mujer, es que yo no quería renunciar a tener hijos por el hecho de ser astrónoma, quería las dos cosas. Me parecía fascinante poder ser testigo y ser el generador de una nueva vida, eso no me lo quería perder. Incluso tenía claro que iba a tener hijos con o sin pareja. ¿Por qué digo esto? Porque hay mujeres que no quieren tener hijos, pero hay otras que sí quieren y se sienten amenazadas o indecisas porque su carrera profesional podría retrasarse.

¿Diría que es una inquietud frecuente entre las científicas?

Sí. Y durante mis embarazos, y cuando los niños estaban más chicos, efectivamente mi carrera se enlenteció. Pero pasada esa etapa, seguí adelante y sobrepasé a muchos colegas varones que habían seguido al mismo ritmo. Lo que quiero decir es que si la pasión por lo que uno hace está ahí, al final va a poder hacerlo. Quizás tengas que ir más lento porque, a diferencia de los hombres, no puedes tener hijos después de cierta edad. Pero una vez que lo hiciste, puedes apretar el acelerador y pasar adelante a todos los colegas varones [se ríe].

¿La astronomía es un oficio para solitarios o no tanto?

Para tomar los datos hay que ir a un observatorio y eso es aislarse del mundo. Pero uno está ahí una semana, máximo 10 días, y después tiene un trabajo de oficina con un computador. Eso sí, en las ciencias se considera que si uno está trabajando en temas de frontera, tiene que asistir a los congresos internacionales a mostrar sus resultados. Así que mi trabajo también significó viajar mucho al extranjero. Mis hijos y mi marido me decían “el cometa Rubio”, porque la mamá partía a un observatorio y tres semanas después se estaba yendo por 15 días a lugares bien raros donde los astrónomos hacían los congresos. Entonces crecieron con una mamá que se ausentaba de la casa frecuentemente. Yo no lo sentí tan así, pero ellos dicen eso, tanto que me apodaron así.

Cuando se habla de “la ciencia en Chile” siempre hay un dejo de frustración, como si nos pesara una deuda crónica. Usted dirigió el Programa de Astronomía de Conicyt (entre 2007 y 2014) y fue vicepresidenta del Consejo de Conicyt (2019). ¿Dónde ve el problema?

Creo que tenemos una tradición, una cultura, que hace muy difícil que la sociedad reconozca el valor de la ciencia en el desarrollo de un país. No siempre fue así. En la época de Andrés Bello había toda una generación convencida de que el conocimiento era necesario para estructurar un país, por eso se trajeron científicos notables en todas las áreas. Pero esa cultura, por lo que me ha tocado vivir, hoy no está tan presente en las autoridades. Hace 20 años escuchamos en todas las campañas presidenciales que van a duplicar la inversión y hasta ahora no ha pasado nada. Pero no pierdo la esperanza.

También pasa que el político quiere que hagamos ciencia aplicada y el científico quiere hacer ciencia básica.

Es que tú no puedes hacer ciencia aplicada si no tienes ciencia básica. Lo que hay que formar es una cadena, un ecosistema de conocimiento. La astronomía, por ejemplo, siempre ha sido una ciencia que empuja el carro de las cosas que no existen. Construir un telescopio como el James Webb tomó 20 años, porque nada de lo que tiene ese instrumento existía antes. Y ese nuevo conocimiento, que nace del puro deseo de conocer, después encuentra muchas aplicaciones distintas. Las mamografías que hoy detectan muy temprano el cáncer de mamas existen gracias a una innovación que mejoraba las imágenes del Hubble, por dar un ejemplo entre muchos.

Como académica visitante, ha pasado por varias de las instituciones que hacen mejor ciencia en Estados Unidos y Europa. ¿En qué diría que nos sacan ventaja? ¿Es sólo la plata?

No es sólo la plata. También está más difundida una metodología, una manera de hacer las cosas, que le saca más provecho a los recursos financieros y a los talentos. La gente inteligente está repartida por todas partes, eso no es lo que nos falta. Pero no hemos desarrollado esas prácticas y procedimientos que permiten hacer las cosas de manera más eficiente.

¿Se refiere a la institucionalidad pública o a las universidades mismas?

