Mi Acróstico: Constanza Michelson

CONSTANZA MICHELSON 1

Psicoanalista.




Cuando me preguntan si me siento vieja – que en todo caso es una aseveración antes que una verdadera pregunta – explico que siempre he tenido cincuenta años, al menos desde que cumplí siete. No vi nunca algún prestigio en lo joven.

Ommmm. Hay algo de la espiritualidad moderna mezclada con el fit, la dietética del alma, que huele demasiado a marketing existencial y a ego. No compro.

Ni el sexo ni la muerte, es el nombre del libro que me hizo pensar que lo más difícil es desear lo que se tiene. Mucho más que el amor obsesivo no correspondido (que por intenso parece difícil), que ahora pienso, es una versión de la envidia.

Son las criaturas que llegaron por azar a mi vida, mis hijos; la maravilla es darse cuenta de que hay un tipo de amor que implica dar dos pasos hacia atrás para que ellos sean los que se tomen el lugar.

Tengo miedo de no poder morirme. Antes sólo conocía el miedo a morir, este otro apareció desde que soy madre. No sé cuál es peor.

A veces no sé si lo estoy pasando bien. Pero creo que más seguido digo que lo estoy pasando mal, cuando es probable que esté secretamente disfrutando.

No creo en las posiciones declaradas, pienso que hay más verdad en lo que soñamos que en lo que decimos que somos. Por eso me gustan los que dudan.

Zapatos rojos, como los de Dorothy, me he comprado varias veces. No sé, quizás insisto en los caminos intrincados, sólo para comprobar, una y otra vez, que no hay mago al final. Esta podría ser una definición de la neurosis.

A los doce años caí en cuenta de que ser mujer sería problemático. Justo a la edad en que nos desdoblamos y nos empezamos a mirar a nosotras mismas como un reflejo en el ojo masculino. Pienso que hoy hay imaginarios más anchos, existenciarios más libres y, menos niñas torturándose en la dieta vital que a muchas las redujo a una letra muda.

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