Por Andrés GómezEmanuele Coccia, filósofo: “El problema de la casa no es la geometría, es cómo dar forma a la felicidad compartida”
Autor de Filosofía de la casa, el ensayista italiano fue el encargado de inaugurar el año académico de la Facultad de Arquitectura y Diseño UC. En esta entrevista, habla de la necesidad de pensar la casa como una máquina moral y de imaginar nuevos modelos para diferentes formas de familia: “Seguimos diseñando casas para un tipo de familia que ya no existe”.

Cuarenta cajas de cartón invadían su departamento. Emanuele Coccia tenía dos días para dejar su piso y cambiarse de casa. Llevaba tres años viviendo en París. Disponía de 48 horas para desarmar su vida, acomodarla en ese laberinto de cajas, subir a un camión e instalarse en su nuevo hogar. Entonces se preguntó: ¿Cuántas veces había hecho lo mismo antes? Unas 30, calculó, y en distintos países. Treinta puertas, 30 espacios diferentes, y ninguno definitivo. Y ese movimiento lo llevó a pensar a qué llamamos casa y qué es lo que la define.
“Casi ninguno de estos rasgos tiene que ver con la arquitectura y el diseño. Una casa es la realidad moral por excelencia: un artefacto psíquico y material que nos permite estar en el mundo mejor de lo que nuestra naturaleza nos permite”, escribió en su ensayo Filosofía de la casa.
Doctor en filosofía medieval por la Universidad de Florencia, Coccia es profesor en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. Autor de libros innovadores como La vida de las plantas y Metamorfosis, un ensayo sobre la naturaleza y la vida desde la perspectiva de la transformación, en 2020 comenzó a trabajar en su libro sobre la casa, precisamente cuando la humanidad entró en confinamiento por la pandemia de Covid.
Publicado en italiano y traducido a numerosos idiomas, Filosofía de la casa fue publicado por ediciones Siruela en 2024 y es su libro más reciente en español. Hace unos meses publicó en Italia Il continente ignoto. Filosofia dell’amore moderno, donde reflexiona también sobre la forma en que se ha transformado la familia.
Emanuele Coccia estuvo esta semana en Chile: fue el encargado de inaugurar el año académico de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos de la UC, en el Campus Lo Contador.
—La pregunta es cómo debe concebirse el espacio doméstico en un momento en que la familia ya no es únicamente la familia tradicional. Mi último libro trata precisamente sobre el amor y sus transformaciones, y también sobre las transformaciones de la familia -dice.
El filósofo recuerda las series de televisión de fines de los 90 e inicios del 2000. “Si uno piensa, por ejemplo, en series como Friends o The Big bang theory, encuentra algo interesante: en el centro del relato hay una casa, pero no está habitada por una familia tradicional, sino por un grupo de amigos. Es una familia más amplia, más extendida, donde hay vínculos afectivos, incluso eróticos, pero que en el fondo funciona como una comunidad que comparte un proyecto común de felicidad”.
Emanuele Coccia resalta que el propósito del matrimonio y la familia dejó de ser la genealogía y la reproducción. Y esto, dice, tiene implicancias profundas: “Implica que el número dos deja de ser esencial. Si el matrimonio ya no está ligado a la reproducción, ¿por qué dos personas y no tres o cinco? Y si eso cambia, entonces también deben cambiar las leyes de herencia, las formas de propiedad: toda la organización social”.
Y, a su vez, eso toca también a la arquitectura: “Porque obligan a preguntarse cómo imaginar una casa para formas de convivencia que no tienen precedentes claros”.
La segunda es que la modernidad se concentró en la ciudad como espacio de producción de riqueza, igualdad y oportunidades. Y en ese proceso olvidó la casa.
Filosofía de la casa es una novedad en un sentido: la filosofía ha reflexionado mucho sobre la ciudad, sobre la polis, pero poco sobre la casa. ¿Por qué?
No solo la filosofía, también la arquitectura ha pensado poco la casa en términos no técnicos. Creo que hay dos razones. La primera es el sexismo estructural de nuestras sociedades: la casa fue históricamente el ámbito de las mujeres, mientras que la política y la economía eran el ámbito de los hombres. La segunda es que la modernidad se concentró en la ciudad como espacio de producción de riqueza, igualdad y oportunidades. Y en ese proceso olvidó la casa. Pero hoy ese olvido se vuelve insostenible, porque el espacio público está en crisis y necesitamos repensar la vida social desde su unidad más básica, desde la casa.

