Culto

Diego Muzzio, escritor argentino: “Me interesaba explorar cuánto es capaz de aguantar una persona en una guerra”

A propósito de la llegada a Chile de El ojo de Goliat, su autor reflexiona sobre el aislamiento patagónico, la ambigüedad en la literatura y el sombrío panorama político que observa hoy en su país.

MARIANO HERRERA

Un faro. Ese señor silente del fin del mundo, el que impone su cíclope luz en medio de la espesa niebla del frío patagón fue la primera imagen que le reveló a Diego Muzzo (57) el rumbo que debía seguir la novela que craneaba.

“Sabía que quería escribir una historia que transcurriese en un faro, pero no tenía más que eso y también la idea de escribir sobre la Primera Guerra Mundial. Por lo general, no establezco ningún plan al comenzar un libro. La historia se va armando de a poco, a medida que voy avanzando en la escritura. De manera que la primera imagen, o idea, fue la del faro y la guerra".

Así, Muzzio le dio forma a la que sería su novela debut, El ojo de Goliat, que acaba de ser publicada en nuestro país por la casa independiente nacional Banda Propia. La novela obtuvo el Premio Fundación Medifé-Filba, amén de su narrativa arrojada pero atractiva, en la que mezcla la locura, la siquiatría en la postguerra.

Muzzio tiene una trayectoria de dos libros de cuentos Mockba (2007), Las esferas invisibles (2015) y Doscientos canguros (2019) que abarcan los géneros del terror y la ciencia ficción. Además, ha publicado diez libros de literatura infantil y siete poemarios.

- La novela está ambientada en los años 20, con la sombra de la Primera Guerra Mundial y un faro remoto en el Atlántico Sur (cerca de Ushuaia/Tierra del Fuego). ¿Por qué elegiste ese período histórico y esos escenarios tan extremos (Escocia, Patagonia, aislamiento)?

- La primera guerra siempre me interesó, al igual que otras guerras o periodos históricos en el que el ser humano se vio confrontado a experiencias extremas. Pero la primera guerra —o la gran guerra, como la llaman en Francia— es tal vez uno de los mayores ejemplos (junto con la segunda guerra) de la violencia y crueldad de la que es capaz el ser humano. Fue un conflicto en que se inventaron y pusieron en práctica métodos de aniquilación hasta entonces desconocidos, sin contar que también fue el germen de la segunda guerra y, por consiguiente, del holocausto. En Francia los recordatorios sobre esta guerra están muy presentes. Cada pueblito tiene sus monumentos y placas conmemorativas, sin contar los cementerios militares donde se encuentran las tumbas de soldados que combatieron en ambos conflictos. Decidí ubicar el faro en un islote en el Atlántico sur por la carga de misterio que todavía nos transmite aquel paisaje remoto, y también porque la situación geográfica me permitía hablar tangencialmente de la Argentina.

- La historia conecta a un psiquiatra (Edward Pierce) con un ingeniero (David Bradley) a través de un caso de “locura”. ¿Qué te interesaba explorar sobre las secuelas de la guerra en la mente humana?

- Me interesaba explorar los límites de la resistencia humana, cuánto es capaz de aguantar una persona en tales circunstancias, y por qué. Sigo sin entender que los hombres que combatieron en esa guerra hayan soportado lo que soportaron: la amenaza permanete de la muerte, el sacrificio inútil de sus propias vidas, la violencia, el hedor, los piojos, las ratas… Hubo algunos tímidos intentos de rebelión entre la tropa, que fueron severamente castigados, pero la mayoría, en ambos bandos, decidió seguir adelante con aquella carnicería insensata. ¿Por qué? En uno de los epígrafes de la novela, tomado de una obra de Jünger, el autor, que fue soldado, se hace la misma pregunta: “¿Qué fuerza era aquella que los impulsaba, una y otra vez, hacia el caos y la noche?”

- En la novela se difumina la línea entre cordura y demencia, bien y mal, realidad e imaginación. El psiquiatra se pregunta qué es realmente “normal” después de horrores como la Gran Guerra. ¿Cómo ves esa delgada frontera? ¿La guerra acelera o revela algo que ya estaba latente?