No, creo que esto parte desde la educación primaria: cómo se enseña, cómo se aprende. Es un tema bien complejo y de largo plazo, pero en esos países los sistemas educacionales, en general, son más disciplinados y más rigurosos.

¿También nos falta un sector privado más proclive a correr los riesgos de la innovación?

La ciencia básica, en todos los países, se financia principalmente con fondos públicos. Pero cuando se pasa a hacer ciencia aplicada o innovaciones, la proporción estándar del financiamiento es 2/3 privado y 1/3 público. En Chile la tenemos invertida: 2/3 público y 1/3 privado. Por lo tanto, estamos al debe. Porque esas sociedades han incorporado que sus bienes y servicios no pueden competir sin tecnología. Y una de las cosas que suelen hacer es priorizar ciertas áreas donde tienen ventajas comparativas, o donde deciden que quieren ser líderes. Acabamos de escuchar a Macron decir que va a poner muchos recursos en el desarrollo de la energía verde y nuclear. El Reino Unido decidió hace varios años que quería ser líder en la industria farmacéutica. O sea, esto también lo hacen los países ricos.

Se dice mucho que la astronomía podría servirnos para meternos en la vanguardia de la ciencia de datos. ¿Es tan así?

Eso es real. Porque al trabajar con enormes volúmenes de datos, la astronomía acumula mucha experiencia en el desarrollo de algoritmos y machine learning. Y a diferencia de los datos que generan áreas como Google, las finanzas o la salud, estos datos son inocuos, no son sensibles, por lo tanto sirven para experimentar con algoritmos de otro tipo. Pero tengamos claro que en muchos países hay personas capaces de hacer esos desarrollos, por lo tanto hay que preguntarse cómo aprovechamos que esos datos se van a generar acá. Y ahí la clave es hacer alianzas inteligentes. Lo que pasó en Chile en estos 50-60 años no fue que el país dijera “desarrollemos la astronomía porque tenemos los mejores cielos del mundo”. Fue que los cielos atrajeron a gente de afuera. Pero el país lo aprovechó: les dio todas las condiciones a cambio de incorporar a los científicos nuestros. Medio siglo después, tenemos una comunidad científica muy reconocida en el mundo y que produce muchos descubrimientos porque accede a instrumentación de primera línea. Esos son los caminos que hay que seguir abriendo.

A mucha gente le preocupa que los nuevos magnates estén tomando la exploración espacial en sus propias manos. ¿Qué le parece lo que está haciendo Elon Musk?

Encuentro que la visión, el empuje y la osadía de Elon Musk es realmente extraordinaria. De partida, es una persona muy preparada…

Y deslumbrada, igual que usted, por las lecturas de adolescencia de Asimov.

Claro, aunque él tiene otros talentos, como hacer buenos negocios. Pero lo notable es cómo ha apostado por sacarle partido a los conocimientos científicos. El hecho de que él creyera y demostrara que podía construir un cohete reutilizable, significa que los costos de estar enviando cosas al espacio se reducen tremendamente respecto de cada cohete de la NASA que despega financiado con fondos públicos. Musk está lanzando el mismo cohete varias veces, porque lo recupera. Y gran parte de esos recursos los provee él mismo con los negocios que hace. También se le metió esta idea de llevar al hombre a Marte y empuja y tira. La NASA también tiene su proyecto, aunque ellos dicen “al ser humano lo llevamos a Marte sólo si lo podemos traer de vuelta”. Eso va a ser mucho más difícil.

¿Cree que tiene sentido tratar de colonizar Marte?

Bueno, ¿tenía sentido ir a la luna? ¿Cuál fue el objetivo de mandar humanos para allá? Cuando Cristóbal Colón salió a explorar el mundo no sabía que iba a encontrar América. La curiosidad es un motor del ser humano, que lo hace ponerse desafíos y poner toda su capacidad de invención detrás de esos desafíos. En ese sentido, lo encuentro notable. Hay gente que plantea preguntas éticas sobre una colonia en Marte, pero yo no lo he pensado tanto. Por ahora me preocuparía más de cuidar la Tierra.