En su ensayo plantea que la casa es, más que una estructura física, una realidad moral. ¿En qué sentido?
En un sentido muy simple. La experiencia más importante para comprender qué es una casa es la mudanza. Yo me he mudado muchas veces, y en ese momento uno entiende que la casa no son los muros ni el techo: es el conjunto de cosas, personas y afectos que uno decide llevar consigo. La casa es una operación cosmológica: una selección del mundo. Es un filtraje de aquello que hace posible la felicidad. En ese sentido, la casa es una traducción material de la propia felicidad. Es un juicio sobre el mundo: entre todas las cosas posibles, eliges aquellas que hacen que el mundo sea habitable para ti. Por eso digo que es una operación moral.
¿Y hay otro aspecto de esa dimensión moral?
Sí. Cada vez que nos mudamos lo hacemos para vivir mejor. Y ese “mejor” es fundamental. Por eso es una máquina moral: porque nos permite introducir en nuestra vida algo de bien, que es una operación muy difícil. Y es algo muy poco comprendido por los arquitectos; el problema de la casa no es la geometría: es cómo dar forma a la felicidad compartida entre personas, cómo transformar esta felicidad compartida en una forma.
La política debería pensar seriamente el derecho a una casa digna. No se puede vivir en 30 o 40 metros cuadrados sin espacio para la soledad.
Usted escribió el libro durante el confinamiento. ¿Eso influyó en su reflexión?
Sí, absolutamente. Fue una experiencia casi infernal. Y al mismo tiempo reveladora. Nos dimos cuenta de que nuestras casas son insuficientes, tanto desde el punto de vista humano como arquitectónico. El entusiasmo por la ciudad nos había hecho olvidar la importancia del espacio doméstico. Por ejemplo, la política debería pensar seriamente el derecho a una casa digna. No se puede vivir en 30 o 40 metros cuadrados sin espacio para la soledad. Durante el Covid, el gran problema fue precisamente la imposibilidad de estar solos.
¿Cómo se articula, entonces, la relación entre casa, trabajo y amor?
Una de las ideas centrales es que debemos superar la separación entre trabajo y amor. El pensamiento feminista ha insistido en que el cuidado es trabajo, pero más allá de eso, hay que reconocer que no se puede separar el amor por las cosas —la economía— del amor por las personas —la familia—. En la antigüedad, ambas cosas estaban unidas: la economía era también la gestión de la casa. En ambos casos se trata de producir felicidad.
En América Latina, la precariedad habitacional es muy fuerte. ¿Cómo impacta eso en la posibilidad de construir felicidad?
Es ante todo un problema político. No es comprensible que se permita lucrar con un derecho fundamental como la vivienda. La especulación inmobiliaria debería ser regulada o incluso prohibida en ciertos ámbitos. No puede ser normal enriquecerse a partir de la necesidad de habitar. Pero también hay un problema de imaginación: seguimos diseñando casas para un tipo de familia que ya no existe, en el sentido de que esta idea de que la casa es el espacio de padre, madre, hija o hijo es algo que no es actual. No hay modelos para formas contemporáneas de convivencia, como grupos de amigos que comparten espacio. En el pasado sí los había: los monasterios, por ejemplo, eran formas de cohabitación sin genealogía. Era una cohabitación de amigos, en un sentido, con una idea de fe.
Necesitamos nuevas instituciones del amor que incorporen la igualdad. Y eso implica también una transformación arquitectónica.
La casa también es un espacio de violencia. ¿Cómo pensar eso?
Por eso he escrito después sobre la familia, porque en un sentido el problema fundamental de la violencia de género es la forma que hemos dado al amor como institución, quiero decir, a la familia. El problema está en la institución de la familia. Y la causa de la desigualdad y de la violencia era, en mi opinión, esta idea de que la tarea del matrimonio era la reproducción. El matrimonio tradicional ha sido una estructura de desigualdad. La invención del matrimonio homosexual ha abierto una transformación, pero es necesario ir más lejos. En este sentido, yo creo que el pensamiento contemporáneo ha cometido un error muy grande cuando, por un lado, ha condenado de manera justa el matrimonio tradicional diciendo que esta es la causa de la desigualdad, de la dominación masculina, etcétera, pero luego, en lugar de decir que tenemos que cambiar el matrimonio, que tenemos que inventar una nueva institución erótica, la mayoría ha dicho: tenemos que vivir el amor fuera de la institución. Esto ha sido un error.
