Santiago Roncagliolo: “Keiko Fujimori compite contra sí misma, y puede perder”

El escritor peruano Santiago Roncagliolo. Foto: AFP

Hijo del excanciller Santiago Roncagliolo, el escritor analiza la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Perú, entre Keiko Fujimori y el líder izquierdista Pedro Castillo. Luego de un ciclo de cinco años y cuatro presidentes, el narrador dice que hoy en su país “no hay opciones políticas que generen ilusión”. Roncagliolo acaba de publicar la novela Líbranos del mal, sobre abusos en una secta religiosa.




Cuando cumplió ocho años, su padre lo llevó a comprar su primera novela. Ya estaba bueno de libritos con dibujos, le dijo. Él mismo era un lector voraz, recuerda Santiago Roncagliolo. Hijo del excanciller peruano Rafael Roncagliolo, el escritor creció rodeado de libros y respirando a diario conversaciones de política. “Eso era de lo que se hablaba al desayuno en mi casa. Yo habría querido que fuera de otra forma, y me pasé años preguntándole a mi padre por qué no somos normales, por qué no vamos al fútbol y no a una asamblea de gente fumando y que discute cosas. Pero así crecí, y en mis libros queda mucho de lo que él me enseñó a mirar y pensar”, dice ahora.

Lo dice en pasado y aun con extrañeza: su padre murió hace solo un mes. “Es imposible contestar a todos los que me han escrito lamentando la partida de mi padre. Gracias por recordarlo con ese cariño. Él los habría invitado a casa a tomar un trago y hablar de política. Espero hacerlo yo pronto”, escribió en su cuenta de Twitter.

Así como el interés en la política y los asuntos públicos, su padre le heredó otra cosa: la fe en el valor del diálogo. Precisamente lo que más se ha deteriorado y lo que le parece más urgente retomar en la crisis profunda que atraviesa su país.

Nacido en Lima en 1975, Santiago Roncagliolo pasó sus primeros años en México, donde convivió con una comunidad de exiliados latinoamericanos de izquierda. Y si bien hace dos décadas fijó residencia en España, mantiene un vínculo fuerte con su país y ha seguido atento las inestabilidades políticas de los años recientes.

En un ambiente de gran polarización e incertidumbre, hoy Perú realiza la segunda vuelta de sus elecciones presidenciales. Luego de cinco años de enfrentamientos entre gobierno y Congreso, período en el que se sucedieron cuatro mandatarios, el país vota por un nuevo gobierno entre Keiko Fujimori, quien está acusada de corrupción y lavado de activos, y el dirigente sindical Pedro Castillo. En abril, la hija del exmandatario encarcelado por delitos de lesa humanidad obtuvo 13% de los votos, mientras Castillo, un profesor de origen rural, el 18%.

¿Le sorprendieron los resultados de la primera vuelta?

Los resultados me deprimieron, pero no me sorprendieron. Sabíamos que hay un voto muy descontento que gana en la primera vuelta, y de la primera a la segunda se ha ido domesticando. Ocurrió con Ollanta (Humala), que era un chavista, y de la primera a la segunda vuelta se incorporó al sistema; Alan, lo mismo; Toledo, a su manera, también. Ahora los partidos están tan divididos, tan desordenados y tan descabezados, que con ese voto tú llegas a la segunda vuelta. Y es más, con todo polarizado, puedes acabar ganando. Hace años que el problema es la falta de partidos y que no haya opciones claras a la hora de votar. En la última legislatura hubo cuatro presidentes en cinco años, todos los expresidentes están acusados de corrupción y presos, y a eso se suma la pandemia, donde se ha muerto gente porque el Estado no les da oxígeno. Si ves esto, parecía claro que el escenario podía ser esperpéntico de muchas maneras.

¿Dónde se origina esta crisis política?

Hace 30 años, las elecciones también en la segunda vuelta eran entre el sistema económico y el salto al vacío. Había un candidato que nadie sabía de dónde había aparecido, que no hablaba, y cuando hablaba los medios no lo cubrían, y era Alberto Fujimori. Y 30 años después vuelve a ser esa misma elección, pero el apellido Fujimori está del otro lado. Creo que esto cierra el consenso económico que ha durado 30 años. Después de los 80 vino Fujimori y parte del esquema de que no haya partidos es que el consenso económico era tan de granito que los ministros de Economía pasaban de un gobierno a otro para garantizar que hubiese estabilidad. Y al final ha venido la crisis y ha desnudado que medio país no tiene refrigerador ni cuenta bancaria; ha sido una crisis sanitaria en medio de una crisis política. Ahora, en todos lados se están dando procesos de crítica: España va y viene, Chile parece de lo más civilizado…

Tuvimos un estallido social...

Hubo un estallido, pero hacen algo, ahora hay una asamblea y se renueva la clase política; no sé si es bueno o malo, pero suena como lo racional. En Perú el tema es que no hay opciones políticas que generen ilusión, y la polarización se lo lleva todo: no hay un debate mesurado.

¿Y entre las dos opciones?

Yo llamo al voto en blanco. A ver, si quieres mi voto, por lo menos pídemelo, pero ninguno de los dos… Ante los resultados de las encuestas, Keiko empieza a dar algunas señales de que la institucionalidad es importante, más bien ha dado algunos titulares. Al principio de la campaña ella decía que era la única salvación al comunismo. El otro candidato es nulo, no es que sea comunista, hay que ser más organizado para ser comunista. Su propio partido se deshace, cuando él dice una cosa los suyos lo desmienten. Keiko compite contra sí misma, y puede perder, puede que haya más gente no dispuesta a votar por ella, tampoco por una cuestión muy ideológica. Un tecnócrata del marketing político te diría si tu candidata ha perdido tres elecciones y la fiscalía le está pidiendo 30 años de cárcel, cambia de candidata. Pero su ideología se llama fujimorismo, ¿entonces a quién pones? Si ninguno tiene una agenda de propuestas hacia la democracia, hacia la igualdad, cosas que a mí me importan como votante, no les voy a regalar mi voto.