Otro tema con Musk es la multitud de satélites para proveer internet que está instalando su empresa Starlink. Los astrónomos dicen que ya están afectando las observaciones.

Sí, eso es efectivo y hay una preocupación a nivel mundial, liderada por la Unión Astronómica Internacional, para ver cómo se puede mitigar el efecto de estos satélites. Elon Musk dio que hablar porque los lanzó primero y anunció que va a poner 30 mil, pero también hay proyectos de empresas chinas e inglesas y con eso va a haber unos 100 mil en total. Y ya están contaminando las imágenes astronómicas con trazos brillantes, sobre todo las tomadas al atardecer y al amanecer, porque llevan paneles solares que reflejan la luz del sol.

Dicen que hasta nos pueden cambiar los atardeceres del futuro.

No he visto simulaciones, pero puede ser. El año pasado yo estaba mirando el atardecer, en el sur, y de repente veo un collar de perlas en el cielo, un trencito de luces que tenía de largo unas 10 veces el diámetro de la luna, era bien espectacular. Porque los lanzan en grupos de a 60 y después se van separando. Pero ha habido buena disposición de Starlink para trabajar este problema con los astrónomos. Una idea fue pintar los satélites de colores oscuros, pero no funcionó porque se calentaron. Otra idea ha sido corregir la inclinación del panel solar para que no refleje la luz hacia la superficie terrestre. Con estas pruebas ya se ha podido bajar la luminosidad, pero hay que seguirla bajando.

Pensando de nuevo en las grandes preguntas, ¿qué investigaciones en curso le atraen en este minuto?

Hay dos cosas sumamente atractivas y donde no sabemos qué sorpresas nos va a deparar el universo. La primera es que, con los dos telescopios gigantes que se están construyendo acá en Chile, el ELT y el Giant Magellan Telescope, se va a poder tomar imágenes de planetas parecidos a la Tierra, pero que orbitan otras estrellas. Eso va a ser algo increíble.

¿Parecidos a la Tierra significa que puedan tener agua líquida?

Son varias condiciones, pero esa es central, sí. Y al mismo tiempo el James Webb, como está fuera de nuestra atmósfera, nos va a permitir estudiar si en la atmósfera de ese planeta hay intercambios de gases que pudieran indicar que hay vida como nosotros la conocemos, o un proceso como la fotosíntesis que indique que hay algún tipo de organismo. Eso también es muy espectacular. Y en el campo que yo estudio, lo que más me emociona es que en las nubes donde nacen las estrellas se están detectando muchas de las llamadas moléculas prebióticas, en las cuales se basa toda la vida que hay en la Tierra. Son moléculas que se forman a partir de carbón, hidrógeno y oxígeno; y si se juntan dos de ellas, pueden formar los aminoácidos que a su vez son el ladrillo con el cual se forman todas las proteínas y los primeros organismos vivos. O sea que, cuando nace una estrella con su familia de planetas, nacen en un lugar donde todos los ingredientes para formar vida ya están. Lo encuentro formidable.

¿Descubrir vida extraterrestre será materia de otras generaciones?

A mí no me extrañaría que en la próxima década tengamos evidencias que se puedan interpretar como presencia de algún tipo de organismo en otra parte.

¿Pero las distancias hacen irrisorio imaginar un futuro contacto?

Es que una cosa es que se genere vida en muchas partes del universo y otra cosa es que esa vida haga la misma evolución que conocimos aquí en la Tierra.

Pongámosle que sí.

Pongámosle que sí. Con la física que conocemos hoy −pudiera descubrirse una nueva física más adelante− no tenemos cómo comunicarnos si la velocidad de la comunicación es finita. Es decir, si su límite es la velocidad de la luz. Entre que mandemos una señal, la reciba una comunidad con tecnología para detectarla y nos mande otra señal de vuelta, pasaron millones de años. Así que, desde ese punto de vista, seguimos estando solos. Ante la imposibilidad de comunicarnos, da lo mismo que no lo estemos.

A lo más que podemos llegar, entonces, es a ser testigos de civilizaciones que existieron hace millones de años.

Creo que eso ya es mucho. Lo que vamos a poder decir es que hay procesos de intercambio de gases que sólo se podrían producir a través de un organismo vivo.

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