¿Por qué?
No basta con vivir el amor como sentimiento: las emociones son frágiles. Necesitamos nuevas instituciones del amor que incorporen la igualdad. Y eso implica también una transformación arquitectónica: no podemos seguir construyendo casas para un modelo familiar que ya no existe. Vivimos en un mundo en el cual la mayoría de los chicos ya pertenecen a más de una familia. La mayoría son familias rearmadas. Y por eso es un escándalo que no haya un pensamiento arquitectónico formal sobre qué significa pensar casas para nuevas formas de familia.
Hay otro desafío que viene dado por la tecnología: se rompen las paredes y el mundo hoy entra en la casa. ¿Cómo lo ve?
La tecnología ha transformado la casa también en algo que no está más ligado esencialmente al espacio; la casa se ha vuelto móvil. Uno puede estar en su casa en Chile, hablando con su hija, mientras está físicamente en París. Y al mismo tiempo, el planeta entero se ha convertido en una casa común, donde otras especies son compañeras, como el perro o el gato. Eso implica repensar la relación entre humanos y otras especies. La ética contemporánea debería preguntarse cómo convivir con otros seres vivos como compañeros.

En ese contexto y pensando en la sostenibilidad, ¿deberíamos repensar la ciudad?
Tenemos que redefinir la idea misma de ciudad. Por ejemplo, sabemos desde hace algunos años que la foresta amazónica siempre ha sido habitada, siempre ha sido el lugar de formaciones urbanas. La Amazonía puede ser entendida como una megalópolis: un espacio habitado, construido y cultivado durante miles de años. No es naturaleza virgen, sino un artefacto humano. Y en este sentido, uno tendría que considerar la foresta amazónica como el monumento arquitectónico más importante del planeta. Los arqueólogos han descubierto recientemente que la riqueza en términos de biodiversidad del Amazonas depende del hecho de que, en lugar de domesticar individuos —la agricultura es una domesticación de una planta—, en la Amazonía se ha domesticado el paisaje. Y por eso se ha producido esta riqueza, y después los animales y las plantas se acumulaban espontáneamente en el paisaje. Y en este sentido la Amazonía puede ser un ejemplo especulativo. Si entendemos la ciudad como una asociación de múltiples especies, no solo de hombres y de piedra, entonces podemos imaginar formas urbanas completamente nuevas.
¿No sugiere irse a vivir a la naturaleza, al estilo Thoreau?
No. Eso es una ilusión. La idea de retirarse a una cabaña es profundamente egoísta y poco ecológica. No podemos escapar de la ciudad. Tenemos que pensar la naturaleza en la ciudad y no fuera de ella. Y tenemos que pensar en formas de coexistencia con otras especies.
¿La arquitectura contemporánea está pensando la casa en estos términos?
Hasta ahora, no del todo. La casa ha sido tratada como un problema abstracto, más cercano a la teoría que a la vida. Pero en los últimos 10 años ha surgido una nueva generación de arquitectos que están repensando la casa. En Chile, por ejemplo, Smiljan Radic o Cecilia Puga; en México, Tatiana Bilbao o Fernanda Canales; en China, Wang Shu y Lu Wenyu. Es un cambio reciente, pero significativo.
¿Ese cambio se refleja en políticas públicas?
No, en absoluto. Estuve dos meses en Filadelfia y he visto que, en los años 60, había experimentos muy interesantes de viviendas sociales. Hay dos o tres lugares allí que fueron construidos por el arquitecto chino Pei, que es el autor de la pirámide del Louvre. Y es increíble ver la distancia del pensamiento en los años 60 y hoy en día. Hoy no hay un esfuerzo ni político ni artístico por preguntarse cómo podemos hacer viviendas accesibles en lugares que no estén fuera de la ciudad. El gran problema es la segregación: construir viviendas sociales aisladas produce guetos. La ciudad necesita mezcla social. Sin ella, se destruye. Los barrios ricos sin comercio ni diversidad son desiertos. Y los barrios pobres aislados generan exclusión. Es un fracaso colectivo.

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