¿Qué se puede esperar de este proceso?

Poca cosa, porque luego viene el Congreso, que es otro lío. Todos estamos con el drama de estos dos, pero el Congreso es parte de esta crisis existencial. Perú votó una reforma, votamos en un referéndum que los parlamentarios no repitieran su cargo para que no se atornillen, porque son unos corruptos y todo eso, pero entonces ahora no sabemos quiénes son los parlamentarios. Hay algunos que tienen perfiles más públicos, pero buena parte de ellos son desconocidos, sus intereses no los hemos conocido, sus definiciones ideológicas nunca se han considerado necesarias. Y venimos de Parlamentos y gobiernos destrozándose mutuamente durante cinco años. Ya saben que se pueden destrozar mutuamente, el gobierno sabe que puede destruir congresos, y el Parlamento, que puede destituir presidentes. Lo que haría falta es que hubiera acuerdos parlamentarios y que dijeran a quién darían el voto, con qué razones y qué alianzas se pueden formar para que haya una política razonable de aquí a cinco años.

¿Entonces la salida a la crisis no es evidente?

Es que no requiere tanto saber quién gane, sino qué acuerdos se pueden lograr para que el Estado sea gobernable. Puedes tener gobierno, pero mira que hemos tenido gobiernos que duran una semana. Y el Congreso está más atomizado y sus miembros son más impredecibles ahora. Mientras nos matamos por ver quién es el más horrible en las elecciones presidenciales, lo que deberíamos preguntarnos es qué es lo que queremos y qué alianzas parlamentarias se pueden forjar.

¿Qué posibilidades de diálogo ve en el ambiente polarizado?

Quizás nos sorprenden y tiene una capacidad de diálogo mayor, su supervivencia depende de eso. No quiero decir que todo se hunda, pero necesitamos que haya diálogo. Ahora la polarización la veo tanto en España como en el Perú: en cada campaña defendemos a nuestro candidato a muerte, nos parece que el otro es una pesadilla insufrible, y después de las elecciones estamos de acuerdo en que todos son decepcionantes, todos son pésimos, y vienen nuevas elecciones y volvemos a ser fanáticos. El fútbol está dominando la política, nuestro sentimiento es puramente futbolístico.

Clase y sectas

Narrador, guionista y periodista, en sus libros Roncagliolo ha explorado algunos de los conflictos y tabúes de la sociedad peruana, como el terror de Sendero Luminoso en Abril Rojo, los secretos de familia en Pudor o la violencia en la adolescencia en La noche de los alfileres (2016). A cinco años de esta última, el autor vuelve a la novela con Líbranos del mal, inspirado en los casos de abusos de la secta Sodalicio.

Sociedad católica y laica ultraconservadora, Sodalicio administraba colegios de clase alta en Perú, donde reclutaba jóvenes. Una investigación de 2016 reveló numerosas acusaciones de abusos sicológicos y sexuales contra menores de parte de los líderes, conductas que se extendieron por 30 años. El caso conmovió a Roncagliolo, en parte porque conocidos cuyos participaban del Sodalicio.

-Me impresionó cómo todo esto podía estar ocurriendo tan cerca y nadie mencionarlo, cómo el monstruo puede estar en medio del salón y nadie lo nombra, y por eso existe. Me pareció una invitación a hablar de lo que nadie hablaba. Uno de los depredadores más feroces de la secta escapó antes de que todo explotase y en otro país tuvo un hijo. Entonces me pregunté, ¿este hijo sabe lo que hizo su padre? ¿Conoce el país? ¿Alguien le ha dado una explicación o solo silencio?

La novela la protagoniza Jimmy, un joven que vive tranquilamente con su familia en Estados Unidos. Cuando su abuela peruana enferma, viaja a Lima y comienza a conocer las antiguas amistades de su padre. De modo imprevisible irá asomando un pasado insospechado, donde se dibujan el fanatismo, los abusos y la pedofilia.

Para el autor, “la clase alta peruana vive en un muno pequeño, es una secta grande, asustada del mundo exterior, siente que el mundo exterior la va a robar, la va a violar, la va a agredir, y por lo tanto, por esa combinación, es una sociedad con muchos secretos, con muchos tabúes. Pasar de ahí a una secta es solo dar un pequeño paso”.

¿Cómo una persona se convierte en abusador?

Cuando eras víctima, los abusadores tenían que tenerte contento, así que te ascendían, llegabas a posiciones importantes, desde las cuales repetías socializaciones que habías vivido. Lo terrible es que victimario y víctima pueden ser lo mismo, y esto es muy incómodo y es lo que me interesa, porque tendemos a pensar que el otro es el malo, todos creemos que somos buenos, pero hay mal, y en este caso el que recibe y lo aplica es el mismo.

El novelista agrega que “lo terrible del abuso es que el abusador dice que te quiere, y tú le crees, por eso es abuso. Y por eso para la gente de esta novela es muy difícil denunciar lo que pasa. Yo una vez mencioné en una columna que un cura de mi colegio nos palpaba, y me impresionó la reacción feroz de mis compañeros de colegio. Me di cuenta de que para ellos era muy complicado admitir que eso podía haber pasado cerca, era destruir el refugio de la confianza, el refugio del amor tal como se los enseñaron, y eso involucra a toda la clase social en los casos de este tipo”.

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