- Sí, en la novela la guerra es el desencadenante de algo que ya estaba latente, algo que, de hecho, está latente en todos nosotros. Tiene que ver con esa delgada frontera, como la llamas: ¿Qué estamos dispuestos a hacer en una situación límite para sobrevivir? No lo sabemos. No sabemos cómo reaccionaremos en una situación en donde se pone en juego nuestra propia supervivencia.

- La novela parece dialogar con tradiciones muy distintas: Stevenson, Poe, Borges, Bioy, Ocampo. ¿Cómo conviven esas influencias en su escritura?

- En efecto, los que has citado son autores que admiro, que he leído mucho y que sigo leyendo con inmenso placer. Sin duda me han influenciado de distintas maneras a la hora de escribir, y esto puede verse en la novela. Pero en realidad cuando uno escribe no es consciente de estas influencias. Son, de alguna manera, una fatalidad, una buena fatalidad, podríamos decir.

- La novela juega constantemente con la ambigüedad: nunca sabemos del todo qué ocurrió. ¿Le interesa más sembrar preguntas que entregar respuestas?

- Sí, creo que el lector debe encontrar su propio camino dentro de la historia y hallar sus propias respuestas.

- ¿Qué le interesaba del universo de la psiquiatría de comienzos del siglo XX y de prácticas como la hipnosis?

- Es un momento de muchos cambios y adelantos en la psiquiatría y la medicina en general, a causa, justamente, de esa misma guerra. La hipnosis como método curativo es rápidamente descartada por Freud, por ineficaz. Pero hay algo en la hipnosis que la emparenta, pienso, con la práctica del médium, que convoca a un espíritu, a una voz que, de otro modo, quedaría silenciada.

- La novela ganó el Premio Fundación Medifé Filba 2023 y ha recibido elogios por su construcción, profundidad y alejamiento de las novelas solipsistas. ¿Qué significa para ti esta recepción, especialmente viniendo de jurados como Federico Falco, Betina González y María Moreno?

- Siempre es una alegría recibir un premio, pero recibirlo de manos de un jurado como este es, además, un honor. Escribir es un oficio solitario y el ejercicio de la literatura está, por lo general, plagado de dudas. Los premios nos permiten pensar que, a veces, hacemos las cosas bien, al menos momentáneamente.

- ¿Qué esperas que el lector se lleve de El ojo de Goliat? ¿Hay una reflexión sobre la fragilidad humana, la guerra o la literatura que te gustaría resaltar?

- Un poco de todo eso, pero más que nada me gusta imaginar que el lector abre el libro, comienza a leer las primeras líneas y enseguida queda atrapado en la historia, se olvida del mundo a su alrededor para sumergirse completamente en la novela.

- ¿Cómo ves a la actual literatura latinoamericana?

- Es un momento privilegiado, pienso. Sobre todo para literatura de terror, o gótica, un género que, por algún motivo, no estaba tan presente en nuestra letras y que ahora, en Argentina al menos, tiene exponentes insoslayables como Mariana Enríquez, Samantha Schweblin o Luciano Lamberti. Pero no leo solo terror, hay muchísimos autores latinoamericanos que me interesan y que intento seguir: Guillermo Martínez, Edgardo Scott, María Gainza, Fernando Trías, Guadalupe Nettel, Marina Yuszczuk, entre otros…

- En otro ámbito, ¿cómo has visto a la Argentina bajo el gobierno de Milei?

- Me da muchísima tristeza lo que está sucediendo en Argentina. Cada día, al leer los diarios, me pregunto cómo es posible que, como sociedad, hayamos caído tan, pero tan bajo, como para que una persona como Milei, su hermana y el resto de sus secuaces dirijan el país. La crueldad, la violencia verbal y represiva, la falta de empatía e inteligencia (basta con escuchar a ciertas diputadas y diputados del oficialismo para advertir el nivel de improvisación e ignorancia de la que hacen gala) los escándalos de corrupción que envuelven a funcionarios del gobierno demuestran lo que en realidad son y lo que vinieron a hacer. Es desolador pensar que gente así pueda gobernar un país. Espero que, en las próximas elecciones, volvamos a la cordura.

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